Cuando un cliente de la librería en donde trabajaba le recomendó Hambre de Knut Hamsun, Diego Moreno experimentó un shock literario. Ese descubrimiento de la literatura nórdica fue la llama que lo llevó a fundar su propia editorial. Nórdica nació en Madrid en 2006 con la ambición de publicar esa literatura hasta entonces poco traducida al castellano y se propuso también crear libros ilustrados para el público adulto.

Diego Moreno, el fundador de la editorial Nórdica, de visita en Buenos Aires. Foto: Maxi Failla.

De visita en Buenos Aires, los ojos de Moreno sonríen cuando cuenta a Clarín que hace dos años consiguió los derechos de Hambre y se reservó la publicación para celebrar el veinte aniversario de la editorial.

Moreno ha recibido numerosos reconocimientos por su tarea de editor, entre ellos un nombramiento como Caballero del Reino de Noruega. Hoy, el catálogo de Nórdica incluye cientos de títulos, con nombres como el de Jon Fosse, Tomas Tranströmer, Vigdis Hjorth o Kjell Askildsen, y colecciones con obras de autores de países diversos, clásicos, poesía, teatro, ensayo, cómics y libros infantiles.

–¿Qué evaluación hacen de la trayectoria en estos veinte años?

–Hace veinte años éramos una editorial muy pequeñita, no es que ahora seamos mucho más grandes, pero hemos crecido, y el mundo del libro, aunque suele ser bastante estable, sí que ha tenido tenido cambio. De lo general a lo particular, el mercado se ha ido haciendo más complejo, hay muchas más editoriales. En España las independientes éramos prácticamente el Grupo Contexto –Libros del asteroide, Impedimenta, Periférica, Sexto Piso y Nórdica– y en estos años ha sido como la gran eclosión de la edición independiente, con lo cual las librerías se han enriquecido. Creo que hemos aprendido los editores en general a hacer mejores libros, es algo positivo. El librero se ha sofisticado, conoce mucho mejor las herramientas de trabajo, los sellos. La capacidad para llegar a otros países también es mucho mayor. Nosotros tardamos cinco años en empezar a tener una distribución importante en América y hemos tardado quince años más en perfeccionarla. Es decir, que esté Riverside aquí, Océano en México, Siglo del hombre en Colombia, grandes distribuidoras con las que trabajamos de manera directa con equipos de trabajo locales. Estos procesos que antes eran impensables, la técnica, la tecnología, nos lo han hecho posible. Tenemos capacidad para comunicarnos con las redes sociales y difundir materiales de Nórdica a cualquier país del mundo, es un avance inmenso. La parte, digamos, menos bonita es que tenemos incertidumbres y enemigos, al menos temporales, como pueden ser estas cosas que tenemos [los celulares] que nos facilitan la mucho la vida, pero a la vez, si hace veinte años la lectura, el cine, la música eran los pilares del tiempo de ocio de una persona, ahora esto es abierto. Hemos ganado cosas, pero hemos perdido también la paciencia que hace falta para leer un libro. Sin haber cambiado tantísimo el sector, o sea, haciendo libros de manera similar a como se hacían hace veinte o treinta años, pero con cambios estructurales en el pensamiento y en el tipo de ocio que sí que afectan obviamente.

–Hablaste de tecnología, un tema de conversación en el mundo editorial es el uso de la IA. ¿La incorporaron al trabajo de la editorial?

–Yo soy tremendamente beligerante. Desde el comienzo la tecnología nos ha ayudado a sobrevivir en la editorial, gracias a tener ordenadores Apple baratos pudimos montarla y trabajamos mucho con software de diseño, pero el salto a la IA generativa es algo que es una barrera de Nórdica. No la utilizamos para crear ni para traducir y no lo vamos a hacer. Somos militantes defensores de los oficios del libro, de que los traductores vivan, cobren y sigan existiendo. En Nórdica casi todo el catálogo son traducciones. Queremos defender el castillo mientras podamos.

–Hablando de traducción, ¿por qué te parece importante traducir de nuevo los clásicos?

–Yo creo que cada generación debe tener acceso a su lectura de los clásicos. Yo recuerdo los clásicos que leía cuando era joven y si los leo ahora mismo, el lenguaje, el idioma ha cambiado mucho. La manera de traducir también cambió. Si el traductor tiene acceso a fuentes originales, puede estar trabajando aquí, ver una biblioteca de Oslo en tiempo real descargándose una primera, segunda, quinta edición, eso se puede hacer ahora que no se hacía antes. En el caso de Nórdica, casi todas son nuevas traducciones. Solamente en algunos pocos casos, que son traducciones insuperables, que son parte ya como de la cultura, se mantiene la traducción. El resto, todas se hacen nuevas. El año pasado, por ejemplo, hicimos una de las cosas más raras de la editorial. Habíamos publicado Frankenstein de Mary Shelley hace diez años y lo hemos vuelto a traducir el año pasado. La primera era una traducción comprada muy buena, pero como de hace treinta años, algo así. Y yo tenía ganas de tener una traducción contemporánea, actual y me pareció que el momento de la película iba a ser como una gran excusa para releer el libro. Yo creo que es una de las cosas por las que la gente busca a Nórdica.

