El doctor Imad Nassif, hepatólogo en Wichita (Kansas, EE. UU.), advirtió públicamente que está viendo un aumento de casos de enfermedad del hígado graso entre sus pacientes.

“Estamos observando más prevalencia, más incidentes y a edades más tempranas”, señala. Aunque esto no prueba por sí solo una “epidemia” local, funciona como señal: cuando los clínicos empiezan a notar un patrón repetido, suele reflejar cambios en hábitos cotidianos o factores de riesgo metabólicos de la población

Esta enfermedad consiste en la acumulación de grasa en el hígado. Lo preocupante es que muchas veces no provoca síntomas claros hasta que el daño ya avanzó, y una parte de los pacientes progresa a inflamación (esteatohepatitis), fibrosis, cirrosis o incluso necesidad de trasplante.

La buena noticia es que, detectado a tiempo, suele mejorar con cambios de estilo de vida sostenidos. La mala: no depende de un “remedio casero” único, sino de una suma de decisiones pequeñas: controlar peso, actividad física, alimentación, consumo de alcohol y sueño, entre otras.

Enfermedad del hígado graso: cómo prevenirla

En los últimos años, el campo médico comenzó a usar con más frecuencia el término MASLD (enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica) para remarcar el vínculo de la enfermedad del hígado graso con obesidad, resistencia a la insulina, diabetes tipo 2, dislipidemia e hipertensión.

La enfermedad del hígado graso se refiere a la acumulación de grasa en el hígado. Foto Pexels

Más allá de la observación del médico de Wichita, los grandes estudios, como este metaanálisis publicado en Hepatology, coinciden en que la prevalencia global de hígado graso se estima alrededor de un cuarto de la población y se asocia fuertemente a obesidad, diabetes y síndrome metabólico.

Esto ayuda a entender por qué muchos pacientes “sin síntomas” aparecen de pronto con enzimas elevadas o con grasa visible en una ecografía pedida por otro motivo.

Cómo prevenir (y, en algunos casos, revertir) con mejor evidencia

  • Bajar de peso si hay sobrepeso u obesidad. La evidencia más citada indica que perder peso mejora grasa, inflamación y, en algunos casos, fibrosis. En un estudio clave, quienes lograron ≥10% de pérdida de peso tuvieron las mayores tasas de resolución de esteatohepatitis y mejoría histológica.

  • Actividad física regular. No es solo “quemar calorías”: el ejercicio mejora sensibilidad a la insulina y puede reducir grasa hepática aun con cambios modestos de peso, por eso aparece como pilar en guías clínicas.

  • Patrón alimentario sostenido. Las guías europeas (EASL–EASD–EASO) recomiendan enfocarse en calidad: menos ultraprocesados y azúcares añadidos (especialmente bebidas azucaradas), más fibra, legumbres, verduras, grasas insaturadas y proteínas de calidad.

Cuanto menos alcohol se consuma, mejor para el hígado graso. Foto Shutterstock.

  • Alcohol: cuanto menos, mejor. Aunque el cuadro se llame “metabólico” o “no alcohólico” en algunos esquemas previos, el alcohol puede empeorar inflamación y progresión, por eso se aconseja evitarlo o reducirlo al mínimo, especialmente si ya hay grasa o fibrosis.

  • Control de diabetes, colesterol y presión. No es accesorio: el hígado graso es parte de un síndrome metabólico y el riesgo cardiovascular suele ser el gran enemigo de largo plazo.