-¿Qué fue lo primero que pensó frente a la noticia de Alejandro Zalazar, el médico que apareció muerto por presunto abuso de propofol y fentanilo?
-Que se suicidó. Yo no sé si está la posibilidad de que haya habido terceras personas con él en ese momento; eso lo va a determinar la Justicia. Pero lo que pensé es que, si un médico anestesiólogo quisiera suicidarse, haría lo que hizo Zalazar. Esto, más allá de si se confirma alguna participación en esas fiestas. Puede haber participado en ellas y haberse suicidado. ¿Por qué la vía apareció colocada en su pie? Es un acceso fácil para alguien que se quiere autoadministrar la infusión.
-Lo del pie podría haber sido una forma de ocultar posibles hematomas en el brazo, tras el consumo.
-Es cierto. Los anestesistas trabajan con ambo de manga corta, así que podría tener que ver con eso, también.
-Se viene hablando del uso recreativo de propofol y fentanilo en los términos de “viajes controlados”. ¿Conocía la expresión? ¿Desde cuándo?
-No conocía la expresión. Sí la idea del “viaje” por consumo de alucinógenos como la ayahuasca o los viajes chamánicos con mezcal.
-¿Pero es nuevo el abuso de fentanilo y propofol en el mundo de la salud?
-Es viejo como la existencia. Por eso hace años que el tema de la trazabilidad y el descarte de ampollas se controla en los hospitales. Hay mil historias de médicos adictos al fentanilo. Un compañero mío de guardia, terapista, se murió hace 20 años por consumo de fentanilo. No es nuevo. Pero lo de las fiestas para mí es impactante. Vi una foto de dos de las médicas, conectadas a un frasco de suero colgando de una planta. Una es de las acusadas en esta causa. Las dos, con ambo. Me llamó mucho la atención. Pero para mí tiene que ver con mi mirada de cómo está la sociedad. Los demás me dicen “vos siempre culpando a la sociedad”. No es culpable sino responsable de las cosas que pasan. No son hechos aislados; ni esto ni lo del pibe de Santa Fe (N. de la R.: La muerte de Ian Cabrera, el chico asesinado por otro alumno en una escuela). Son consecuencias de una sociedad expulsiva. Una sociedad muy competitiva en la que el diferente queda afuera de todo.
-¿Cómo se relacionan las fiestas con la falta de inclusión?
-Como toxicólogo, no puedo evitar comparar estas fiestas con otras situaciones que parecen distintas pero no lo son. Estas fiestas son de nivel muy exclusivo. No sólo son universitarios sino que todos tienen un posgrado, que es el mayor nivel académico que podemos tener. Y sin embargo, no están haciendo otra cosa que buscar placer a través de una sustancia. No es muy distinto de cualquier fiesta de música electrónica en la que se consumen sustancias sintéticas para tener un momento de placer. Bajado a otro plano, no es muy distinto de juntarse con amigos a tomar unas cervezas. Se podría sumar incluso a la señora que no soporta su soledad y recurre a psicofármacos. Hay un hilo conductor que une estas situaciones, aunque sean grupos etarios y culturales diferentes. Estos anestesiólogos, por su formación y acceso, usaron sustancias específicas; el que consume Tusi, DHC o LSD, lo hace a su modo, y el que tiene menos poder adquisitivo, capaz usa paco o cocaína fumable. Sin una sustancia de por medio pareciera que no hay diversión.
"Sin una sustancia de por medio pareciera que no hay diversión", dice Damin.
-Pero en el caso de los médicos, ¿no influyen factores más bien ligados a su particular actividad?
-Nos pueden pasar otras cosas, sí. Tenemos características en común por deformación profesional, pero yo prefiero contextualizar. No somos extraterrestres; estamos en la sociedad. Te doy un ejemplo. Yo hace años monté Fundartox, una fundación desde la que difundimos temas de atención y prevención en el consumo de drogas. En la gestión de María Eugenia Vidal de la provincia de Buenos Aires hicimos un estudio en la Policía, con campañas, evaluaciones y testeos. Lo interesante es que, sobre 93.000 efectivos, los valores de consumo fueron muy parecidos a la población general, y con las mismas sustancias.