–Sé que tuvieron un boom con Noches blancas de Dostoievski.

–Sí, increíble. Hemos vendido casi 50 mil ejemplares. Una locura, es un libro que está disponible en decenas de ediciones, lo puedes encontrar gratis en internet. Y la gente quiere la edición de Nórdica. Algo has hecho bien cuando tu objeto que es más caro que el de ninguna editorial, es el que la gente quiere. Hay algo en el trabajo del ilustrador que conecta con la experiencia del libro. El trabajo gráfico es muy bueno y la traducción además es la mejor. Los traductores de España dan un premio a la mejor traducción y hace un año lo ganó esta. Son fenómenos que no quieres entender, en realidad, y que son imposibles de replicar, pasan una vez y ya está. Hay que reimprimir y disfrutarlo.

Diego Moreno, el fundador de la editorial Nórdica, de visita en Buenos Aires. Foto: Maxi Failla.

–Cuando crearon la editorial, apuntaron a dos nichos que no estaban tan desarrollados. ¿Fue un riesgo o fue más fácil empezar así?

–Lo que puedes hacer cuando montas una editorial es no hacer lo que hace la gente. Si haces lo que hacen otros, muy difícilmente vas a poder sobrevivir, pero eso pasa con frecuencia. Nadie hacía nórdicos no policiales en España y nadie hacía ilustrados. El zorro rojo empieza a la vez, más o menos, pero no teníamos referentes, nos lanzamos un poco al vacío a crear una manera de hacer ilustrados para adultos en los que la ilustración fuese una creación literaria en imágenes, digamos. Tomamos el riesgo. Los nórdicos tardaron cinco años hasta el primer premio Nobel, Tranströmer, en tener viabilidad económica, los primeros años eran deficitarios. Pero los nórdicos, con El festín de Babette de Isak Dinesen ya funcionaron, tuvo un enorme éxito esas primeras Navidades y desde entonces hasta hoy que llevamos 220 títulos ilustrados, casi todos han sido exitosos. La gente necesitaba esos libros.

–Hace tiempo ampliaron el catálogo y tienen varias colecciones, ¿cómo se mantiene la coherencia?

–La coherencia esencial es que la misma persona que elige una cosa hace veinte años lo elige hoy. Eso no es habitual. En un gran grupo pasan decenas de editores, cada uno con sus gustos y ahí va habiendo cambios de todo tipo. Aquí mi cabeza es la misma, mis gustos los mismos. Es cierto que hemos ampliado no solamente la línea, sino también un poco los objetivos. Antes publicábamos muchos clásicos, ahora publicamos mucha literatura contemporánea. Autoras jóvenes nórdicas que hablan de la familia como nadie, Vigdis Hjorth, Helga Flatland, Marie Aubert, literatura africana. Me interesa mucho la literatura de gente que está en los márgenes. Publicamos a una autora mexicana que vive en Estados Unidos y que habla de cómo la sociedad norteamericana dificulta la vida a una familia mexicana en Nuevo México, a una escritora italiana que sus orígenes son de Somalia. Pero igual que te publico una autora somalí de veinte años, te publico luego otra vez a Dostoievski o Kafka. Me interesa que vayamos yendo y volviendo, o sea, que cuando te publico un autor de principio del siglo XX, luego veas que si hay algo contemporáneo, se sostiene. La coherencia es porque esos autores viven y beben de lo que ha pasado en sus literaturas previas. Hay una línea que es clara.

–¿Te ha pasado que te guste mucho algo, pero saber que no es para la editorial?

–Sí, sí, me ha pasado. No muchas veces, pero sí. Me ha pasado tanto decidir no publicarlo como publicarlo y que el libro no funcione porque la editorial no era la indicada. De alguna manera, tu catálogo expulsa y haces que funcionen cosas que solamente funcionan en Nórdica. Hay como una lógica que va más allá de ti mismo. Ahora lo que intento es, cuando veo que esos libros no son para Nórdica, no publicarlos. Si yo publicara a una autora española de veinte años, no le hago ningún favor porque nadie va a esperar eso en Nórdica. Una cosa que empezamos, que es curioso porque tendríamos que haberlo hecho hace años, es la literatura japonesa, a la que accedí porque me interesaba mucho el tema. Abrimos una línea y eso sin embargo nos ha ido muy bien. Luego, uno lo piensa y [Aki] Shimazaki escribe como una nórdica. Porque el minimalismo japonés y el nórdico son hermanos. Por eso me gusta y por eso encajan bien en el catálogo, hablan el mismo lenguaje literario.

–¿Qué particularidades tiene la edición de un libro ilustrado?

