En Ramos Mejía, sobre la calle Cervantes, los vecinos miraban con curiosidad una antena de tres metros que descollaba sobre las casas de la zona. Su punto de origen era la estación del Capitán Beto, donde un grupo de 13 radioaficionados de AMSAT Argentina colaboraron con la NASA en la misión espacial Artemis II.
La misión Artemis II despegó hacia el espacio el 1° de abril con dirección a la luna dentro de la cápsula Orión, con cuatro astronautas dentro de ella persiguiendo un único objetivo: hacer un viaje de diez días alrededor del astro, al estilo de Julio Verne, después de 50 años sin viajar al espacio profundo.
La AMSAT (Radio Amateur Satellite Corporation) es una organización internacional conformada por asociaciones civiles sin fines de lucro, dedicada a diseñar, construir, lanzar y operar satélites para el uso de radioaficionados.
Javier Monteagudo,, Sergio Torcigliani, José Hilario de Sá, Juan Pablo Barrio y Jorge Katsicaris, frente a la estación Capitán Beto.
“Hace cuatro o cinco meses la NASA lanzó una convocatoria para monitorear y seguir la misión desde diferentes bases a lo largo del planeta –explica Javier Monteagudo, miembro del equipo de AMSAT– Fue dirigida principalmente a radioaficionados, universidades y organizaciones que se dedican a este tipo de cuestiones”.
El equipo argentino de AMSAT estuvo conformado por Javier Monteagudo, Alberto Thomae, Augusto Parra, Ignacio Mazzitelli, Dario Luis Castro Combes, Leonardo Marti, José Hilario de Sá, Javier Grosso, Alberto Gabriel Muner, Marcos Farias, José Luis Carabelli, Mariano Vieytes y Juan Carlos Luciani.
"Nunca estamos todos juntos. Ocho de nosotros venimos a la estación en tandas --explica Monteagudo-- Los cinco restantes nos ayudan desde afuera".
El cohete lunar Artemis II de la NASA despega desde la plataforma de lanzamiento 39-B del Centro Espacial Kennedy el miércoles 1 de abril de 2026 en Cabo Cañaveral, Florida. (Foto AP/Chris O’Meara)
A pesar de la rigidez de las condiciones, el equipo logró cumplir con todos los requisitos en un 80% aproximadamente: “A pesar de ser un equipo conformado por hobbistas del tópico, logramos entrar a colaborar con la NASA. Incluso, felicitaron a Augusto Parra por haber diseñado en tiempo récord el software de rastreo y recopilación de datos que necesitaban”, dice Monteagudo con orgullo mientras se le dibuja una sonrisa en el rostro.
Monteagudo trackeando la cápsula Orión desde la estación del Capitán Beto: una casa familiar.
Específicamente, la misión de los trece radioaficionados de la base Capitán Beto fue registrar el inicio y final de cada transmisión, y recibir y enviar datos encriptados transmitidos desde la cápsula a la NASA, siguiendo protocolos preestablecidos.
“Cada uno de nosotros tuvo un rol específico que cumplir. Algunos estuvimos en la base, otros no. Algunos se encargaron de la optimización de las señales, otros del armado de rotores y elevación de la parábola, del desarrollo del software de seguimiento, y de la comunicación con la NASA”.
Martí y de Sá acomodando la parábola durante el día.
La casa de Alberto Thomae o el “Capitán Beto” fue el plan B ante la imposibilidad de utilizar un ambiente con mejores condiciones: “El problema de hacerlo en un barrio residencial fue el piso de ruido que presenta. Cuando se encendían las luces de la calle o se activaba una señal de WIFI cercana, la señal de la misión se veía afectada”.
A nivel global, la base de trackeo del Capitán Beto fue una de las 37 de la misión alrededor del mundo, y la segunda en Argentina, junto con la del IAR (Instituto Argentino de Radioastronomía): “Muchas de las otras bases tenían un nivel tecnológico excelente al cual nosotros aspiramos. Algunas de ellas podían rastrear la cápsula a 470.000 kilómetros de distancia con una antena de 30 metros de altura; nosotros llegamos a 100.000 con una antena de 3 metros”.
La parábola tenía un tamaño de 3 metros y tenía un alcance de 100.000 kilómetros.
Por otro lado, la instalación de la estación dentro de la casa de familia fue un proceso tedioso en el que fue necesario recurrir al trabajo de herrero para diseñar el sostén de la antena, como así de electricista para realizar la instalación eléctrica conveniente para el trabajo: “Era muy gracioso ver como los vecinos miraban con curiosidad una parábola de tres metros sobre una casa. Se creó un folklore alrededor de la estación del Capitán Beto”.
“A pesar de todos los inconvenientes, logramos hacerlo y seguir con nuestra misión. Beto le dio la llave a Hilario y él nos abría la puerta de la casa junto con Fernanda, su esposa, quien nos ayudó y acompañó con café durante las largas noches de seguimiento. Fue como la mamá del grupo”.
La estación Capitán Beto desde la calle.
Sin embargo, la misión de los observadores de las estrellas conllevó el sacrificio de no poder estar con sus familias o dedicarse a sus trabajos regulares: “Los instrumentos tuvieron un costo económico, pero lo que más nos costó fue no poder estar con nuestros seres queridos o tener que suspender nuestros trabajos. Por ejemplo, yo no pude pasar tiempo con mi hija durante esos días”, dice Javier.
La misión terminó el viernes 10 de abril. Y a pesar de que no fueron los astronautas que salieron de la cápsula Orión luego de conocer el lado oscuro de la luna, los 13 radioaficionados argentinos y la estación del Capitán Beto pasaron a la historia de Ramos Mejía como uno de los 37 equipos terrenales de la misión Artemis II.
"Cuando terminó, hicimos lo que no cuando despegó la nave: abrir un buen wishky que trajo el Capitán Beto y brindar por la misión".
"Cuando terminó, hicimos lo que no cuando despegó la nave: abrir un buen wishky que trajo el Capitán Beto y brindar por la misión".
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