Hay unos 300.000 productores agrícolas en Europa, y se destinan a subsidiarlos más de 40% de los enormes fondos de la Política Agrícola Común (PAC).
Ahora estos subsidios se pagan en forma directa a los pequeños productores sin preocupación alguna por la producción, y sólo con unas leves implicancias de carácter ambiental.
Lo notable es que, con este fenomenal subsidio burocrático por no trabajar, es cada vez mayor el número de pequeños productores europeos que abandonan para siempre sus labores, aduciendo que el costo de vida es cada mayor y sus ingresos cada vez menores.
Ocurre que en Europa los acontecimientos han comenzado a dejar atrás a los argumentos, y la realidad termina siempre por imponerse.
El resultado es que el gobierno de Bruselas informó la semana pasada que el número de unidades agrícolas que era de 14.4 millones en 2005, cayó a 8.8 millones en 2023, mientras que las tierras agrícolas permanecían sin ningún tipo de modificación en este periodo. Los que más sufren son los pequeños productores cuyas unidades están constituidas por menos de 10 hectáreas.
Toda la estructura agrícola de la Unión Europea (UE) está basada en la defensa irrestricta de las pequeñas unidades productivas, que pretende defender con las barreras proteccionistas más elevadas del sistema mundial.
Lo que surge en su lugar, especialmente en las grandes regiones en crisis como el Sur de España y Portugal, son unidades de tipo industrial producto de grandes inversiones, muchas de ellas provenientes de afuera de Europa.
Esto es lo que sucede con la transformación experimentada por el sistema de frutas, hortalizas, y aceite de oliva que han proliferado en las regiones tradicionalmente pobres como Almería y Andalucía; todo esto acompañado, como es natural, por la desaparición en términos prácticos de las pequeñas unidades productivas.
El gobierno de España acaba de informar que esta región de Andalucía y Almería acaba de recibir inversiones por más de 4.200 millones de euros, que son lo que ha logrado el “agrobusiness” ibérico entre 2022 y 2024, con el agregado de que más de la ½ de ese total proviene en forma directa del sistema financiero internacional; y los productos que más atraen la atención de los inversores son las cosechas permanentes de oliva y cítricos, cuya perspectiva es la del mercado europeo en su conjunto, o directamente el mercado mundial.
En suma, lo que tiene éxito en la Europa agrícola de hoy es lo contrario, exactamente, a lo que ha intentado hacer la Política Agrícola Común (PAC) en los últimos 40 años.
En una economía global absolutamente integrada por la revolución de la técnica como la actual, lo que no se transforma en una realidad en los nuevos términos simplemente se agota y tiende a desaparecer.
Los primeros que se esfuman en la PAC son sus “aspectos sociales”, carentes de racionalidad económica; y en la realidad de los hechos se impone necesariamente la apuesta por las grandes unidades productivas y el mercado mundial.
Estas grandes unidades productivas (de unas 5.000 hectáreas) son menos del 10% del sistema europeo, pero producen ellas solas más de 50% de sus cosechas productivas.
Estos sistemas de punta son las más mecanizados y automatizados, e invierten en gran escala en la irrigación, esencial para las quintas de Andalucía y Almería; y a su vez esta alta inversión en capital requiere gigantescas inversiones; y la historia se repite en el caso de la Inteligencia artificial.
La opción por las grandes unidades productivas intensivas en tecnología y en capital es lo único que le puede permitir a Europa competir con la agricultura norteamericana o la de la República Popular, fuera de eso no hay nada en términos de productividad, salvo el burocratismo oscuro y denso de Bruselas, el eterno perdedor.
Europa pierde cada vez más relevancia en el sistema mundial, y tiende a convertirse en un mero testigo de los acontecimientos, sin ninguna intención de protagonismo; y la punta de lanza de ese camino de decadencia es la agricultura híper subsidiada y cerrilmente proteccionista del Gobierno de Bruselas.
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