Contra todo prejuicio y lugar común, Tokio es una ciudad nueva. La idea del milenarismo que los occidentales poco avisados le atribuimos siempre a lo oriental se desmiga apenas pisamos la capital de Japón, la urbe más poblada del mundo.
Es lógico: fue destruida durante la Segunda Guerra Mundial y reconstruida bajo la tutela norteamericana, por lo que casi 81 años después se muestra globalizada, un “no lugar” interminable que conserva sus rasgos particulares sólo en algunos templos, en la cartelería, en los códigos de convivencia y en la fisonomía de sus habitantes. Las avenidas son anchas y con edificios onda Manhattan. Entre ellas, una red de calles estrechas con veredas dibujadas en el piso.
El mundo entero está dentro de Tokio. Y eso la transforma en una caja de sorpresas. Una noche, sin ganas de probar el ramen ni insistir con el amigable tonkatsu (una milanesita de cerdo), decidimos ir a un restaurante italiano llamado Lu.cucina, ubicado en una callecita alejada del mundanal ruido, a 500 metros de Tokio Dome City (centro de entretenimiento que tiene shoppings, montañas rusas, patios de comidas y el estadio donde juegan los Giants, el equipo local de béisbol).
Era tarde para los estándares japoneses (nueve de la noche) y éramos muchos (cinco) para un local tan pequeño. Apenas siete butacas en la barra, una mesa para cuatro y otra para dos. Justo se liberaron cinco lugares en la barra, así que ni nos rechazaron ni tuvimos que esperar (algo muy común en Tokio cuando se sale sin reserva).
Del otro lado del mostrador, Masato Endo. Sólo él: para recoger los pedidos, cocinar, servir, recoger, lavar, cobrar y, como si fuera poco, gestionar una playlist excelente.
Acometió con nuestra comanda (dos tablas de quesos italianos, bruschettas, cinco platos de pastas diferentes) con precisión y energía. Era un hombre orquesta de sonrisa contagiosa que sabía muy bien cómo neutralizar la clásica impaciencia del comensal.
Masato Endo en su templo: Lu.cocina.
La coreografía de Masato sobre las ollas y sartenes parecía dictada por una fuerza superior. Verlo era un show que ya justificaba nuestra presencia allí. Y la llegada de los platos confirmó el acierto de nuestra decisión. Juro que jamás he comido pennes all'Arrabbiata más deliciosos. Cuando nos fuimos, salió a la puerta para despedirnos con una reverencia.
En nuestra última noche en Tokio, decidimos volver. Masato demostró nuevamente su maestría culinaria. Y pudimos saber algo de su historia con la ayuda de un comensal japonés de elegante traje a rayas (Hiro, dentista de Kaká, el ex crack del Milan), que tradujo en un cocoliche que mezclaba italiano e inglés.
Masato, oriundo de Saitama, fue ayudante de un chef hasta que decidió independizarse. Sólo viajó una vez a Italia y de luna de miel. El matrimonio no prosperó, pero sí su deseo de convertirse en un samurái de las pastas. Que lo es, solitario y sonriente, desde noviembre de 2024, cuando abrió su breve templo al que nunca se va una sola vez.
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