Estas semanas aparecieron amenazas de tiroteo en colegios de todo el país: de Capital, Tucumán, Córdoba, Mendoza, provincia de Buenos Aires. Mensajes en baños, grafitis, frases que circulan en redes y generan pánico en segundos.
La primera reacción suele ser la misma: policías en la puerta, clases suspendidas, comunicados institucionales. Todo necesario. Pero insuficiente.
Porque esto no empezó en una pared. Empezó en una pantalla.
Lo que estamos viendo es un fenómeno que conocemos bien quienes trabajamos en educación digital: cadenas de amenazas falsas, hoaxes, que se viralizan en TikTok, Instagram y WhatsApp. Alguien publica, otros replican, se vuelve tendencia. Los adolescentes las comparten, en muchos casos, sin dimensionar el impacto real de lo que están haciendo. Sin entender que difundir un mensaje así puede constituir un delito.
No es un juego. No es un reto inocente. Es intimidación pública.
Y la escuela tiene algo que decir al respecto, no desde el protocolo de seguridad, sino desde el aula.
¿Qué hacemos con esto pedagógicamente?
Primero: no minimizar ni catastrofizar. Hay que nombrar lo que pasó con claridad. Trabajar en clase la diferencia entre una broma, un rumor y una amenaza. Explicar qué es un hoax y por qué se viraliza. Preguntar: ¿por qué alguien haría esto? ¿Qué busca generar? ¿Qué pasa cuando lo comparto?
Segundo: abordar la responsabilidad en el uso de redes no como un sermón, sino como una conversación real. Los chicos tienen mucho más para decir sobre esto de lo que creemos.
Tercero: entender que la alfabetización digital crítica ya no es un plus en el curriculum. Es una prioridad. No como materia separada, sino como hilo transversal en la vida de una escuela.
Las familias también tienen un rol. Las autoridades educativas piden que las familias hablen con sus hijos. Eso está bien. Pero que esa conversación no sea “¿vos mandaste algo?”, sino “¿entendés por qué esto hace daño?”
El miedo que generaron estas amenazas es real, aunque las amenazas sean falsas. Y eso también es algo que vale la pena enseñar: que lo viral tiene consecuencias concretas en personas de carne y hueso. En la maestra que llegó nerviosa a dar clase. En el chico que no quiso ir a la escuela. En la familia que pasó la noche sin dormir.
La escuela no puede resolver sola lo que las redes amplifican. Pero sí puede ser el lugar donde aprendemos a leerlo, a entenderlo y a actuar con responsabilidad. Necesitamos aprender y enseñar ciudadanía digital. Hoy más que nunca, es urgente.
* El autor es especialista en Educación y Magíster en Política y Administración de la Educación
RB
Todavia no hay comentarios aprobados.