En una tarea de detective amateur, mientras junta las piezas del rompecabezas familiar, Camilo, el joven protagonista de Los nombres de mi padre (Anagrama), la reciente novela del mexicano Daniel Saldaña París, puntualiza lo siguiente: “Los datos y los hechos incontestables, pero detrás de los hechos están los rumores, las especulaciones, las teorías”.
Daniel Saldaña París. Foto: redes sociales.
Sabe que toda búsqueda de la verdad, en definitiva, es algo ilusorio, tentativo, pero tan esencial como la identidad que se pone en juego. Mientras su madre vive una enfermedad en México, Camilo se decide a viajar a Estados Unidos con varias preguntas a cuestas: ¿quién fue su verdadero padre? ¿El que murió años atrás de un infarto fulminante? ¿O un tal Miguel Carnero, amigo de sus padres sobre el que siempre se posó la sombra de un enigma?
¿Podemos entender realmente a quienes no conocimos y estuvieron ocupando un lugar trascendental en nuestras historias? ¿Cuánto de ellos perdura en nosotros? Hay algunas huellas en el camino, como Ángela Carnero, la hija de Miguel, tal vez la única persona que puede ayudarle, aunque no tenga ninguna relación con ella. Otras pistas lo conducen a mirar hacia atrás en el tiempo: la militancia de los 70, la arquitectura mexicana, las heridas políticas, las memorias familiares y la infancia, la represión y el diseño urbano.
Caleidoscópica y existencial, sin ser una novela autobiográfica, la novela atraviesa también los tiempos de la pandemia y sus efectos en el presente. “Siempre será la novela que escribí mientras mi padre se moría y yo me enamoraba”, escribió en su blog “El espíritu de la escalera” Daniel Saldaña París, entendiendo esa doble experiencia no “como una contradicción sino como la síntesis más perfecta de estar vivo, de lo que late detrás de la ficción como el oscuro corazón de una verdad”.
En este caso, a través de una beca en Estados Unidos, escribió Los nombres de mi padre usando elementos de investigación de archivo, escarbando en una biblioteca. El peregrinaje similar que hizo su alma mater, Camilo, que, a través de antiguos documentos, testimonios cruzados y sus propios recuerdos difusos, construyó una suerte de cartografía emocional que lo llevó a cuestionarlo todo del pasado, del presente y también del futuro en ciernes.
Nacido en 1984 en Ciudad de México, narrador, ensayista y traductor, Saldaña París llega a la Feria del Libro con una importante obra en sus espaldas: auto, entre otros, del libro de poemas La máquina autobiográfica (2012), del ensayo sonoro Los ayudantes del sol (2024), de las novelas El nervio principal (2018) y El baile y el incendio (2021), y de las crónicas autobiográficas Aviones sobrevolando un monstruo (2021). En 2017, fue incluido en la lista Bogotá39 de los mejores escritores menores de cuarenta años en América Latina y sus textos han sido traducidos a varios idiomas. En la antesala de su visita a Argentina, conversó con Clarín sobre las voces de su novela, tan íntimas y universales como profundamente latinoamericanas y colectivas.
–La novela empieza con el rastro de una risa, luego el narrador expresa las marcas que se ha dejado en los lugares en los vivió. De pronto, la pandemia. Y esta frase: “Pero aún más que al futuro, le tengo miedo a no haber entendido lo suficiente del pasado. A no haber sabido aprovechar lo que tenía mientras lo tuve. A haber vivido una vida sin preguntas, o con las preguntas incorrectas”.
–El narrador y protagonista de la novela, Camilo, está en un momento clave, de replantearse el significado de su pasado y de revisar desde los detalles más triviales hasta las certezas que creía inamovibles. Me interesaba partir de ahí, de un personaje que está dispuesto a remover su propia comodidad identitaria para descubrir algo nuevo sobre sí mismo y sobre los demás. No es casual que ese planteo suceda a raíz de la pandemia, que en cierto sentido interrumpió muchas inercias y nos forzó a unos meses de autoobservación y, a menudo, crisis. Pero la novela, que tiene ese comienzo un poco divagante e interior, se mueve muy pronto hacia asuntos más concretos, y se va llenando de historias, personajes y ciudades. El monólogo interior se va poblando de prisa.
– “Conocer a Carnero significaba entender una época, reconstruir una ciudad y una forma de hacer política”, escribís. En esa búsqueda del origen, el personaje quiere saber quién fue un tal Miguel Carnero, algo que en el imaginario literario lleva a Pedro Páramo o a los seres huidizos de Bolaño.
–Sí, tanto Rulfo como Bolaño son referentes para mí, en distintos sentidos. Me interesa esa “búsqueda de sí mismo” que inevitablemente se vuelve social, política, que saca al protagonista de sí mismo. No se trata del “encontrarse a sí mismo” pasivo del new age, sino de la puesta en duda de la identidad mediante el descubrimiento de todas las violencias que tuvieron que ocurrir para que llegáramos a ser lo que somos.