-¿Cómo eran esos valores?
-Un 88% a 90% consume alcohol; el 8%, marihuana; y cerca del 4%, cocaína, aunque en los menores de 18 años el consumo es mayor. ¿Por qué digo todo esto? Porque creo que en los médicos debe ser similar, con la diferencia -y acá viene el sesgo- de que somos muy omnipotentes por estar preparados para el manejo de sustancias. Nadie se enchufaría propofol porque es evidente que podés morirte, pero el anestesiólogo todos los días lo administra. Es como comparar alguien con miedo a volar con un piloto de avión. El médico puede terminar distorsionando los límites. Como si para autojustificarse pensara, “¿qué diferencia hay entre el fentanilo que produce 100.000 muertes por año en Estados Unidos del que le doy al paciente para calmarle el dolor?”. Es una herramienta de trabajo, pero se ve que algunos pueden terminar caminando en el límite de lo legal y lo ilegal, y entonces no perciban hacer algo ilegal sino que “sólo” sustrajeron una ampolla del lugar de trabajo.
-En el estudio de las tendencias de consumo, ¿existe algo así como un capítulo dedicado a lo que a los propios profesionales que trabajan cerca de psicofármacos les puede pasar con ellos?
-Sí. Es un tema que por ejemplo la (Asociación de Anestesia, Analgesia y Reanimación de Buenos Aires) AAARBA le prestó atención siempre y de hecho tienen un departamento de prevención problemática. Ha sido un tema de preocupación desde siempre. Son problemas que se ven, y no sólo en anestesiología sino en las áreas críticas de salud; las áreas cerradas que se manejan con este tipo de sustancias y están sometidas a muchísimo estrés: las terapias intensivas, las neonatologías y los quirófanos. Siempre digo que la sustancia no es lo problemático, pero a veces sí porque estos fármacos están hechos especialmente para calmar el dolor y el sufrimiento del otro. Es significativo. Si estás bajo mucho estrés y usás algo que le calma el dolor al otro, te puede dar curiosidad.
-La idea del uso recreativo de sustancias anestésicas habla de un juego por lo menos raro. ¿Cómo es ese coqueteo de arrimarse al umbral de la muerte, de parte de quien todos los días debe sostener la vida de un tercero?
-Lo que se experimenta no es la droga sino llegar al umbral y lo que se pone en juego es la omnipotencia del "yo lo manejo". Si les preguntás si están coqueteando con ese límite, con la fantasía de morirse, seguramente te digan que no. Fantasean con llegar más allá del resto de los mortales, pero no sienten correr un riesgo real. Si le preguntás a alguien que va por Panamericana a 180 kilómetros por hora si lo que busca es morirse, te va a decir que no. Quizás diga que los otros son unos cagones, pero que él puede hacerlo.
-La omnipotencia conduce a una no percepción del riesgo...
-Exactamente. No son suicidas. Como toxicólogo y con los años de guardia que tengo, vi mucha gente intentar suicidarse con medicamentos. Cuando le preguntás, te dice “quería morirme”. Es muy distinto del anestesiólogo o del velocista: ellos quieren pasarla bien.
-Muchos dirían que son negadores de sus problemas. ¿Es un "me quiero divertir" genuino?
-Es genuinamente “me quiero divertir”. Ahí es donde yo responsabilizo a la sociedad por no darle a ese grupo, que no es un individuo suelto, la posibilidad de sentir que se puede divertir de otra manera. ¿Por qué no encontrás placer paseando, encontrándote con amigos, haciendo deporte o mirando una película? ¿Por qué es yendo al límite que se encuentra placer? Creo que la sociedad es responsable.
