Dicen que Juan L Ortiz escribió un solo libro a lo largo de toda su vida, un libro único que condensa la evolución de un universo que, partiendo de los márgenes, se convirtió en uno de los ejes gravitatorios de la poesía argentina. No obstante, esa unidad orgánica se concretó recién en el año 1971, pocos años antes de su muerte, cuando la Editorial Biblioteca de Rosario reunió sus diez libros editados entre 1933 y 1958, sumando tres volúmenes inéditos que el poeta había gestado en su última etapa, en la que su poesía alcanza su mayor complejidad. Pero antes de ese hito existieron libros sueltos, editados de manera casi artesanal en pequeñas tiradas que el mismo Ortiz distribuía. Similares en dimensiones, tipografía, con portadas dibujadas por el poeta, constituyen el tanteo a través del cual Juanele fue desarrollando esa voz siempre igual a sí misma y, sin embargo, en constante mutación, encontrando de a poco los recursos que dan cuenta de un mundo y una sensibilidad inéditas.

Si la generación de lectores que hoy ronda los 50 accedió al universo de Ortiz a partir de esa especie de “Biblia” que a mediados de los años 90 editó la Universidad Nacional del Litoral –un descomunal trabajo impulsado por Sergio Delgado que reunía su poesía, su prosa, y las lecturas críticas que empezaron a desentrañar las claves de su obra– hoy podemos finalmente desandar el camino.

Los mismos responsables de ese objeto casi mágico, guardianes y expansores de un legado, nos permiten ahora la aventura de volver a abordar cada uno de los libros como lo que fueron en su momento: objetos separados con su autonomía, momentos de una vida y búsqueda que ignoraba lo que vendría. La Biblioteca Ortiz, un ambicioso proyecto de la UNER y la UNL, se propone publicar (sin seguir un orden cronológico), cada uno de los libros que no volvieron a editarse desde aquellas “ediciones de autor”, con prólogos y notas a cargo de especialistas.

Los primeros volúmenes son La mano infinita (1951), con un iluminador prólogo de Marilyn Contardi, y El Gualeguay, cuya edición crítica estuvo a cargo de Sergio Delgado. Cuando editó La mano infinita, Ortiz había publicado ya seis libros y transitaba “la etapa de la vida que Dante situara “in mezzo del camin””, dice Contardi, en pleno dominio de sus medios expresivos, y con los grandes temas de su poesía ya planteados. En 1952, su amigo Carlos Mastronardi le escribe algunas impresiones sobre el libro, destacando su tono “insinuativo y poco apoyado, escondido pero firme”, que trasciende lo regional y cerrado. Contardi observa cómo, a la manera de un naturalista que examina las vetas de una roca, se han ido integrando las imágenes.

El otro libro editado es El Gualeguay, el poema mayor de Ortiz (2.639 versos), quizás el más desafiante debido a sus complejas claves internas, un poema-libro que se lee como un texto autobiográfico y, simultáneamente, como un poema nacional, dice Delgado, donde lo individual y lo colectivo se anudan para contar la historia desde la perspectiva del río.

Juanele vislumbró y persiguió, a partir de cierto momento, la concreción del libro único, y fue quizás a partir de la edición crítica de los 90 que muchos empezaron a leerlo en perspectiva, tomando dimensión real de la riqueza y la complejidad de su universo. Desde ese momento hasta hoy, los orticianos seguimos nuestra propia metamorfosis, un camino de asombro y revelación que se expande con cada lectura.

El Gualeguay y La mano infinita, Juan L. Ortiz. Biblioteca Juan L. Ortiz EDUNER en coedición con UNL