El prologuista mayor escribió en su momento: “El prólogo, si los astros son propicios, no debería ser una forma subalterna del brindis”. Hay, en este ensayo, un par de razones para recoger el guante que arroja Borges, pero en este caso sí brindar. La primera razón es la palabra “huella” en el título, “huella democrática”, tanto más sugerente que la rutinaria y determinista “transición democrática”, que para mi paladar los autores de este ensayo usan con excesiva frecuencia por el influjo de la ciencia política. La segunda razón es que el texto le hace honor a la palabra huella y a lo que para mí tiene de hallazgo, su conexión con el misterio. Robaré palabras de Carl Gustav Jung para ilustrar lo que quiero decir: “Cada huella guarda un secreto del que la razón no sabe nada”. Lo que mi razón profunda no sabe es cómo los pasos de ese batallón frágil e inexperto para las lides del gobierno que dejó sus huellas entre 1983 y 1989 –de eso trata el ensayo– terminaron siendo no polvo disperso, un capítulo menor y frustrado de la historia, sino esa roca institucional y ética que persiste tercamente en Argentina, pese a tantos desalientos y espantos.
Invito a leer este ensayo más que nada por eso. No se va a encontrar quien acepte el convite con novedades historiográficas. El lector sabrá el final desde la primera página. La prosa no contiene concesiones demagógicas. El ingenio magnético del ensayo reside en la tensión que genera el tránsito que describe, una tensión casi literaria, un tránsito hacia lo desconocido, contando la historia de seres humanos persiguiendo objetivos a priori imposibles. Mucho se ha escrito sobre esos años, pero nadie nos había transmitido con tanta nitidez que… ¡vaya…! El Quijote no estaba peleando contra molinos de viento, sino contra gigantes. Estoy seguro de que todos los que estuvimos en la Academia de Ciencias Políticas y Morales en la tarde lluviosa del último invierno en la que se les entregó a los autores el Premio al Mejor Ensayo de 2024, y escuchamos las palabras de Jesús Rodríguez, compartimos esa sensación de quedarnos sin aliento ante una historia que, sin embargo, conocíamos: cómo se construyó la democracia argentina desde la nada, pisando a cada minuto campo minado.
Pablo Gerchunoff. Foto: Andrés D'Elía
Eso, en efecto, transmite el ensayo, y lo hace de un modo persuasivo. Cada párrafo consolida la idea de que las dificultades son tan enormes que, finalmente, resultarán insalvables. Al comenzar el último capítulo se lee: “Los desafíos a los que se enfrentaba la democracia inaugural de 1983 eran múltiples y mayúsculos”. ¿Por qué tanta austeridad? Las palabras “múltiples y mayúsculos” terminan siendo de escaso calibre a la luz de los desafíos que se enfrentaron y que el ensayo expone con un estilo deliberado y por momentos implacablemente despojado. Enumero: había que subordinar a las Fuerzas Armadas que durante décadas se arrogaron el derecho a tutelar la vida política, social y cultural de los argentinos, había que terminar con la impunidad castigando a los responsables del terrorismo de Estado y a los jefes de las organizaciones terroristas, había que dotar de prestigio internacional a la república después de una guerra perdida contra una potencia global y de (casi) una guerra con un país limítrofe, había que acercarse a Brasil como proyecto económico y como proyecto de paz, había que estabilizar la economía y simultáneamente satisfacer las demandas de progreso y bienestar en medio de la más grande crisis de la deuda desde 1890, había que reducir el poder de las corporaciones empresarias y sindicales y valorizar a los partidos políticos, había que modernizar un Estado que se descubría arcaico, había que repensar el federalismo deforme. Y había que avanzar en todos esos frentes sin un acuerdo político con el principal partido de oposición y sin espacios de negociación –a diferencia de Uruguay, Brasil, Paraguay y Chile– entre las autoridades militares en retirada y las jóvenes autoridades democráticas.
El solo listado es sofocante. Y para acentuar esa sensación de asfixia, los autores nos anuncian bien temprano que no les van a brindar a los lectores el alivio superficial de nombrar a los protagonistas de la historia. El ensayo es puro músculo. Una arrojada estrategia discursiva. No aparece el nombre de Raúl Alfonsín, ni tampoco los nombres de los generales, los dirigentes políticos, los sindicalistas, los congresistas, los dignatarios extranjeros, los filósofos, los intelectuales (para Raúl Alfonsín y para estos últimos, solo hay una concesión en los acápites). Las almas más débiles implorarán, digamos, a la altura de la página veinte: “¡Por favor!, ¡nombrá a Alfonsín!”. Pero créanme que se trata de una estrategia sumamente eficaz. Los actores son los procesos (así como lo leen). Y entonces el ensayo nos encierra contra la pared fría y dura, esa pared que no tiene psicología ni retórica, que no tiene rostros, que elude la descarga emocional. Ahora comprenderán los lectores cuando les advertí que están frente a un ensayo especial. En La huella democrática no se ven los pies de quienes dejan la huella. Pero no se desalienten los protagonistas de carne y hueso. “Nuestras huellas sobre el mundo son la caligrafía de nuestra existencia”, dijo Albert Einstein. No sé si es suficiente alivio.
La huella democrática. Alejandro Garvie y Jesús Rodríguez. Eudeba
Naturalmente, si volvemos a la enumeración sofocante de los desafíos que enfrentó el primer gobierno democrático del Cono Sur, nos encontraremos, mirando a la distancia, con logros y frustraciones. ¿Qué otra cosa podía ocurrir? Pero creo que hay que saber ponderar. Lo central de la agenda de 1983 –la democracia constitucional funcionando sin interrupciones– está vivo, y no podemos sino celebrarlo. Pero como en toda sociedad vital, los ojos se posan sobre aquello que se mantiene como deuda, enceguecedoramente sobre la economía, y es así como finaliza este trabajo. El año de 1989 terminó con una hiperinflación que pareció opacar la huella democrática. El año de 2025 encuentra a los argentinos escuchando los ecos de aquella tempestad, como si casi nada hubiera ocurrido en el camino. Cito el último párrafo de los ensayistas: “Así, el naciente sistema democrático pudo sortear muchos obstáculos para poder comenzar una consolidación relativa, pero las restricciones del endeudamiento y de un sector público sobredemandado y sin recursos quedaron sin resolver porque no existe, todavía hoy, un consenso entre las fuerzas políticas sobre cuál es el patrón productivo sostenible que posibilite la realización individual y promueva el progreso social de los argentinos”.
No pocos de quienes compran libros repiten el antiguo y curioso ritual de guardarlos en la biblioteca sin siquiera abrirlos. Sobre todo para ellos, reitero, entonces, mi invitación a leer.
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