Thwaites, en la Antártida occidental, es famoso por su tamaño y por lo que podría desencadenar si colapsa: un aumento relevante del nivel del mar y un efecto dominó sobre otras masas de hielo. Durante años, científicos advirtieron que el problema no es solo el aire más cálido: es el océano. Agua relativamente cálida circula por debajo y “muerde” el hielo desde abajo.

Con ese diagnóstico, apareció una idea que suena a ciencia ficción: poner una barrera en el mar para frenar esa entrada de agua cálida. No un dique en la costa, sino una estructura en el propio fondo oceánico. En 2026, esa idea se convirtió en un proyecto mediático conocido como “seabed curtain” o “cortina del lecho marino”.

El concepto, explicado de forma simple, sería instalar una serie de paneles flexibles, superpuestos, anclados al fondo marino. La cifra que más se repite es la profundidad: alrededor de 650 metros. Allí, la cortina buscaría actuar como un “deflector”, reduciendo el flujo de agua cálida hacia las partes más vulnerables del glaciar. La meta no es detener la dinámica para siempre, sino ralentizarla: comprar tiempo para adaptación costera y reducción de emisiones.

Thwaites, en la Antártida occidental, es famoso por su tamaño y por lo que podría desencadenar si colapsa: un aumento relevante del nivel del mar y un efecto dominó sobre otras masas de hielo.

El plan también tiene escala: se habla de decenas de kilómetros de longitud (por ejemplo, alrededor de 80 km) y una altura de cientos de metros desde el lecho marino, según cómo se configure el sistema. No sería una pared sólida única, sino múltiples secciones. Esto importa porque el océano antártico es brutal: corrientes, hielo marino, tormentas y logística remota.

El punto más polémico es el costo. Las notas que describen la propuesta la llaman abiertamente “multimillonaria” o incluso de varios miles de millones de dólares. Y no solo por materiales: por investigación previa, pruebas, transporte, anclajes, mantenimiento y riesgos de falla. En ingeniería, la Antártida es el peor lugar para improvisar: todo cuesta más y cualquier error se paga carísimo.

¿Es viable? Ahí entra la grieta. Parte del debate científico y técnico reconoce el atractivo: si el agua cálida es el cuchillo, bloquear el cuchillo suena lógico. Pero también aparecen advertencias: impactos ambientales no deseados, cambios en corrientes locales, riesgos de sedimentación y la posibilidad de que el sistema no funcione como se espera o falle con eventos extremos. Además, incluso si funcionara, sería un parche sobre un problema mayor: el calentamiento global que sigue empujando el sistema hacia el colapso.

La imagen de la izquierda muestra la lengua de hielo flotante del glaciar, en 2001, poco antes de que se desprendiera el iceberg B-22; y la de la derecha muestra el glaciar en diciembre de 2019.

Los impulsores presentan el plan como investigación aplicada: probar en menor escala, modelar, entender efectos secundarios y decidir con evidencia. En ese sentido, la cortina se discute como una forma de “geoingeniería polar” o intervención tecnológica sobre el clima, un terreno donde cada paso abre preguntas éticas: ¿quién decide?, ¿quién paga?, ¿quién asume riesgos si algo sale mal?

Al final, la propuesta revela un cambio de época. Antes, la conversación era “mitigar y adaptarse”. Hoy, frente a amenazas como Thwaites, también aparece la tentación de “intervenir” físicamente. La cortina submarina es eso: una idea extrema nacida de un miedo concreto. No promete salvar el mundo. Promete, en el mejor de los casos, ganar tiempo. Y en un planeta que se calienta rápido, ganar tiempo se volvió una moneda desesperadamente valiosa.