A cuatro mil metros de altura, el frío corta la respiración. En una cueva del Himalaya, Alexandra David-Néel empapa unas telas en agua helada, se las ciñe al cuerpo y espera. Afuera, la montaña tritura huesos; adentro, ella busca arrancarle a su propia respiración una temperatura imposible.

Ha aprendido el tummo, la técnica tibetana de generar calor interno. La escena podría ser de una fábula mística o un experimento al borde del delirio. Pero allí ya se perfila toda David-Néel: una voluntad feroz, una curiosidad indócil, la decisión de hacer del cuerpo un campo de prueba.

Mucho antes de esa cueva, su vida ya se había tensado entre fuerzas opuestas. Nacida en Francia en1868 como Louise Eugénie Alexandrine Marie David, Alexandra David-Néel creció entre un padre republicano y una madre católica conservadora.

Desde joven leyó vidas de ascetas, practicó ayunos y mortificaciones, y a los quince años intentó huir hacia Inglaterra desde un puerto holandés: no era una travesura, sino una salida. Antes de los veinte ya había viajado sola por Inglaterra, Suiza y España; frecuentaba la órbita teosófica de Helena Blavatsky, se acercaba a círculos feministas y anarquistas, y estudiaba sánscrito y budismo.

También hubo otra vida antes de la exploradora célebre. Por consejo de su padre estudió en el Conservatorio Real de Bruselas y se formó como cantante: ganó un primer premio, adoptó el nombre artístico de Alexandra Myrial y fue soprano en la Ópera de Hanoi, en la Indochina francesa.

La futura viajera que dormiría en monasterios y cruzaría desiertos conoció primero los escenarios, los trajes, la disciplina minuciosa de una voz proyectada hacia la sala. No fue un desvío, sino un aprendizaje decisivo: allí adquirió algo que después desplegaría en Asia con una eficacia extraordinaria, la capacidad de encarnar un papel hasta volverlo verdad.

Alexandra David-Néel vivió hasta los 100 años.

Aventuras y desafíos

En 1904 se casó con Philippe Néel, ingeniero de los ferrocarriles tunecinos. La fórmula parece anunciar una vida burguesa; en su caso fue apenas una pausa. El matrimonio, hecho de respeto y turbulencias, convivió con una certeza de Alexandra: la domesticidad no bastaba.

Prometió volver de un viaje a la India en diecinueve meses y regresó catorce años después. La leyenda quiso ver en Philippe a un marido resignado; otras versiones recuerdan que ella tenía recursos propios y una voluntad entrenada para aceptar tutela. Entre ambos persistió un vínculo singular, hecho de distancia y afecto.

El giro decisivo empezó en 1911, cuando partió sola hacia la India. En Sikkim, entonces reino himalayo, se acercó a monasterios, trabó relación con el príncipe heredero Sidkeong Tulku Namgyal y recibió como guía al traductor Kazi Dawa Samdup.

En 1912 conoció al decimotercer Dalái Lama en Kalimpong, durante su exilio; él la bendijo, le aconsejó aprender tibetano y quedó intrigado por aquella francesa que decía ser, acaso con ironía, la única budista de París. Cerca de la frontera tibetana vivió en Lachen, donde estudió con Lachen Gom-chen Rinpoche, practicó yoga tibetano y recibió el nombre religioso de Yeshe Tome, “Lámpara de la Sabiduría”.

Hubo además una cadena de pérdidas y sobresaltos que la hizo todavía más fuerte. Sidkeong, con quien colaboró en proyectos de reforma religiosa, murió repentinamente en 1914; ella sospechó un envenenamiento.

Dos años más tarde entró sin permiso en el Tíbet y fue recibida por el Panchen Lama en Tashilhunpo, cerca de Shigatse. Él la honró con títulos religiosos; las autoridades británicas, molestas, decidieron deportarla por haber violado la prohibición de ingreso.

