Lo que comenzó en 1924 como una apuesta a una de las razas más emblemáticas, hoy se consolida como un modelo productivo que, contra todo pronóstico, volvió a ponerse en el centro de la escena.

En el sudoeste bonaerense, en una zona donde la ganadería exige precisión y adaptación, el establecimiento El Campito logró convertirse en un caso singular: allí se encuentra hoy el rodeo Shorthorn más grande de la Argentina, construido a lo largo de generaciones y sostenido con una lógica productiva que priorizó la coherencia genética por sobre las modas.

“El emprendimiento familiar comienza en 1924, cuando nuestros abuelos compran el primer campo. En ese momento la raza Shorthorn era la más popular en la región y en la Argentina”, cuenta Héctor Montero, quien junto a su hermano Aníbal, están al frente del establecimiento donde recientemente el Instituto de Promoción de la Carne Vacuna Argentina (IPCVA) realizó la primera jornada a campo del año.

“Ellos arrancaron criando Shorthorn y siempre trabajaron con un rodeo bastante cerrado, sin hacer cruzas con otras razas”, agregó Héctor, un apasionado de la ganadería.

Así, el nombre del campo refleja su propia historia. “En 1940 mi padre compra un campo muy chico, de 200 hectáreas, y como era chico le pusieron ‘El Campito’”, recordó.

El Campito se basa principalmente en pasturas.

El establecimiento está ubicado en Bordenave, una zona donde producir es complejo por el ambiente. “Es una zona semiárida, con inviernos muy fríos, veranos calurosos, mucho viento, suelos poco profundos y lluvias de 500 a 600 milímetros. No hay casi pasturas naturales, todo hay que hacerlo”, describe Montero.

En ese contexto, la familia probó distintos caminos. Durante años combinó agricultura y ganadería, pero los resultados no acompañaron, sobre todo, en el negocio agrícola. Contó que hubo heladas, sequías, royas. "Fueron fracasos tras fracasos. Entonces nos volcamos de lleno a la ganadería, que se adapta mejor a la zona”, narró.

Esa decisión fue el punto de partida para consolidar el sistema actual, donde los cultivos cumplen un rol estratégico como fuente de alimento para el rodeo.

La decisión de no cambiar

Uno de los momentos clave en la historia de El Campito fue una decisión que, con el tiempo, se transformó en diferencial. “En los años 60 se buscó achicar los animales para que fueran más precoces. Después se comprobó que fue un error. Mi padre no se sumó a ese cambio”, señala Montero dando cuenta la sabia decisión en ese momento.

Por lo que esa elección permitió conservar un tipo de animal que décadas más tarde volvería a ser valorado por el sector ganadero. “Cuando fallece en 1996 heredamos un rodeo muy parejo y homogéneo”, sacó pecho Héctor.

EL rodeo es de 880 madres aproximandamente.

Y fue confirmado por profesionales externos. Recordó que un veterinario amigo destacó los animales que tenían. ‘Este rodeo no existe, es una joya. Cuidalo mucho’”.

A partir de esas palabras, el trabajo se enfocó en profundizar esa genética. Incluso con decisiones poco convencionales. “Un especialista nos recomendó usar un toro propio. ‘No importa que no tenga pedigree, es un torazo’, nos dijo”.

La base del sistema es una selección estricta. “Perdonamos muy poco: vaca vacía se va, con problemas de ubre también, mal carácter también. Eso nos permitió lograr un rodeo muy compacto y homogéneo”.

Ese proceso generó un excedente de calidad. “Nos sobraban hembras de reposición, entonces empezamos a elegir lo mejor de lo mejor. Así se terminó de armar el rodeo que tenemos hoy”.

Con el tiempo, ese capital genético impulsó la apertura de la cabaña. “Hace unos 10 años empezamos, porque para ir a exposiciones necesitábamos papeles”, señaló.

Y el debut fue auspicioso: en la primera exposición en Bahía Blanca obtuvieron el toro campeón, el lote campeón y el mejor toro de la categoría. Ahora, con este viento a favor, se preparan para competir en la Rural de Palermo por primera vez.

De un rodeo cerrado a un modelo de carne de calidad

Hoy, El Campito, con unas 3.000 hectáreas y alrededor de 880 madres, sostiene el rodeo Shorthorn más grande del país bajo un sistema mayormente pastoril. “Cuando el animal llega a 380 o 420 kilos lo encerramos con grano propio (cebada o avena) y picado (cebada o sorgo). No usamos balanceados”, explica Montero.

El objetivo no es solo el peso final, sino también la calidad. La firma busca una gordura moderada y que el animal desarrolle el marmoleo, que es lo que hoy demanda el mercado. "Vendimos animales de 600 kilos con datos de ecografía y logramos sobreprecios. Después, en faena, pagaron aún más porque superaron la calidad esperada”, describió.

Héctor Montero, en la jornada del IPCVA que se realizó en su propio establecimento.

Los indicadores productivos también respaldan el modelo que tienen en El Campito. “Tenemos un 93% de preñez promedio en los últimos años y el año pasado llegamos al 96%. Prácticamente no tenemos partos asistidos”.

La selección genética está directamente vinculada a esos resultados. “Las vacas que paren primero son las más fértiles, y sobre ese lote elegimos las reposiciones. La fertilidad se hereda”.

En paralelo, el establecimiento también explora cruzamientos. “Con Angus logramos entre 30 a 40 kilos más de peso, y ahora estamos probando con Murray Grey, y vemos que está dando resultados muy interesantes. Cuando los mandemos a faena, vamos a ver los resultados concretos”.

Sin embargo, la lógica de fondo no cambia. “El rodeo puro es nuestra base, nuestra fábrica. Después cada productor puede cruzar como quiera”.

Este año va a participar por primera vez en Palermo con sus reproductores.

Desde el punto de vista económico, la ecuación es clara. “Cuando vendés carne, la cruza te da 30 o 40 kilos más por novillo con la misma alimentación”.

La estructura también incluye un equipo técnico y continuidad familiar. “Mi hija, Verónica, que es veterinaria, ya está trabajando con nosotros. Además, hay otros veterinarios y asesor agronómico", enumeró. "Y además tengo un nieto cursando segundo año de Ingeniería Agronómica, junto a otros cuatro que asisten a la Escuela de Agricultura y Ganadería de Bahía Blanca. Así que, de alguna manera, el futuro está asegurado", agregó.

En ese recorrido, la raza también empieza a recuperar terreno. “El Shorthorn pasó de ser la más importante a casi desaparecer. Pero el tipo de animal que nosotros mantuvimos hoy es el que se busca”, concluyó Montero.