Cada época tiene su ficción de estabilidad. Antes de la pandemia, la presencialidad fue la norma en el trabajo. La rigidez no era tecnológica, sino estratégica: resultaba riesgoso ser el primero en cambiar.
Un shock externo hizo que en cuestión de meses, opciones virtuales disponibles desde hacía años se volvieran parte de nuestra rutina. Las tecnologías ya existían; lo nuevo fue el aumento del costo de no adoptarlas.
Hoy, frente a la guerra en Medio Oriente, otra ficción empieza a resquebrajarse: la de una economía global sostenida indefinidamente sobre energía barata, rutas seguras y cadenas de suministro optimizadas casi exclusivamente por costo.
De la eficiencia a la resiliencia
Durante décadas, el principio organizador del comercio fue la eficiencia que mantuvo un consumo intensivo dependiente de cadenas de suministro y proveedores altamente concentrados y especializados (semiconductores en Taiwán, tierras raras en China, gas ruso en Europa), todo con grandes costos ambientales.
El supuesto implícito de este ¨modelo Shein¨ fue un contexto geopolítico estable que garantizaba rutas abiertas y energía accesible. Ya durante la pandemia, el colapso de la logística marítima (con fletes que se multiplicaron por diez y puertos saturados) empezó a mostrar el costo real de las cadenas sobreoptimizadas. Ahí empezó la búsqueda de redundancia: safety stocks, nearshoring, múltiples proveedores.
La declinación de los Estados Unidos como el garante del orden mundial basado en reglas está dejando paso a una bipolaridad diferente de la clásica, una ¨bipolaridad compleja¨: una bipolaridad con interdependencia, una fragmentación en bloques con potencias intermedias activas.
El principio organizador del comercio mundial migra de una globalización optimizada por costo a una optimizada por resiliencia. El comercio pasa a ser más redundante, más regionalizado y más caro, priorizando disponibilidad sobre precio. La geopolítica deja de ser territorio de cancillerías para incorporarse a los Excels de las empresas: exposición a cuellos de botella, sanciones, primas de guerra en seguros y fragilidad logística. El modelo just-in-time cede ante el just-in-case.
Una generación que ya consume distinto
Este proceso ocurre en concomitancia con un recambio generacional que redefine la fisonomía económica desde abajo. Gen Z y millennials priorizan equilibrio, bienestar y propósito además del salario, y a la hora de gastar buscan experiencia e identidad. Junto con el reajuste de incentivos geopolíticos, esa selectividad de consumo puede volverse estructural: un factor tan decisivo como el precio del petróleo, con implicancias profundas para empresas y políticas públicas.
América Latina: ¿oportunidad o espectadora?
En este reordenamiento, América Latina, con recursos minerales, energéticos y una posición geográfica que conecta mercados, aparece en el mapa de quienes buscan diversificar. Argentina tiene Vaca Muerta y completa con Chile y Bolivia el triángulo del litio, clave para la transición energética. Guyana emerge como exportador petrolero con una velocidad sorprendente.
Brasil combina agroindustria, hidrocarburos offshore e industria manufacturera. Y la región ofrece puertos con acceso al Atlántico y al Pacífico, y una ubicación ideal para el nearshoring en un mundo que busca cadenas más confiables.
A esto se suma un ciclo político que viene produciendo gobiernos más pragmáticos y orientados a la apertura como Uruguay, Ecuador, Panamá, República Dominicana, Argentina. Un mundo que migra hacia socios predecibles necesita interlocutores con reglas claras. Incluso Venezuela transita una normalización cautelosa que, si se consolida, despeja uno de los principales focos de tensión del continente.
La región se beneficiaría de alineación pragmática entre Oriente y Occidente sin cruzar líneas rojas y de marcos regulatorios que atraigan capital y experiencia internacional. La ventana existe. Veremos si hay voluntad y velocidad suficientes para abrirla antes de que otros lo hagan primero.
Un mundo menos ingenuo
Nada de esto implica negar lo evidente: las guerras destruyen riqueza, generan sufrimiento y amplifican desigualdades. Los efectos son asimétricos y golpean más fuerte a quienes tienen menos margen de adaptación.
La guerra en Medio Oriente es parte del crujir de un mundo diferente. Uno más caro, probablemente, pero también más consciente de que la eficiencia sin resiliencia era, en el fondo, otra forma de fragilidad. Así como la pandemia no inventó la digitalización sino que la aceleró, la guerra no está creando de cero un nuevo modelo económico: está forzando la transición hacia uno que ya estaba en gestación.
Las ficciones se rompen. El conflicto en Medio Oriente expone con brutalidad y realismo político, que se eleva el costo de no cambiar. Lo que venga después para América Latina dependerá de qué estemos construyendo hoy sobre la lectura del mundo que viene.
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