Entrevisté a Nelson Mandela en mayo de 1994, unos días después de su toma de posesión como primer presidente democrático de Sudáfrica. Me dio una noticia. Que cumpliría un mandato y, a los 80 años, se retiraría de la política. Así fue. No cayó en la tentación de eternizarse en el poder.
Recordé aquello hace unos días cuando Florentino Pérez anunció que, a menos de un año de cumplir 80, se presentaba una vez más como candidato a la presidencia del Real Madrid. O sea, para seguir siendo lo que ha sido, salvo un breve interregno, desde el año 2000: el Louis XIV del Madrid. Le club c’est moi.
La verdad es que, visto lo visto el otro día, de sagacidad le queda poco. A diferencia del presidente de Estados Unidos, que es nueve meses mayor, Pérez alguna vez la tuvo. Se reflejó en los años de gloria que el Madrid vivió este siglo y en el éxito de la multinacional constructora que preside. Pero hoy es el reflejo del caos en el que se ha sumido su equipo. Quizá, inclusive, la causa. Quiere seguir en el poder sin asumir las responsabilidades que el poder conlleva.
Que el Madrid no haya ganado un trofeo en dos años, que los jugadores carezcan de motivación y se peleen entre sí, que se haya despedido a un buen entrenador independiente y se lo haya reemplazado con alguien cuya única virtud es su ciega lealtad al presidente -como, por ejemplo, el secretario de Defensa de Trump- no tiene nada que ver con su gestión. No. Como Pérez nos explicó en su rueda de prensa, es todo culpa de los réferis y, ante todo, de los periodistas.
En mi experiencia, cuando un líder entra en la costumbre de matar a los mensajeros es señal de que el peso de su cargo le desborda. Tanto en el fútbol como en la política los que se quejan de los medios son como capitanes de barcos que se quejan de las olas del mar.
Se puede hacer el intento de controlar la naturaleza. Lo hace Trump con sus demandas contra The New York Times y el Wall Street Journal. Lo ha hecho Pérez, persuadiendo a los directores de periódicos, los más flojitos, que prohíban a periodistas rigurosos de escribir sobre su Madrid.
Pero si el barco hace aguas no hay nada que hacer. Los periodistas, la mayoría de los cuales (créanme) toman su trabajo en serio, deben responder en primer lugar al público, no al poder. Tarde o temprano la verdad saldrá. Fue llamativo que, según nos contó Pérez, el problema no fue tanto que la semana pasada dos de sus jugadores se repartieran tortazos en el vestuario sino que alguien lo filtró y un diario lo publicó. Perdón, Florentino, pero para desgracia tuya vivimos en una democracia no en la Rusia de Putin.
No quiero que se me acuse de edadista. No quiero decir que como regla universal la gente mayor de 80 años debe de dejar de ejercer puestos de liderazgo. Depende de la energía que les quede y de su capacidad para ver el mundo como es y a sí mismos como son. No soy el único que dice que hubiera sido mejor para Sudáfrica que Mandela siguiese como presidente cinco años más.
Volvemos al tema de la los sagacidad o, por elegir una palabra mejor, del juicio que una persona posee, lo más importante en un líder. O en cualquiera. He conocido a mucha gente superdotada que tiene el juicio de un mosquito, entre ellos académicos o escritores que a la hora de analizar el mundo fuera de su especialidad no dicen más que boludeces. Y no solo me refiero a intelectuales. Diego Maradona fue así. Porque fue un genio como futbolista pensaba que, sea el tema que sea (la política internacional, por ejemplo), su palabra era la palabra de Dios.
Tener buen juicio parte de conocerte a ti mismo. De no ser ciego a tus carencias o al límite de tus posibilidades. Y de poder verte con un cierto sentido del humor, de entender que al fin de cuentas sos solo un microbio más en el cosmos.
Dicen que el poder absoluto corrompe absolutamente. Yo no entiendo la frase tanto como promesa de que vas a robar dinero sino de que vas a perder perspectiva. Que se corrompen tus facultades mentales, lo que le ha pasado al monarca absoluto Florentino Pérez. Como dijo otro rey francés, Louis XV, te convencés de que après moi le deluge. Después de mí el diluvio. El mundo -o, en este caso, el Real Madrid- no puede vivir sin ti.
Te llegás a creer de que te aferrás al poder no por vanidad sino por el bien común. No es egocentrismo, es altruismo. Y en base a ese error de fondo tomás una decisión equivocada tras otra, sea en lo grande, como insistir en seguir donde ya no te corresponde, sea en el detalle, por ejemplo en tratar a tus jugadores estrella como adultos en vez de como chicos mimados o, la catástrofe para el Real Madrid que se ve venir, elegir como nuevo entrenador a alguien que también carece del juicio para entender que, como decía mi madre, “ya no está para estos trotes”. Me refiero, claro, a José Mourinho, que tuvo su día pero no ha ganado nada en diez años.
Yo quiero pensar -necesito pensar-que es verdad aquello que dicen que con la vejez llega la sagacidad. Al menos en personas normales, no tanto en los que han llegado a la cima y se han inflado de poder. Hablaba hace no mucho con un señor de 97 años. Eso de que la gente grande debe contentarse con una vida serena no le convencía. Me dijo lo que me pareció una gran verdad, que siempre había que “tener proyectos”. “Como yo ya no los tengo,” agregó, “lo que quiero ahora es morir”.
La cuestión es qué proyectos asumir. Saber cuáles están dentro de tus capacidades y cuáles no. Por ejemplo, pasada cierta edad, ser piloto de un avión o capitán de un portaviones como el Real Madrid, mejor no. Pero hay muchas opciones igual de dignas que te mantendrán ocupado y entretenido hasta el final. Como la lectura, o la jardinería, o coleccionar estampillas, o -con tal de que alguien te avise cuando empieces a estar gagá- dedicarte a escribir una columna semanal.
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