Había una mujer en una pensión que no dormía, que gritaba y deambulaba con la mirada perdida. Los otros huéspedes no tardaron en llamar a la policía, ni los médicos en diagnosticarla como "loca".
Lo que nadie sabía era que toda esa escena había sido premeditada. Era Nellie Bly, una joven periodista había decidido llevar su trabajo al límite: fingir una enfermedad mental para que la encerraran y contar las atrocidades que ocurrían dentro una institución mental.
Antes de convertirse en un símbolo del periodismo de investigación, Elizabeth Jean Cochran, su nombre real, irrumpió en escena con una carta. Tenía 21 años cuando leyó un artículo que cuestionaba para qué servían las mujeres.
La periodista Nellie Bly decidió llevar su trabajo al límite. Foto: Archivo
Respondió aquella carta defendiendo el derecho al trabajo, la educación y la dignidad. Habló de mujeres pobres, de hambre, de desigualdad. De lo que implicaba vivir sin recursos ni reconocimiento.
Este artículo titulado The girl puzzle -el rompecabezas de la mujer-, impactó tanto al director del diario que la buscó para contratarla. Así comenzó su carrera periodística.
El artículo "El rompecabezas de la mujer" de Nelly Bly. Foto: kate-braithwaite.com.
Por más audaz que haya sido esa respuesta, el periodismo seguía siendo machista. La incorporaron en la sección femenina -moda, hogar, decoración-. Nada de eso le interesaba, buscaba escribir artículos trascendentales, especialmente para las que sufrían.
Esto era impulsado por su propia historia. Había crecido en una familia humilde, perdió a su padre a los seis años y tuvo que dejar la escuela a los quince para salir a trabajar.
Frustrada por la posición que le imponían, se fue a México como corresponsal. Denunció corrupción, represión a periodistas y explotación laboral. Al publicar esto, el gobierno la amenazó con arrestarla. Tuvo que volver a Estados Unidos.
Cuando llegó a Nueva York, comenzó a trabajar en el New York World, dirigido por Joseph Pulitzer. Ahí fue cuando le encargaron la desafío que cambiaría su vida.
La misión, con posibilidad de no retorno, que marcó la vida y carrera de Nellie Bly
Tenía la misión de infiltrarse a un hospital psiquiátrico. Había un plan bastante claro, hasta el final. No quedaba claro cómo iba a probar su cordura, es decir, cómo iba a poder salir. Cuando preguntaba cómo la iban a rescatar, la respuesta que obtenía era: "no lo sé, primero entra".
Así, se instaló en una pensión bajo la identidad de Nellie Brown, una inmigrante cubana. Comenzó a actuar. No dormía, desvariaba, gritaba. Lo hizo tan bien que cinco médicos la diagnosticaron como "demente" y un juez ordenó su internación.
Fue enviada al asilo de mujeres en Blackwell´s Island, una isla donde se concentraba todo lo indeseable: cárcel, hospitales, reformatorios, pobreza.
El lugar estaba desbordado:había 1.600 pacientes en un lugar diseñado para 1.000. Muchas tenían enfermedades mentales, otras no. Había inmigrantes que no hablaban el idioma, mujeres pobres y otras que, simplemente, no encajaban.
Apenas ingresó, le quitaron sus pertenencias. Entre ellas, su libreta y su pluma, herramientas fundamentales para la misión. Cuando preguntó por ellas, le dijeron que "deje de imaginar cosas". Estas prácticas de control eran habituales, al igual que la violencia.
Testimonios de la "tumba de los horrores vivientes"
Bly registró agresiones constantes como empujones, bofetadas, golpes y estrangulamientos. Mujeres encerradas en armarios y otras sumergidas en agua helada casi hasta ahogarse.
Una interna relató cómo fue golpeada con un palo de escoba, atada y asfixiada con una sábana. La hundieron en una bañera hasta perder el conocimiento. En otras ocasiones, le golpeaban la cabeza contra el suelo o le arrancaban el pelo.
El maltrato no era sólo físico, sino también psicológico. Algunas enfermeras provocaban a las pacientes para que reaccionen y poder castigarlas. Además de ridiculizarlas.
Fachada del asilo para mujeres de Blackwell. Foto: Archivo
Pasaba que una mujer mayor, desorientada y con frío, era empujada de un lado al otro mientras pedía una almohada. Otra era contradicha sobre su edad solo para sacarla de sí. Cuando lloraba, la golpeaban para que se callara.
Las condiciones materiales eran igual de brutales. Bly recuerda la comida en mal estado; había insectos en los alimentos y el pan era negro -como si estuviera podrido-. La comida del personal era todo lo opuesto, esa sí tenía un aspecto agradable.
Las internas, además, eran las encargadas del mantenimiento del lugar. Bly dice en su libro: "No son las enfermeras, las que mantienen la institución limpia para las pobres pacientes... sino que son las pacientes las que lo hacen todo incluso limpiar los dormitorios de las enfermeras y lavarles la ropa".
Bly memorizó los nombres, edad y casos de muchas de sus compañeras para poder redactarlos en el diario a fin de que sus familiares conocieran las condiciones en las que se encontraban y pudieran ayudarlas.
Una de estas mujeres fue Anne Neville, una camarera pobre que enfermó por agotamiento, cuando no pudo pagar por el tratamiento médico, la ingresaron en el asilo. Básicamente la internaron por ser pobre.
Otra mujer, le decía a Nellie que "prefería estar muerta", que "la muerte debía sentirse mejor que estar ahí".
Cuando Bly ingresó, optó por moverse y hablar como normalmente lo hacía, a ver si así le daban orgánicamente de alta. Para su sorpresa, cuanto más sensata actuaba, más loca la creían.
Bly describió aquel lugar como "la tumba de horrores vivientes" y relató: "es fácil entrar pero imposible salir". Ella logró salir porque el abogado del diario escribió una carta que hizo que le dieran de alta.
Al salir del manicomio, Nellie Bly escribió el libro "Diez días en un manicomio". Tuvo tanto éxito que produjo que se iniciara una investigación del caso y se dispusiera un presupuesto destinado a mejorar las condiciones y prácticas de estas instituciones.
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