En mis charlas con adolescentes suelo hacer el mismo chiste. En algún momento, digo "six seven" en relación a cualquier cosa. Es un gran comodín. El resultado es siempre el mismo: risas, muchas risas.
Entonces pregunto, con cara de inocente, "¿alguien me explica qué quiere decir six seven?". Más risas todavía. Algunos hacen el gesto, las manos en el aire, como si sostuvieran una pelota invisible. Nadie sabe explicarlo. Pero todos lo usan.
Ese pequeño experimento, repetido en distintos grupos, distintas edades, distintas escuelas, siempre termina igual: dos palabritas sin significado que todos reconocen y nadie puede traducir. Es, me parece, un símbolo y una radiografía perfecta de esta época.
Six seven, un código de época
Six seven se convirtió en una expresión difícil de definir, un código de época, un concepto que funciona justamente porque no termina de significar demasiado.
Six seven no remite a nada concreto. No hay un origen fijo, aunque circulan teorías: una canción, un video viral de un partido de básquet, un gesto que se replicó hasta el infinito en TikTok. Lo cierto es que hoy funciona como comodín total. Sirve para responder cualquier pregunta, para llenar cualquier silencio, para evadir cualquier exigencia de sentido.
Le preguntás a un adolescente cómo le fue en el día y la respuesta puede ser, perfectamente, six seven. Sirve para todo y, al mismo tiempo, para “un montón de nada”, al decir de Adrián Otero.
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Los especialistas en cultura digital lo llaman brainrot: contenido que se viraliza no por lo que dice sino por su repetición hipnótica, por el puro efecto de pertenecer al grupo que lo repite. No hace falta entenderlo, alcanza con usarlo. Y esto aplica a un montón de cosas.
Los que me conocen saben que tengo dos hijos, Nacho de 32 años y Santi de 25. Nacho es diseñador y amante de los memes. Cuando mi hijo sube memes a su cuenta de Instagram, sencillamente no los entiendo. Y si intenta explicármelos, peor aún: me siento un abuelo.
Los memes son una cuestión generacional y a los mayores de 40 nos cuestan mucho. Y six seven no es cualquier meme o código. Es propio de los menores de 18, diría yo: los chicos y chicas del colegio secundario.
La adolescencia, clínicamente, siempre fue un territorio de indefinición. Es parte de su trabajo psíquico: probarse identidades, ensayar lenguajes, no comprometerse todavía del todo con nada. Eso no es nuevo. Lo nuevo es el contexto en el que ensayan esa indefinición: un mundo de adultos que tampoco parece saber muy bien qué es, qué quiere ni cómo nombrarlo.
Miremos alrededor. Vínculos que se sostienen sin nombre porque ponerle nombre implica un compromiso que asusta. Trabajos que se eligen "por ahora", sin proyecto a largo plazo, porque el largo plazo dejó de ser una categoría creíble.
Adultos que cambian de opinión, de pareja, de rumbo, con una velocidad que hace veinte años hubiera sido motivo de extrañeza y hoy es apenas un dato más. La indefinición no es un problema adolescente: es el clima de época que ellos respiran desde que nacieron.
Los six seven son el resultado (y lo digo como primera hipótesis) de una generación de adultos que, para despegarse del “juro amar y respetar hasta que la muerte nos separe” (lo cual puede ser audaz en tiempos de expectativa de vida de 90 años), viraron hacia el “casi algo”.
En ese sentido, six seven no separa a los adolescentes de los adultos. Los iguala. Nosotros también hablamos en códigos que no dicen nada concreto: el "todo bien" que no explica nada, el emoji que reemplaza la frase, el "ya te aviso" que no compromete a nada, “dame 5”, “nos vemos” (¿cuándo?).
La diferencia es que ellos lo hicieron consciente, lo convirtieron en juego, en chiste compartido. Nosotros, en cambio, solemos negarlo, disfrazarlo de "practicidad" o de "adaptación a los tiempos que corren".
Del "me da paja" al no sé qué quiero
Hace algunos años escribí sobre la "generación medapaja".
La expresión intentaba nombrar algo que aparecía con frecuencia en adolescentes: una baja tolerancia al esfuerzo, a la espera, al aburrimiento y, sobre todo, a la frustración. Me da paja. No quiero. No tengo ganas. Es difícil. Es aburrido. Lo dejo.
Aquella generación parecía tener dificultades para atravesar el momento inevitable en que algo deja de ser divertido y empieza a requerir esfuerzo.
Hoy quizás el problema ya no sea solamente el “no quiero hacer esto porque me cuesta y me da paja”. Ahora aparece también el “no termino de elegir qué quiero”. Y ahí entra six seven.
La "generación medapaja" podía abandonar frente a la dificultad. La lógica six seven puede funcionar incluso antes: si no termino de elegir, no tengo que enfrentarme a las consecuencias de una elección.
Porque elegir es incómodo. El axioma de las elecciones incluye ganar algo y perder todo lo demás. Y, en la era de la dopamina permanente e inmediata, perder no está en la lista. Aparece el FOMO (miedo a quedar afuera). Si elijo una pareja, renuncio a otras posibilidades. Si elijo un trabajo, acepto que no todos los trabajos serán para mí. Y si elijo, además, puedo equivocarme.
La indefinición tiene una ventaja maravillosa: mientras no decido, no puedo equivocarme del todo. Vemos. Puede ser. Después te aviso. Por ahora no sé. Me gusta, pero...Estoy, pero no tanto. Tenemos una situationship” (¡esta es la mejor para mí!).
