En el prólogo a la nueva edición al castellano de Liberación, la notable primera novela que James Dickey publicó en 1970 (adaptada al cine al año siguiente por John Boorman), el español Jon Bilbao añade un trazo a su perfil de escritor vitalista, mujeriego y bravucón (similar al forjado por Hemingway décadas antes): además de piloto de cazabombarderos durante la Segunda Guerra, instructor de aviones en la guerra de Corea, docente universitario, agente de publicidad y bebedor empedernido hasta su muerte en 1997, Dickey coleccionaba “guitarras, máquinas de escribir y arcos de caza”. Tres objetos que, puestos en serie, constituyen una descripción ajustada de su estilo o de lo que bien podría definirse como su política de escritura. Considerado un gran poeta norteamericano del siglo XX, Dickey concibió su trabajo a partir del dispositivo que lo hace posible. Lo que le interesa es la materialidad del ejercicio.
Sin ir más lejos, en Liberación, una de estas piezas de colección se presenta con toda su gracia apenas iniciada la travesía que emprenden los protagonistas. Cuatro hombres cuya vida parece resuelta, pero que deciden, tal vez para despegarse de su rutinaria existencia en la ciudad, adentrarse en territorio salvaje. Lo que buscan es un poco de adrenalina: descender en canoa por los peligrosos rápidos del río Cahulawassee, en Georgia, hasta llegar a un bosque y practicar allí la caza de ciervos con arco y flecha.
Uno de los personajes lleva consigo una guitarra y, el primer día, interpreta junto a un desconocido una canción. La ejecución del guitarrista expresa las características de la relación –íntima, insondable– que se establece entre el músico y su instrumento. Y aún más importante: señala por derivación el principio que Dickey decide para componer su primera novela: no enfatizar, tomarse su tiempo, moverse lo imprescindible y procurar, de esa manera, que el relato no pierda fluidez. Otra palabra oportuna para describirlo sería “discreción”. La narración sostiene hasta las últimas páginas esa clave formal. No muestra directamente, narra entre líneas, sugiere. (Dicho sea de paso, la práctica de caza posee una denominación precisa para definir una de sus variantes: el furtivismo).
Como el movimiento imperceptible de una serpiente, lo que aparece en Liberación, lo que asoma en silencio hasta revelarse por completo y de una manera brutal, es lo que sucede entre los protagonistas desde el comienzo de la aventura. Una velada atracción se despliega subterráneamente, tan solo perceptible a través de un gesto o una mirada. O mediante las diferentes formas que puede asumir la devoción de un hombre sobre otro, en este caso la del narrador sobre Lewis Medlock, el líder del grupo. O en el entusiasmo que le despiertan los modos de ese hombre fuerte y decidido, cuyas ambiciones parecen no tambalear nunca.
El cuerpo masculino adquiere una relevancia decisiva a través de la manifestación de ciertas marcas reconocibles de la virilidad (fuerza, solidez, resistencia), en oposición a las que amenazan con mancillarla (lasitud, debilidad, inconsistencia). Bajo esas coordenadas, un hecho violento y perturbador convierte el viaje de los cuatro amigos en una feroz cruzada por la supervivencia. A partir de ese momento, la narración se detendrá minuciosamente en los pormenores del sacrificio que supone sostener el cuerpo de un hombre en pie.
James Dickey demuestra en su primera novela un trabajo riguroso con las palabras y con cada uno de los elementos de la puesta narrativa. “Era como si la piel se quisiera abrir, desgarrarse, para dejar salir algo”, apunta el narrador en la intimidad de su enfrentamiento con la naturaleza, lo que acaso sugiera las repercusiones de ese otro cuerpo en disputa: el de la escritura. Si se trata de escribir, no queda más remedio que hacerlo obcecadamente hasta el final, hasta desgarrarse y provocar una hendidura que deje salir a la superficie, por un instante, el mapa de los secretos.
Liberación, James Dickey. Trad. Jon Bilbao. Impedimenta, 272 págs.
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