Siete islas volcánicas que emergen frente a la costa nordeste de Sicilia y ofrecen una experiencia inolvidable. Así podría definirse a las Eolias (o Eólicas), un archipiélago italiano en el mar Tirreno que recompensa a quienes emprenden la larga travesía para visitarlo con sus vinos, pastas y panes elaborados con granos antiguos, alcaparras con denominación de origen y propuestas que van desde senderos entre volcanes hasta resorts de lujo.

El nombre del archipiélago se remonta a los tiempos del antiguo dios griego del viento, Eolo. No es casualidad, ya que en estas islas, el viento es uno de los principales protagonistas en el día a día.

También los dioses y las criaturas monstruosas, primeros “amos” del territorio, están presentes en los nombres de cada una de las islas principales: Lípari -o Lipari, la más grande-, Vulcano, Salina, Estrómboli, Filicudi, Alicudi y Panarea.

Ese vínculo mitológico acaba de regresar a la pantalla grande con el estreno de La Odisea, la adaptación dirigida por Christopher Nolan y protagonizada por Matt Damon. Durante 2025, el cineasta convirtió los paisajes de Lípari, Vulcano y el islote Basiluzzo en escenarios del viaje de Ulises. En el relato de Homero, Eolo intenta ayudar al héroe a regresar a Ítaca entregándole un odre en el que había encerrado los vientos más violentos. Sin embargo, sus marineros lo abren creyendo que esconde un tesoro y desatan una tormenta que vuelve a empujarlos mar adentro.

Mitología y paisajes muy atractivos en el mar Tirreno. Foto Adobe Stock

Una escena que podría relacionarse con la actividad turística del destino. Es que en verano los turistas italianos eligen estas islas, pero cuando el calor amaina un poco, se transforman en el escenario de descanso de los extranjeros que vienen, sobre todo, del norte de Europa. Así lo cuenta Giulia, una operadora turística de origen cubano que organiza excursiones en el archipiélago. Enfatiza que las Eolias tienen para ofrecer mucho más que playas de aguas celestes, en otros momentos del año. Y lo confirma Daniela, una argentina de Santa Fe que trabaja en el hotel Mea de Lípari y asegura que en invierno “queda todo vacío”, por la ausencia de visitantes.

El ritmo del agua

Cuando uno visita las Eolias debe saber que los planes pueden cambiar de un momento a otro. Se puede tomar uno de los alíscafos de Liberty Lines -compañía de pequeños ferrys que realizan los viajes entre islas- para ir, por ejemplo, desde Lípari a Salina y quedarse en la nave más de una hora sin moverse, para luego retroceder (como le ocurrió a este periodista).

Es que el viento y el mare -como llaman los locales al mar movido- deciden de alguna manera quién puede circular. Las condiciones anticuadas de los puertos y los caprichos del clima, sumados al tamaño escueto de las embarcaciones, alientan a tener un plan alternativo.

Callecitas estrechas con la ropa colgando en los pueblos. Foto Adobe Stock

Sin embargo, son más que complicaciones de traslado. Se deja entrever en la voz compungida de una colombiana que trabaja en un negocio de venta de recuerdos en la calle principal de Lípari. Es que cuando se da el scirocco (o siroco), los vientos mediterráneos del sur o sureste, no hay nadie que pueda adentrarse en las aguas azules. Esto significa pérdida de conexiones con vuelos y trenes como también de turnos médicos y trámites, explica Pepe Paino, periodista y policía municipal en la isla más grande, que recibe a quienes no pudieron seguir el recorrido.

Recuperar la tradición

Antonello nos busca en su Fiat Panda azul. Está vestido con un traje del mismo color que su auto, aunque la ropa se ve más nueva que el vehículo. Asegura que “su autito” es la mejor manera de moverse en Lipari, a donde regresó hace más de 10 años para recuperar la producción de un grano antiguo que guardó su abuelo durante la guerra.

Es necesario adentrarse algunos kilómetros en la isla para llegar a la producción de la Azienda Agricola Mandarano, que ahora tiene más de 10 hectáreas. Todo nació del coraje del nonno Antonino, que arriesgó su vida para guardar 20 espigas de grano Margherito (o barbetone), como le decía el abuelo describiendo la “barba” que le cae a este tipo de trigo.

Casi 40 años después, y luego de iniciarse con la producción de alcaparras que tienen denominación de origen, Antonello decidió ver si el trigo todavía servía. La primera plantación dio sus frutos y comenzó un sueño que sigue creciendo.

Entre las espigas de margherito y maiorca nos espera Pietrina, la mamá de Antonello e hija de Antonino. Está vestida como una clásica señora del sur de Italia, con una remera de entre casa y un pañuelo celeste que oficia de bandana.

