La ciencia nos dice que el universo se formó hace unos 13.800 millones de años. El Big Bang —su desencadenante— dio origen así a una cantidad de galaxias igual de apabullante, las cuales están constantemente alejándose entre sí.

Pero llevó su tiempo llegar a tales afirmaciones. A lo largo de la historia, se consideró que el universo era estático. Recién en la década de 1920 Edwin Hubble dio cuenta de la expansión del mismo.

Este astrónomo estadounidense demostró que la galaxia en la que se encuentra la Tierra no es la única en el cosmos. Asimismo, con sus ecuaciones determinó que cuanto más lejos están las galaxias, más rápidamente se distancian entre sí.

La mujer “computadora” que fue más allá de la Vía Láctea

Es sabido que la galaxia conjunto de estrellas, planetas y nubes de gas y polvo unido por la gravedad— en la que nos encontramos se llama Vía Láctea. Tal denominación tiene su origen en la mitología griega con el derramamiento de leche del pecho de la diosa Hera.

Más allá de los mitos, la NASA relaciona ese nombre con la “tenue franja de luz lechosa” que se extiende por el cielo, vista de esa manera desde la Tierra.

La evolución espacio-temporal del universo. Foto: NASA

Clarificado el panorama, a la sombra del planeta verde estuvo una astrónoma llamada Henrietta Swan Leavit. Fallecida por un cáncer a los 53 años, dejó una herramienta inédita para estimar las distancias de las estrellas y las galaxias. De esta manera permitió la comprensión del tamaño y la evolución del universo.

El meticuloso trabajo en Harvard con placas provenientes de Perú

Nacida en 1868 en Massachusetts, Estados Unidos, Henrietta Swan Leavit empezó a trabajar en el Observatorio del Harvard College en 1893. Pero no como astrónoma —que era de lo que se había graduado—sino como “computadora humana”.

Leavitt era parte del grupo de mujeres que hacían cálculos. Foto: CfA/Harvard y Smithsonian

Lejos de los telescopios, estaba entre las mujeres contratadas para realizar cálculos matemáticos y análisis de datos astronómicos.

Fue con las placas fotográficas de las Nubes de Magallanes (galaxias enanas cercanas a la nuestra) con las que realizó su meticuloso análisis. El material, dicho sea de paso, provenía de Arequipa, la ciudad de Perú donde la universidad de la Ivy League tenía su propio observatorio.

El transformador descubrimiento de Leavit se basó en la relación entre el brillo aparente de algunas estrellas y la frecuencia con la que parpadean. Tal avance en la cartografía de distancias espaciales lo consiguió en 1912.

Una mujer en la sombra terrestre y en el brillo de las estrellas

Así y todo, la memoria de Henrietta Swan Leavit quedó relegada. "Es una de las figuras menos conocidas [...] su historia ha quedado en el olvido", según su biógrafo George Johnson.

Si bien un cráter de la Luna y un asteroide llevan su nombre, hoy día “sigue siendo relativamente desconocida”, incluso para “las nuevas generaciones de astrónomos”, señalan los investigadores Sebastian Stapelberg y Sara Konrad en un artículo publicado por la Universidad de Heidelberg.

La científica murió a los 53 años por un cáncer. Foto: Center for Astrophysics/Harvard

Tal ignorancia manifiesta impacta al ser que la investigación de Leavitt condujo a uno de los descubrimientos más importantes en astrofísica: el de Hubble.

La científica murió en 1921. Si bien un sueco quiso nominarla al Premio Nobel de Física, la propuesta se la hizo mediante una carta cuatro años después de su fallecimiento.

El descubrimiento de Leavit

Posterior a su deceso, Edwin Hubble usó la relación entre el período y la luminosidad de las estrellas variables cefeidas para sentenciar la expansión del universo.

Y las cefeidas fueron lo que estudió Leavit con detenimiento. Estas son conocidas por su carácter pulsante, es decir por tener cambios ligeros de tamaño (y consecuentemente de brillo).

La Vía Láctea es una de las tantísimas galaxias que existen en el universo. Foto: EFE/NASA/JPL-Caltech

A partir de ello notó una correlación entre su brillo y sus periodos de pulsación. Cuanto más brillante era la estrella, mayor era el intervalo entre dos máximos de brillo consecutivos.

Así se llegó a la ley de Leavitt que versa sobre la relación periodo-luminosidad de dichas estrellas.

A la vez, conociendo el brillo intrínseco de las mismas es posible determinar su distancia. ¿Cómo? A través de un método comparativo entre el brillo aparente (el período de pulsación) y el intrínseco (la luz que emite), al que luego se le aplica un principio matemático-geométrico (la ley cuadrática).