Nicolás Tagliafico dijo en un reportaje: “No son como los de antes, que había más disciplina, escuchaban y trabajaban. Hoy los chicos jóvenes están cada vez más… no vagos, pero sí estrellas, no tienen tanta disciplina. Es muy difícil manejar esa clase de jugadores”. Six seven.
Un poco de acá y algo de allá. Si hay esfuerzo, mejor que no. Una pena. Me duele como padre y como profesional de la salud mental.
Hay algo, además, que vale la pena pensar en el plano psíquico: ¿por qué un código vacío alivia tanto? Precisamente porque no compromete. No expone. No hay que sostenerlo después. En una época de sobreexposición constante —todo se muestra, todo se opina, todo queda registrado—, decir algo que no significa nada es, paradójicamente, una forma de resguardo. Un refugio frente a la exigencia de tener siempre una posición, una opinión, una definición sobre uno mismo.
Los adolescentes encontraron, sin buscarlo, una salida ingeniosa a esa presión: un lenguaje que los une entre ellos y que, al mismo tiempo, los vuelve ilegibles para los adultos. Porque además six seven cumple otra función, tal vez la más importante: separa. Marca una frontera clara entre quienes entienden el código y quienes quedan afuera. Y los que quedamos afuera, generalmente, somos nosotros.
Six seven va a pasar, como pasan todas las modas. Pero la indefinición que expresa no es un capricho generacional pasajero: es el reflejo de una época entera, la nuestra también, que todavía no encontró cómo nombrarse a sí misma.
Hijos de una época
Y acá es clave mirarnos nosotros. No estamos mostrando que el mundo adulto sea un territorio amable para ser habitado. Mostramos contradicciones, un mundo en guerra, crisis afectivas, de pareja y vocacionales.
Es lunes y queremos que sea viernes; es marzo y queremos diciembre. Y se nos va la vida.
Una estudiante en un congreso docente me interpeló: “Tengo miedo de terminar como todos ustedes”, dijo de pie y señalando al auditorio. Patada al pecho.
Estos chicos son hijos de una época que también viene teniendo dificultades para comprometerse. En los vínculos afectivos, en lo laboral, en los proyectos, en las decisiones. Hemos construido una cultura en la que cambiar de opción parece, muchas veces, más sencillo que sostenerla. “Tengo mis principios; si no les gustan, tengo otros”, parecemos decir a menudo.
No hay nada malo en cambiar. El problema aparece cuando la posibilidad de irse se convierte en una forma de no quedarse nunca. Cuando confundimos libertad con ausencia de compromiso. Cuando creemos que tener siempre otra opción disponible es necesariamente una ventaja.
Nuestros hijos no solamente escuchan lo que les decimos. Nos miran vivir. Y resulta difícil enseñarles el valor de sostener una elección si nosotros abandonamos todo aquello que deja de ser inmediatamente gratificante.
Hacia una reivindicación de la frustración
Hay algo que me preocupa especialmente: el umbral de frustración. La frustración no es una enfermedad. No es algo que tengamos que eliminar de la vida de nuestros hijos.
Es una experiencia inevitable y, bien acompañada, profundamente formativa. Un niño se frustra cuando algo no sale, no lo eligen, le clavan un visto o no le dan like; y un adulto, cuando queda afuera de una selección laboral, cuando las cosas en la pareja no van bien, cuando una decisión no da el resultado esperado.
El problema no es frustrarse, el problema es qué hacemos con eso.
Porque si cada vez que algo se vuelve incómodo buscamos inmediatamente otra opción, podemos construir una vida extraordinariamente llena de posibilidades y extraordinariamente pobre en profundidad. La dificultad deja de ser algo que atravesamos para convertirse en una señal de que tenemos que irnos.
Me da paja frente a la dificultad. Six seven como indefinición frente a la posibilidad de frustrarnos. Dos respuestas diferentes frente a un mismo problema: la dificultad para tolerar aquello que no podemos controlar.
¿Y si el problema no fueran las opciones? Nunca tuvimos tantas. Podemos conocer personas de cualquier lugar del mundo. Cambiar de trabajo. Estudiar distintas carreras. Viajar. Emprender. Reinventarnos. Eso es maravilloso.
El problema no es tener opciones, el problema es no aprender a elegir entre ellas. Porque elegir supone una pequeña muerte cotidiana: algo queda afuera. Y eso requiere tolerar una idea que nuestra época no suele vender demasiado bien. No podemos elegir sin renunciar. Y quizás crecer tenga bastante que ver con aprender a soportar esa renuncia.
Entonces, ¿qué podemos enseñarles? No a elegir siempre bien. Eso es imposible.
Podemos enseñarles a elegir y hacerse cargo. A equivocarse sin sentir que el mundo se termina. A sostener algo cuando aparece la primera dificultad. A distinguir entre una dificultad que hay que atravesar y una situación de la que verdaderamente hay que salir. A entender que pedir ayuda no es fracasar.
Y, sobre todo, podemos enseñarles algo que no se enseña con discursos: el valor del compromiso. Porque una vida sin frustraciones no existe. Una vida sin elecciones tampoco. Y mientras seguimos esperando tener todas las certezas para decidir, puede suceder algo bastante más serio que equivocarnos.
Y así son las cosas: hoy hablamos de six seven; hace unos años, de la "generación me da paja".
¿Apostamos y trabajamos para que haya una generación de la pasión, del compromiso, del disfrute, de la empatía? ¿Hacemos algo distinto para que pase algo diferente?
Elijo creer…
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