Puede que el concepto de revolución haya sido un concepto equivocado. Quizá uno de sus mayores errores resida en el hecho de estar intrínsecamente vinculado a ideas como evolución y progreso. La modernidad tuvo un devenir zigzagueante al respecto. Por un lado, nunca dejó de proyectar un destino de humanidad hacia el futuro. Por otro, nunca dejó de conducirnos siempre hacia algún abismo. Estas reflexiones sobrevienen tras cerrar el libro Revoluciones. Temblores de una historia inconclusa (Sudamericana), de Juan José Sebreli.

Fotografía de archivo fechada el 23 de abril de 2009 del escritor y filósofo argentino Juan José Sebreli en Ciudad de México (México). EFE/Mario Guzman/ARCHIVO

Contrastada con ideas más actuales –ecologías oscuras, pesimismo cósmico, carrera espacial, futuros diversos, tecnodiversidad–, la idea de revolución aparece hoy como opaca o tristemente desactualizada. La idea de que el diseño de una sociedad mejor produciría una mejor humanidad ya no es tan persuasiva. La constatación de que el progreso no genera mejores sociedades parece elocuente.

Revoluciones capitalistas

Para Sebreli habría tres revoluciones que instalan el modelo –su sintaxis interna– a todas las demás: la inglesa, la francesa y la rusa. La revolución sería una narrativa para sumar adeptos a una transformación que sus más entusiastas nunca llegan a conocer. Así, las revoluciones serían temblores de los Estados-nación en su camino hacia la modernidad económica.

Este razonamiento lo lleva a Sebreli a sostener que las únicas revoluciones que triunfan –en esos dos siglos que van de 1789 a 1989– son las burguesas. Incluso la revolución rusa es leída por él como tal; lo mismo la china, que a la luz de los hechos desemboca en un régimen capitalista.

De aquí surge la pregunta acerca de cuán disruptiva puede ser una revolución si el propio modelo de sus acontecimientos está calcado de otras precedentes. Concebido por Marcelo Gioffre a partir de clases dictadas entre 1996 y 1997, el libro póstumo de Sebreli conserva el halo de la caída del Muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética entre sus páginas.

Para Sebreli, “hay un enceguecimiento de la clase que va a ser liquidada que la conduce a su propia perdición”. Allí radica una de las paradojas de la revolución. Fiel a su estilo, introduce la idea de la revolución francesa como fundadora del happening, o precursora de esta concepción de la política como espectáculo.

No son pocas las páginas que dedica al fascismo para desembocar en otros acontecimientos revolucionarios: los movimientos de liberación sexual del siglo XX, que terminan con los fascismos mejor de lo que lo hacen las revoluciones clásicas.

De allí que quizá la revolución más importante sea, para él, la “revolución Coco Chanel”: por la invención del prêt-à-porter –el mismo traje para trabajar y luego asistir a un festín– y el little black dress como símbolo de la liberación de la mujer.

Una intimidad revolucionaria

La vida cotidiana es para Sebreli una coartada revolucionaria de la subjetividad, porque permite un ejercicio libre del pensamiento –y de los cuerpos– que ninguna revolución política consagra. La invención de la soledad, el culto a los adornos en la arquitectura o la aparición de la literatura sentimental son hechos revolucionarios: bolsones de privacidad en medio de las presiones colectivas.

El escritor y filósofo argentino Juan José Sebreli en su casa en 2024. Foto: Maxi Failla.

Siguiendo a Peter Sloterdijk, que define el presente como una sociedad de “paredes finas”, desprovista de privacidad, podría decirse que la nuestra es una de las épocas más contrarrevolucionarias de la historia. ¿Puede que estemos perdiendo, en la vida privada, algunas de las últimas conquistas que nos restan?

El libro es un manifiesto contra los totalitarismos y los puritanismos. Para Sebreli, la clausura de las libertades individuales es tan grave que cuasi-iguala a Stalin con Hitler, y a muchos dictadores con Mussolini; y, podríamos agregar, con ciertas tecnologías.

De allí que la revolución sexual firme el acta de defunción de los totalitarismos, aunque inaugure una nueva era de control biopolítico sobre los cuerpos. Tal vez la forma en que el poder bambolea a las subjetividades en la historia responda a la morosidad con que las sociedades asimilan los cambios. Las revoluciones intervienen allí como un corte de ansiedad, una expresión rotunda del cansancio ante narrativas fantasmagóricas en la sala de espera de la historia.

Fiel a su estilo provocador, en un momento del libro Sebreli hace un elogio de la esclavitud. Porque instituye un orden “superior” al del asesinato de los derrotados en las guerras. Algo similar encuentra en el orden feudal frente al esclavista.

Atildado escepticismo

Lo interesante es que ninguno de estos pasajes históricos sobrevino como resultado de revoluciones específicas. Así, Sebreli pasea su atildado escepticismo por diferentes rincones de la historia: de la revolución francesa a la República Española, de los movimientos antibelicistas en EE. UU. al Mayo del 68.

Podría pensarse en una motivación más personal –contra uno de sus grandes compañeros de juventud, Oscar Masotta– guiando también algunos de sus razonamientos. Se advierte eso en sus críticas menos argumentadas al happening, al arte conceptual o al psicoanálisis.

El escritor y filósofo argentino Juan José Sebreli. Archivo Clarín.

En un momento de su libro Sebreli señala que las revoluciones pudieron leudar en tiempos en los que las elites gobernantes se volvieron tontas y superficiales.

Dicho así, podría pensarse que este es un buen momento para las revoluciones. Pero no es este hoy un atributo exclusivo de gobernantes. La estupidez humana es hoy un rasgo que se está generalizando mucho. Eso más que nada es lo que al parecer terminó haciendo, de las revoluciones, una utopía.


Revoluciones. Temblores de una historia inconclusa, de Juan José Sebreli (Sudamericana).