Convertido en una celebridad, Claude Lévi-Strauss suele asociarse con ese gesto tan innovador como a veces críptico llamado estructuralismo, que sacudió la imaginación intelectual entre las décadas de 1960 y 1970. Luego de su muerte en 2009, a los 100 años, su obra viene siendo revisada parcialmente en homenajes y en nuevas relecturas.

Su vocación ambiciosa y totalizante, que llevó a la antropología y a las ciencias sociales más allá de la descripción de mundos particulares, resulta hoy más importante que nunca en un clima general de tecnificación, profesionalización y especialización cada vez más restrictivo. Los horizontes más vastos del mundo es un libro que se suma a las nuevas publicaciones de y sobre el antropólogo francés, central en la historia intelectual disciplinar, el pensamiento francés de posguerra y, sobre todo, en el conocimiento de las sociedades indígenas sudamericanas.

Con un destacado trabajo editorial de Samuel Titan, traductor, editor y profesor de literatura en la Universidad de San Pablo, y Carlos Augusto Calil, gestor cultural e investigador sobre el acervo audiovisual brasilero, el volumen compila algunos trabajos inhallables y saca a la luz piezas dispersas de la obra de juventud de Lévi-Strauss, en lo que podríamos llamar su devenir antropólogo.

Este fue un proceso marcado a fuego por su experiencia docente y científica como parte de la misión francesa en la modernizadora Universidad de San Pablo que invitó, en la década de 1930, al historiador Fernand Braudel, el geógrafo Pierre Monbeig, el filósofo Jean Maugüé y a un muy joven Lévi-Strauss como profesor de sociología.

El libro tiene el mérito de volver a poner en primer plano los intereses americanistas de Lévi-Strauss y su “descubrimiento” de las sociedades indígenas sudamericanas como una experiencia concreta de alteridad y, por lo tanto, de reelaborar la tradición filosófica europea en una clave que repiensa el propio concepto de “humanismo”. Pero también muestra una gran diversidad de intereses: el cubismo, el integrismo nacionalista brasilero, el incómodo lugar de la “cultura” en la tradición sociológica francesa y el registro audiovisual como recurso etnográfico, casi desconocido en los análisis sobre su obra.

El análisis sobre el cubismo anticipa en décadas las elaboraciones analíticas del estructuralismo, mostrando cómo su sensibilidad científica fue siempre una posibilidad de la reflexión estética. Por su parte, el texto sobre el integrismo brasilero muestra un Lévi-Strauss poco habitual, con simpatías socialistas en su juventud, que expone una preocupación por el avance del fascismo en la sociedad brasileña que se lee hoy sin discontinuidad temporal. Un lugar especial tienen los breves ensayos sobre el significado sociológico de los cuentos infantiles de Charles Perrault y las muñecas karajá, así como una original reflexión sobre el programa intelectual de una “sociología de la cultura”, combinación herética para una tradición francesa donde el concepto de “cultura” aún tenía un acento extranjero.

También destaca la importancia de los Museos de Antropología como centros de investigación modernos. Desde la mirada argentina resulta fundamental el debate con los hermanos Wagner, arqueólogos franco-argentinos que sostenían la existencia de una “civilización chaco-santiagueña”, a quienes Lévi-Strauss elogia sin dejar de criticar de modo implacable por sus elucubraciones sobre la continuidad con la cerámica Europea antigua.

Finalmente, el ensayo sobre la organización social Bororo y el dedicado al comercio y la guerra en las sociedades indígenas resultan clásicos, hoy obligatorios para cualquier interesado en las problemáticas clave de la etnología contemporánea como las organizaciones duales, las relaciones entre morfología y estructura social, el mito o el parentesco.

Un tema sustancial del libro es el lugar, en general invisibilizado, de Dina Dreyfus en la aventura brasileña. Primera esposa de Lévi-Strauss y sobrina nieta del Capitán Alfred Dreyfus, protagonista del célebre “Caso Dreyfus” que sacudió a Francia a finales del siglo XIX, su rol en las expediciones a Rondonia y Matto Grosso fue clave.

En primer lugar, en la producción de preciosas piezas audiovisuales y, en segundo lugar, como nexo con el escritor Mário de Andrade, figura central de la vanguardia estética brasileña, director del Departamento de Cultura de San Pablo (1935-1938) y un importante aval de las expediciones del matrimonio francés.

Los textos redactados en Brasil de Claude Lévi-Strauss funcionan como testimonio de un joven intelectual descubriendo un nuevo mundo y también como la búsqueda de nuevas formas de nombrarlo. Son una ventana al proceso de iniciación que implica el contacto con la alteridad, que puso en crisis la inercia etnocéntrica del pensamiento europeo.

Si Tristes trópicos, su célebre libro de “viajes”, lo consagró como un intelectual total, finalista del prestigioso premio literario Goncourt en 1955, las páginas de Los horizontes más vastos del mundo pueden leerse en ese mismo gesto, que destaca la combinación de una enorme sofisticación analítica y una cuidada preocupación estética. No hay allí formalismos ni grandes leyes de separación entre la cultura y la naturaleza, cliché con el que suele identificarse la obra del antropólogo francés; hay una síntesis entre lo conceptual y lo sensible que tal vez sea una de las marcas más actuales y prósperas de su obra.

Los horizontes más vastos del mundo, Claude Lévi-Strauss. Trad. Lucía Dorín. FCE, 288 págs.