–Tiene varias. Lo primero, que un libro ilustrado no es un libro con dibujos, que es una idea que la gente ha tenido mucho tiempo. No. Yo hago el casting, selecciono quién va a trabajar, por ejemplo, con Stephen King, que lo hemos publicado y me encanta. A Ana Juan le encanta el mundo oscuro, gótico. Son buena pareja. Los junto y dejo que haga lo que le dé la gana. Yo no intervengo nada, el trabajo de creación es puramente del ilustrador. Es muy diferente a lo que se hacía habitualmente en el mundo ilustrado. Otra de las características es que son libros que siempre hago yo. Yo lo maqueto, lo diseño, busco la tipografía, creo la narrativa. Es un libro de autor en todos los sentidos. Y luego, en el caso de Nórdica, quien manda es el libro. Me explico. Las cubiertas en esta colección son todas diferentes, no hay dos iguales. Esto se debe a que cuando empezamos, como nadie hacía libros ilustrados, el libro ilustrado ya era Nórdica.

–Has contado que el primer libro que publicaron fracasó por una decisión de diseño de tapa. ¿Cuánto incide la tapa para que un libro se venda?

–Cuando empiezas una editorial, empiezas a veces con la ingenuidad y también la soberbia de pensar que si haces un libro bueno, puedes permitirte hacer lo que quieras. Es una estupidez enorme, eso no se sostiene. Pensamos en el primer libro tipográfico, es decir, sin imágenes. Hicimos dos así, creo. Una cosa buena que tengo es que me confundo, obviamente, como todo el mundo, pero si me dicen que esto no está funcionando, lo cambiamos, no tengo ningún miedo. Creo que nada es sagrado en esto. El diseño de tapa es esencial porque en una librería hay cientos de libros compitiendo en la mesa. Tienes que lograr un buen texto, pero hacer muy bien la cubierta. Que represente lo que es el libro, pero que sea dentro de lo posible lo más estéticamente agradable y llamativa. Y esa unión de todo es complicada. De hecho, en los libros ilustrados, en lo único que el ilustrador no tiene peso es en la cubierta. Lo negociamos, pero yo tengo la última palabra porque yo veo el mundo comercial. Y aquí hay que tener la parte estética, pero tienes que defenderte en una librería. Y una mala cubierta te arruina el libro.

–¿Qué tanto te enseñó ser librero para ser editor?

–Mucho. Yo creo que todo editor debería tener una época en su vida de librero. El editor, con frecuencia, piensa que como está buscando buenos libros, el libro ya está hecho y se olvida, lo manda al distribuidor y a veces ni siquiera pisa una librería. O sea, no sabes lo que está pasando. No sabes lo que la gente está buscando, cómo se están colocando los libros. No sabes tampoco lo que hace falta. A mí me ayudó mucho el ser librero a ver tendencias y cosas que no se publicaban.

–Te escuché decir que un próximo desafío es publicar teatro. ¿Por qué el teatro?

–Porque nadie lee teatro y es una pena. A la gente le gusta, va a ver obras de manera frecuente, pero al mismo tiempo algo que se hacía durante décadas, siglos, que era leerlo, se ha perdido. Y cuando lees un libro de teatro es muy fácil, muy natural, o sea, son diálogos, es muy fluido. Acabamos de publicar todo el teatro de completo de Ibsen. Pero encontrar el librero que tenga un sitio donde poner teatro es lo más difícil de todo. La poesía se vende bien, el cine, la música se venden bien. El teatro, dificilísimo. Y no creo que sea comprador, creo que es el primer filtro que es la librería.

Diego Moreno, el fundador de la editorial Nórdica, de visita en Buenos Aires. Foto: Maxi Failla.

–¿Cómo es el vínculo de la Argentina con tu catálogo?

–El vínculo es importante desde hace muchos años, nuestro catálogo funciona muy bien en Argentina siempre. Nórdicos como Askildsen han sido muy valorados, la literatura japonesa también. En el caso de autores argentinos, tenemos una colección pequeñita, Mini lecturas, en la que Cortázar fue nuestro gran éxito. Dos Cortázar que nos dieron de comer durante mucho tiempo, que no hemos podido vender aquí nunca porque no teníamos los derechos para Argentina, pero sí para España. Y luego, uno de mis libros favoritos de Nórdica, sin lugar a dudas, que es un Atlas de literatura latinoamericana que coordinó Clara Obligado. Creo que es de los cinco libros que considero más importantes por lo que suponen en el catálogo, por la construcción del libro, que es único en el mundo, en el que escritores de todos los países latinoamericanos nos hablan de sus escritores esenciales, sobre todo fuera del boom. Era como decir a la gente, "oye, que el boom ya pasó." Ahí está Mariana Enriquez escribiendo textos, Leila Guerriero. E ilustrado por Agustín Comotto, que es un ilustrador argentino que vive en Barcelona y que somos muy amigos desde hace mucho tiempo.


Diego Moreno básico

  • Nació en Madrid en 1976. Licenciado en Sociología, con un posgrado en Investigación de Mercados.

  • Trabajó en la librería Crisol de Juan Bravo, fue jefe de producción en Ediciones de la Torre y dirigió una imprenta digital.

  • Fundó Nórdica Libros en 2006 con la idea de explotar ese nicho de mercado.