En la zona de las montañas de Santa Mónica, el US-101 funciona como una barrera, especialmente para animales grandes que necesitan moverse y atravesar la autopista para alimentarse, reproducirse y mantener diversidad genética. Con el tiempo, esa barrera se convirtió en amenaza: más intentos de cruce, más atropellos, más aislamiento.

Durante años, el caso emblemático fue el de los pumas. En una región urbana, su supervivencia depende de poder moverse. Pero cruzar una autopista de varios carriles es casi una sentencia. Esa presión acumuló argumentos para una solución inusual: no un puente para autos, sino un puente “para la naturaleza”.

Así nació el proyecto de Wallis Annenberg Wildlife Crossing, un gran ecoducto sobre el US-101 en el área de Liberty Canyon. El concepto es simple, aunque la ingeniería sea enorme: construir una estructura ancha, cubierta de tierra y vegetación nativa, para que los animales sientan que siguen en el mismo hábitat al pasar por encima de la autopista.

En cuanto al uso peatonal conviene saber que el paso no está pensado para tránsito humano cotidiano (ni como paso peatonal, ni como ciclovía). Es infraestructura de conservación. Habrá acceso para mantenimiento y operación, pero el objetivo central es que los animales crucen sin encontrarse con autos.

En términos de diseño, esa diferencia importa: se diseña para silencio, cobertura vegetal, control de luz y ruido, y continuidad ecológica, no para flujo humano diario.

El costo también se volvió parte del debate. El proyecto fue presentado durante años con cifras cercanas a los US$90 millones, pero la conversación pública reciente lo ubica alrededor de US$114 millones, con notas que destacan sobrecostos y demoras. En obras de este tipo, las variaciones suelen venir de complejidad geotécnica, etapas de construcción y el precio de materiales y mano de obra en California.

¿Y qué se espera evitar? En general, los cruces de fauna se justifican por dos motivos: reducir atropellos y reconectar hábitats.

La estructura está hecha como una extensión del paisaje: capas de tierra, drenajes, vegetación y barreras acústicas.

En Estados Unidos hay estimaciones de millones de colisiones vehículo-fauna por año en el país, y en California el problema es particularmente visible por la combinación de autopistas rápidas y corredores biológicos fragmentados. Aunque el número exacto varía según fuente, el objetivo de fondo es claro: bajar el riesgo para animales y conductores.

La estructura no es un “puente clásico”. Está pensada como una extensión del paisaje: capas de tierra, drenajes, vegetación, barreras acústicas y un ancho suficiente para que un animal no se sienta expuesto. Un ingeniero lo resumió así: normalmente se diseñan puentes para trenes, autos o peatones; aquí se diseñó para que se mueva la vida silvestre.

Mientras tanto, la obra convive con cierres parciales y trabajos en caminos cercanos, lo que muestra que el proyecto no es solo “un arco sobre la autopista”, sino un sistema de accesos, fundaciones y preparación del entorno.

Cuando esté terminado, el cruce buscará hacer algo raro en una metrópolis: volver a unir lo que la infraestructura separó. Y por eso no es para humanos en el sentido habitual. No es un atajo, ni un paseo. Es una corrección ecológica millonaria para evitar que la autopista siga cobrando su peaje en vidas animales.