Como no podía volver a Europa en plena Primera Guerra Mundial, siguió viaje con el joven lama Aphur Yongden, a quien luego adoptaría. Pasó por Japón, Corea, China, Mongolia. Atravesó el Gobi. Vivió tres años en Kumbum, donde tradujo con Yongden la Prajnaparamita. Esa deriva asiática fue menos una aventura lineal que una obstinación geográfica: no dejarse devolver nunca del todo.

La falsa mendiga

Y entonces llegó Lhasa. En 1924, con cincuenta y cinco años, cuando la ciudad seguía vedada a los extranjeros, Alexandra y Yongden se disfrazaron de mendiga y monje.

Ella se ennegreció el rostro, ocultó bajo los harapos una brújula, una pistola y dinero para un eventual rescate, y entró mezclada entre peregrinos que acudían al festival de Monlam.

Permaneció allí dos meses, visitó los grandes monasterios, caminó por la ciudad santa, observó el Potala sin la devoción complaciente que Occidente esperaba de ella. No podía revelar quién era.

Según una versión, terminó siendo descubierta por un detalle insólito: una limpieza excesiva para el papel de vagabunda, porque iba a lavarse todas las mañanas al río. Para cuando las autoridades quisieron reaccionar, ya se había marchado.

Exhausta, sin dinero y en harapos, logró llegar a la India con ayuda británica y regresó a Europa convertida en celebridad. El viaje a Lhasa consolidó su fama y también sembró dudas: décadas después hubo quienes intentaron demostrar que nunca había entrado en la ciudad prohibida. La polémica, sin embargo, dice tanto sobre ella como sobre el escepticismo que despertaba una proeza femenina demasiado grande para resultar verosímil.

La escritora tomó entonces la posta de la exploradora. En Digne-les-Bains compró una casa a la que llamó Samten-Dzong, “fortaleza de la meditación”: acaso la primera ermita lamaísta de Francia.

Allí escribió algunos de sus libros más influyentes, entre ellos Magos y místicos del Tíbet, donde narró disciplinas mentales y experiencias espirituales que la crítica recibió con una mezcla de fascinación e incredulidad.

En esas páginas aparece la historia del tulpa, esa entidad mental que, según sostuvo, logró exteriorizar hasta volverla casi autónoma. No es fácil trazar la línea entre testimonio y alegoría; pero es precisamente en esa zona ambigua donde reside su potencia. En Alexandra David-Néel, el pensamiento nunca quiso ser contemplación inofensiva: siempre buscó volverse acto.

Cenizas en el Ganges

A los sesenta y nueve años, volvió a China. Cruzó Bruselas, Moscú y el Transiberiano; presenció la guerra sino-japonesa, el hambre, las epidemias; vivió de forma austera y se retiró años al Tíbet oriental. En 1941 murió Philippe Néel y la noticia la conmovió profundamente.

En 1946 regresó a Francia. Ya no era la viajera clandestina sino la anciana célebre de Digne, que siguió escribiendo, ordenando manuscritos y publicando textos tibetanos. En 1955 murió Yongden; ella quedó sola a los ochenta y siete años.

El reuma la obligó a caminar con muletas. “Camino sobre mis brazos”, decía. Aún así siguió trabajando hasta encontrar en Marie-Madeleine Peyronnet una secretaria y compañera que la asistiría durante los últimos años.

Al final, la vejez fue otra de sus expediciones. A los cien años pidió renovar el pasaporte, como si aún pudiera llegar una llamada desde el otro lado del mundo. Murió en 1969, poco antes de cumplir ciento uno. Sus cenizas, junto con las de Yongden, fueron guardadas para ser arrojadas al Ganges.

Persiste la imagen de esta mujer en la cueva: empapada, inmóvil, empeñada en arrancarle calor al aire glacial. Persisten también sus muchas vidas: la soprano, la anarquista, la budista, la impostora consumada que entró mendigando en la ciudad prohibida. Y queda, sobre todo, una forma de estar en el mundo: hay quienes viajan para conocerlo y hay quienes, como ella, que se llevan hasta el límite para no dejarse fijar jamás en ningún lugar.