La industria pastera-papelera global con epicentro en Finlandia encontró su mejor ambiente ecológico y productivo (humedad/tierra/clima) en la Mesopotamia argentina (Entre Ríos/Corrientes/Misiones); y el mejor ejemplo de lo que puede ofrecer es la planta de celulosa que se instala en la localidad de Ituzaingó, Corrientes, con una inversión de U$S 2.000 millones y una capacidad de producción de 800.000 toneladas anuales, que la posiciona de inmediato entre los mayores y más competitivos centros productivos forestales del sistema global.

Esta industria surge de la combinación de los riquísimos recursos naturales que ofrece la Argentina con la alta tecnología y los grandes capitales, muchos de ellos del exterior.

Además – y este es un proceso característico de la nueva industrialización argentina – las plantas papeleras-pasteras que surgen son capaces de competir inmediatamente en el mercado mundial.

Es una industria nueva, que nada tiene que ver con la vieja y agotada industrialización sustitutiva de importaciones orientada a un mercado interno marcadamente proteccionista, y por consiguiente depresivo.

Hay que ver más de cerca lo que sucedió en Uruguay con la instalación de la industria pastera-papelera.

Con esta actividad Uruguay cambió su destino; y tras situarse históricamente a partir de la realidad que ofrecía al mundo el fin de la Guerra de Corea (1950/1953), el Uruguay agroalimentario surgió de una combinación de ganadería prácticamente extensiva y de baja calidad con un conjunto de obsoletos frigoríficos de capital extranjero cuya tecnología ya no era avanzada en la década del ´20; el otro punto del sistema económico uruguayo era el gasto del inmenso empleo público montevideano; y así se produjo una notable convergencia entre estos 2 extremos del Uruguay posterior a la Guerra de Corea, y el resultado fue una economía estancada y depresiva, en la que imperaba un sistema político centrado en los partidos tradicionales que hacía un culto al pasado cuando “todos los Orientales era Batllistas”, incluso los nacionales de Luis Alberto de Herrera; y a todo esto la “Suiza de América” se hacía cada vez más vieja y pasiva (los jubilados y pensionados eran más de 1/3 de la población del país) y el promedio de edad de sus habitantes de lejos el más elevado de América Latina.

Por eso el interior del Uruguay estaba prácticamente vacío hasta que apareció la primera planta papelera-pastera de capitales finlandeses en los primeros años del siglo XXI, y se estableció frente a la entrerriana Gualeguaychú, y estuvo a punto de desatar un choque bélico entre 2 países en los que el simple conflicto es un error.

La planta frente a Gualeguaychú se instaló a pesar de todo y sigue siendo un formidable éxito empresarial; y después vinieron otras 2, una en Colonia, la otra sobre el Río Negro; y el inmenso espacio vacío que había sido el campo Oriental dejó de sustentarse en la sombra gloriosa y anacrónica de Aparicio Saravia, y comenzó a encenderse con las luces del futuro que son las de la innovación, la prosperidad y el mercado mundial.

La figura fundadora del Uruguay moderno “donde todos son Batllistas” fue José Batlle y Ordoñez, que impuso la hegemonía de los colorados en todo el siglo XX, con la ayuda invalorable, ciertamente, de los rémington del ejército de línea en la última y decisiva batalla de Masoller de 1904, que puso fin al ciclo de guerra civiles desatadas 70 años atrás.

Lo que viene ahora es converger la altísima productividad de las plantas papeleras-pasteras con la nula y burocrática capacidad productiva de la populosa Montevideo, a través de una política de descentralización y promoción de nuevas actividades y negocios en todos los centros urbanos del interior Oriental, todos ellos orientados hacia los principales mercados internacionales, principalmente los asiáticos.

En Uruguay la historia no es pasado, sino sentido de las cosas, desde el pasado hacia el futuro. Por eso la nueva planta de celulosa de Corrientes es una muestra de que los 2 países comienzan a fusionarse, como es su vocación profunda.