"¿Por qué es yendo al límite que se encuentra placer?", dice Damin. Foto: Fernando de la Orden
-De los anestesistas hay muchos mitos. ¿Cuáles conoce y en qué medida se anclan en hechos reales?
-Respeto mucho a los anestesiólogos. Son los alquimistas de la medicina: te llevan al plano más próximo a la muerte en el que alguien puede estar en vida. Un anestesiólogo te lleva a la muerte y te trae de ella. Cuando el cirujano dice “terminó”, el anestesiólogo te trae de a poco. Más allá de que el cirujano sea dios del quirófano y el que pone la cara, realmente es el anestesiólogo el dios, y esto lo somete a una presión y estrés enormes. A partir de ahí se genera el mito de que son los que más cobran, los que imponen las condiciones de trabajo, los que cobran sólo en efectivo... Hay un montón de esos mitos y como son los únicos agremiados -porque los médicos tenemos un gremio único con asociaciones científicas por especialización, mientras que ellos tienen una asociación científica y gremial separada- también pelean aparte por su sueldo. Eso genera mucha admiración, pero también envidia y cierto encono. Todos los envidiamos un poco porque ellos se te plantan con un honorario. Es así.
-¿Cuánto influyen en el riesgo de consumo las condiciones de trabajo en clínicas y hospitales? Me refiero en especial a quienes están sujetos a la ecuación “sueldo bajo-guardia eterna”.
-Eso ahora es un mito. El tema de las guardias se ha ido resolviendo. Son pocos los médicos que hacen 24 horas de guardia. En el (Hospital) Fernández tenemos guardias partidas y en pocas especialidades pasa que estés solo, sin coequiper, 24 horas. En la mayoría de los hospitales públicos y privados es igual. El tema se ha ido aggiornando, sobre todo en las especialidades críticas.
-¿Qué opinaría de implementar un control antidoping, al menos para esos profesionales en áreas críticas?
-No creo que debamos criminalizar. Se puede implementar programas y de hecho lo he llevado adelante con mi fundación, con un control aleatorio desarrollado para algunas empresas petroleras que precisaban garantizar temas de seguridad. Se incorporó un sorteo que derivaba en un control antidoping de saliva. Ese programa quizás se podría implementar. Ahora, a todos todo el tiempo, no. Debe estar enmarcado en una política de salud, prevención y promoción enfocado en ese entorno de trabajo. Y avisar, 'bueno, desde ahora vamos a hacer controles' de tal manera. Visto así, no me parece mal que se haga con los médicos.
-Usted remarcó que los médicos son humanos, pero del lado del paciente es lógico que la noticia de Zalazar genere intranquilidad; más cuando algunos medios hablaron de una “red” de anestesiólogos que consumen drogas en fiestas. ¿Qué opina?
-Estamos hablando de un fenómeno que involucró a un volumen de menos de diez médicos. Querer provocar miedo hablando de una red por diez personas que fueron noticia, es desafortunado, desacertado e injusto. Hace unos años, un piloto de una compañía alemana estrelló el avión que conducía porque se quería suicidar. Mató a unas 300 personas. Sería como temer que todos los pilotos sean así. Sería infundado. Los anestesiólogos son profesionales serios. Tienen una entrega absoluta a la profesión y estudiaron años para asegurar que las cirugías sean exitosas.
El latido de un irremediable curioso de pueblo, en busca de causas que expliquen el presente
“Porque vengo de un pueblo y porque en esa época era eso de 'mi hijo el doctor'”. Con simpleza lógica y algo desapasionado, Carlos Damin explica el porqué de haber elegido la carrera de Medicina. Pero, con 60 años cumplidos hace unos meses y una trayectoria de casi cuarenta años en los pasillos hospitalarios, el reconocido toxicólogo y actual director del Hospital Fernández, deja claro que no hubo casualidad ni fue por default y no fue sólo el aire de época de inicios de los 80 en la localidad bonaerense de Bragado el que sopló y sopló y lo transportó a la Facultad de Medicina de la UBA. Hubo una personalidad. Un perfil no del todo visible de primeras, pero que se deja ver si la charla es suficientemente prolongada.
