Vengo con casi un año de atraso a hablar de la pareja atrapada por la cámara en el recital de Coldplay. Soy de las que llegan tarde a los temas de agenda porque me quedo pensando y porque me interesan las narrativas y para llegar a la historia completa siempre hay que dejar pasar tiempo. Mientras consumimos imágenes, clickeamos y likeamos, siguen pasando cosas.

Si una googlea hoy “coldplay couple”, se obtiene la siguiente información: “se refiere a un incidente viral de julio de 2025 en el que Andy Byron y Kristin Cabot (gerente y jefa de personal de la empresa de tecnología Astronomer) fueron atrapados por la kisscam en Boston durante un concierto de esa banda. En ese momento, ambos estaban casados, lo cual los puso bajo escrutinio público y los llevó a renunciar a sus empleos, además de causar la creación de infinidad de memes”.

La historia podría haber sido una telenovela. Pero para eso hubiera sido necesario que la pareja viviera en otra época. En los “locos años ‘20s”, quizás. O en los anfetamínicos años 80s, donde abundaban las serie de TV como Dinastía y las novelas con secretarias enamoradas de sus jefes casados, vestidas para infartar y ahogando sus penas en boliches al ritmo de Duran Duran, con chicos llenos de músculos. Incluso en los machirulos años 50s algo así todavía era imaginable, al menos en la ficción y para un Don Draper, porque a un Mad Men se le permite todo.

En nuestra época, en cambio, el puritanismo vía internet es peor que el de La letra escarlata: la viralización instantánea garantizó juicio y condena a la velocidad de la luz. Y en ese proceso, como era de imaginar para cualquiera de las épocas mencionadas, la mujer se llevó la peor parte. Para Kristin no fue Dinastía, fue una historia de terror: por meses tuvo que lidiar con paparazzis, amenazas y llamadas con insultos y comentarios sobre su apariencia física. Que revelara que se estaba divorciando (y que su marido estaba en el mismo concierto de Coldplay con otra mujer) no sirvió de nada. Mientras, Andy, parece, siguió casado y libre de hacer la suya.

La humillación pública hoy es un deporte global. Incluso con las mejores intenciones, diarios como The Guardian publicaron notas condenando esa práctica pero, por las dudas, también apuntaron que el affair “podría ser inmoral y exhibir las dinámicas de poder en los lugares de trabajo”.

Me quedo pensando: en una época obsesionada con el consentimiento, ¿qué pasa con el uso de las imágenes y los nombres de los demás? ¿desde cuándo es ético arruinarle viralmente la vida a alguien? y, sobre todo, ¿hubo alguna época que también pensara con tanta hipocresía que los lugares de trabajo son acépticos y deserotizados?

Algo del morbo en este caso tiene que ver con que los personajes fueran percibidos como ricos. ¿Las reacciones hubieran sido las mismas si las personas atrapadas por la cámara hubieran sido, digamos, la cajera de un supermercado y su supervisor o algo así? A la internet le gusta la humillación, pero si es la humillación de los ricos o famosos, mucho mejor.