–La novela, de alguna manera, está diseñada con la estructura de caminatas y de derivas urbanas, incluso hay mapas. En el medio está también la culpa por no poder acompañar a una madre enferma. Una posible hermana, y las pistas que lo llevan a Estados Unidos. Lo detectivesco y las formas de matar el tiempo, todo entremezclado, en planos paralelos.
–Escribí la novela durante el año que pasé como becario del Cullman Center, en la Biblioteca Pública de Nueva York. La idea era hacer investigación para escribir el libro, y muy pronto me di cuenta de que tenía que tener un criterio claro para decidir qué información pertenecía al libro y qué salía sobrando. Ese criterio es la pregunta por el corazón emocional del relato. Si las ciudades–señuelo de la Segunda Guerra Mundial, los suburbios mexicanos de la década de 1950, la militancia política del pasado y el presente tenían una implicación directa en el nudo emocional del personaje, entonces era pertinente traerlos a cuento. Y el nudo emocional del personaje, fundamentalmente, es que la madre se está muriendo y él está cagado de miedo. La estructura de las caminatas me permitió traducir todos esos mundos a una experiencia espacial y temporal: todo sucede mientras Camilo cruza Nueva York y, antes la Ciudad de México.
Daniel Saldaña París. Foto: redes sociales.
–Aparece un tono dramático, ciertamente nostálgico del narrador, pero con el cuerpo que viaja, que se mueve. “No me parezco a nadie y me parezco a todo el mundo”, dice, y el destino que se escabulle entre el caos y “las probabilidades no cumplidas, llenar los huecos de la historia”.
–Creo que el dramatismo está presente por la urgencia —medio inventada— de su misión, que es descubrir si Miguel Carnero fue o no su padre biológico. Pero me importaba que ese dramatismo no eclipsara los momentos de sentido del humor, y las observaciones más sensoriales y puntuales que aterrizan la novela en un momento particular. Cuando uno está atravesando un duelo, a veces entra en ese tono un poco exaltado y luego se da cuenta de que además de atravesar el duelo tiene que atravesar la calle. Ese contraste me interesaba.
– “Es agotador vivir en la ciudad de México”, se lee, y tampoco el alivio parece estar en Queens, en Nueva York. Hay algo del agobio y la supervivencia, pero a la vez el encanto y la fascinación de las ciudades actuales, de no poder salir de ellas, de irse para después volver....
–Yo tengo una relación de amor–odio con la Ciudad de México, a la que siempre regreso. Durante los primeros meses de mi estancia en Nueva York, de pronto sentí que había encontrado, quizás por primera vez, un lugar tan interesante y exasperante como la Ciudad de México. Pero todavía estábamos en los últimos momentos de la pandemia, y algo de ese aire de excepción se coló al libro. Pensaba mucho en ese optimismo un poco insensato que nos entró de pronto en algún momento de las primeras cuarentenas, cuando parecía posible inventar una nueva forma de habitar las ciudades, de romper con algunas de las lógicas que las organizan. Luego vino la decepción: la evidencia de que la crueldad del sistema seguía intacta al otro lado de la cuarentena.
–En Los nombres de mi padre se teje lo íntimo y lo social con la memoria de los 70, las luchas y las represiones políticas con las vidas en tránsito y los traumas familiares, hilándose en recuerdos, testimonios, retazos, fragmentos, olvidos. Hay otra reflexión del narrador bastante significativa: “Una autobiografía llena de digresiones, silencios, trivialidades, ilustrada por algunas imágenes en baja resolución, fotografías de fotografías en las que apenas se distinguía a los retratados”.
–Camilo empieza tratando de entender quién fue Miguel Carnero, un amigo de sus padres en los años 70. Pero la figura de Carnero lo lleva a otras historias y otros personajes, y poco a poco empieza a emerger un retrato colectivo, o un paisaje político, quizás. El camino de lo familiar a lo social es de ida y vuelta. También en el presente de la narración, trata de encontrar a Ángela, la hija de Carnero, y termina enredándose en historias de militancia, ciudades improvisadas en un deshuesadero, defensas del territorio. Me gustan las historias que se abren a otras historias, y esa sensación de que el libro cobra vida y me va llevando por donde él decide. Es una narración ansiosa, pero que encuentra un punto de reconciliación en lo colectivo.
Daniel Saldaña París. Foto: redes sociales.
–Y en ese punto de reconciliación, de algún modo, no deja de surgir la sensación de que nunca puede saberse del todo aquello que se busca, ni nunca se llega a las respuestas definitivas.
–La novela se encamina hacia una resolución que es como una ficción adentro de otra. Camilo se da cuenta de que lo que busca no es la verdad histórica, sino un relato posible, una historia que contarse a sí mismo que lo ayude a explicarse mejor quién es y de dónde viene. No hace falta que ese relato sea completamente factual: es más importante que sea entrañable. Al final, el detective no encuentra la “pistola humeante” de ningún crimen, sino una serie de historias que se muerden la cola. Pero quizás eso es lo que necesitaba encontrar.
Daniel Saldaña París presentará su libro Los nombres de mi padre el domingo 3 de mayo a las 19 en la sala Ernesto Sabato.
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