Ahora es el Damin atento a las palabras y sutil en las distinciones. El que prefiere “anestesiólogo que anestesista” y que “por favor”, Damin no sea con tilde “porque es un apellido árabe”.
"Camino el hospital todos los días. Si hay una gotera, me ocupo", cuenta Damin. Foto: Fernando de la Orden
Es el Damin del autoconocimiento y el estoicismo; el que parece no dejar nada librado al azar: “Soy rígido, insistente y estructurado”; “me levanto a las 6.30, leo los diarios y salgo para el hospital. Sólo tomo café a la mañana. Hace dos años soy el director del Fernández. Durante 20 años dirigí el servicio de Toxicología, que es mi hijo en la profesión”; “camino el hospital todos los santos días; si hay una gotera, me ocupo; y paso el dedo para ver si está limpio”.
Es el Damin que, lejos de cumplir un pasivo designio de pueblo, sabía lo que quería. Lo encontró: “Soy la primera generación de universitarios. Nací y me crié sabiendo que tenía que estudiar. En mi casa me decían todos los días que cumplía 18 años y tenés que estudiar. Pero me querían mandar a la Plata. Para un pueblo chico, Buenos Aires es un monstruo. Además, hace 40 o 42 años, cuando me vine para acá, Buenos Aires estaba lejos de Bragado: 230 kilómetros no era cerca. Y no había ni telediscado. Para llamar a casa tenías que pedirle a la operadora. Era lejos en todo sentido. Pero finalmente torcí la voluntad de mis padres. Yo quería ir a la Universidad de Buenos Aires. Soy un fanático de la UBA”.
Es, entonces, el Damin de las convicciones: “Puedo decir con orgullo que fui a escuelas públicas, estudié en una universidad pública y dirijo un hospital público. Lo público puede ser de excelencia. Ahora hay un cuestionamiento a lo público y creo que los que trabajamos en el sector tenemos que demostrar que se puede ser bueno y se puede tener calidad”.
También, el “absoluta, total y extremadamente curioso”, se entusiasma confesando: “Eso me llevó siempre a querer hacer investigación. Yo preciso conocer las causas para entender las consecuencias. Por eso soy un apasionado de la historia y de leer novelas históricas. Me encanta hacer investigación: ver lo que tenemos y entender cómo ocurrió. Hice mi doctorado en el tema de drogas de abuso. Uno llega a un lugar porque viene de otro. Mi perfil siempre fue ese: querer bucear un poco más”.
Itinerario
Carlos Damin, doctor en Medicina por la UBA, especializado en Toxicología y en Salud Pública, es director del Hospital Fernández, institución en la que conduce la división de Toxicología, área de la que es profesor titular plenario en la UBA y de la que también creó una residencia especializada. Autor de decenas de publicaciones y nombrado “Personalidad Destacada de las Ciencias” por la Legislatura porteña, Damin es director de FundarTox y miembro de la Red Científica Internacional de la Comisión de Drogas de la ONU.
Al toque
Un líder: Ramón Carrillo.
Un prócer: Manuel Belgrano.
Un libro: Cometas en el cielo, de Khaled Hosseini.
Una película: Cinema Paradiso.
Una serie: Painkiller.
Un equipo: River Plate.
Una comida: Keppe crudo.
Una bebida: Vino tinto.
Una sociedad (que admire): La alemana.
Un lugar: Mi casa de fin de semana.
Una pasión: La medicina.
Un logro: Ser profesor en la Facultad de Ciencias Médicas y dirigir el Hospital Fernández.
Un sueño: Una sociedad justa.
Un recuerdo: El día que me subí al tren en Bragado para ir a estudiar a Buenos Aires.
PS
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