Antonello y su mamá. Foto Mattia Panza

Junto con su hijo ofrecen aperitivos itinerantes entre las plantaciones donde antes había solo piedras, y donde reciben a los turistas para contarles su historia.

Con la producción de la molienda de Mandarano se abastece a gran parte de las hosterías, trattorias y restaurantes de los hoteles de las Eolias. Tagliatelle, spaghetti, fussiloni y caserecce son algunos de los tipos de pasta que se elaboran en el pequeño laboratorio. También se obtiene la harina para preparar pizzas y dulces. Y cuando de trigo se habla, hay que mencionar la cerveza margheri, la última creación de estos productores, realizada también a partir de los antiguos granos.

Pasado, presente y futuro

Hace tiempo que las islas Eolias dejaron de producir uno de sus bienes más preciados: la piedra pómez, el mismo material con que está hecha, por ejemplo, la cúpula del Panteón, en Roma. Para tomar dimensión del asunto, el 20% de Lipari está formado por este material que, por la calidad del terreno, se producía en Italia y en Grecia. Pero el polvo que generaba la producción era muy nocivo para los trabajadores.

La movilidad de la gente está condicionada por el clima y el mar. Foto Adobe Stock

Las viejas fábricas, donde trabajaba la mayor parte de los habitantes de la isla, reflejan ese pasado. El abandono fue justo, al menos así lo piensa Maurizio Corrieri, hotelero de la zona que hace de guía. Así que en las islas le dijeron adiós a las excavaciones y, al mismo tiempo, se convirtieron en Patrimonio Mundial. Muchas familias quedaron sin trabajo y desde el 2000 muchos trabajadores de la piedra pómez desembarcaron en el turismo.

Ahora los pescadores también temen por su trabajo. Aunque la efusividad de Melo, apodado pesce fresco por su grito ensordecedor en el puerto, no deje adivinar la crisis del sector. Mientras, uno de sus colegas realiza una videollamada con el propietario de un restaurante local y le pregunta cómo quiere que le corte el pez espada que acaba de llegar a su carro.

Pero la realidad es que para los vendedores de pescado fresco la situación es crítica. Es que los delfines -que antes no estaban en la zona de las islas-, rompen sus redes y no les permiten realizar su tradicional pesca. Con bronca, comentan que nadie los ayuda y que son ellos quienes realizan una de las labores fundamentales para el desarrollo de la buena cocina local.

Para hablar de futuro en las islas es fundamental el testimonio de Gianfranco Rossi, director de la escuela secundaria de Lipari, que habla un español perfecto por su trabajo en Uruguay y Argentina. Asegura que más allá de los paisajes de las islas, es la calidad humana lo que las hace mágicas. Invita a las personas a animarse a recorrer el archipiélago al tiempo que forma a sus estudiantes con una mirada que supere las limitaciones que imponen factores como el clima.

Un paseo por Vulcano

Llegar a Vulcano desde Lipari, si el tiempo lo permite, lleva solo 10 minutos de lancha. Y el impacto al llegar no es solo visual sino también olfativo, porque el azufre se hace sentir y da la bienvenida, a los pies de un volcán que sigue activo.

Calles empedradas y con mucho encanto. Foto Adobe Stock

Entre sus callecitas se pueden disfrutar algunos de los productos típicos de la comida siciliana, como una granita con brioche -una especie de raspadura helada con una medialuna redonda-, comprar algunos imanes, postales o elementos decorativos de recuerdo.

El atractivo principal está en los barros con azufre para los que quieren rejuvenecer la piel. Como el grupo Gli amanti del trekking, más de 15 caminantes que desde el agua amarronada cantan una canción napolitana dedicada a Maradona cuando se enteran de la presencia de un periodista argentino. No es casualidad: entre ellos está Antonio, un napolitano que convence a su grupo de cantar.

En Vulcano, del barro se puede pasar directamente al lujo. Es que en el extremo norte de la isla se encuentra el Therasia Resort Sea & Spa, un hotel exclusivo de 5 estrellas que cuenta con unas vistas únicas de gran parte del archipiélago y varios reconocimientos internacionales. En su cocina se pueden degustar sabores con productos autóctonos, como los platos preparados con harina de Mandarano, acompañados con vinos locales.

Caminatas y bodegas

Las islas invitan a caminar para descubrir su geografía. Por eso no sorprende encontrarse con gente explorando los senderos montañosos. Aún cuando los visitantes hablan diferentes lenguas, se entienden con los locales, que los reciben con una alegría desbordante.

Y mientras algunos siguen su camino, otros hacen largas pausas en algunas de las bodegas locales. Como la Tenuta di Castellaro, en Lípari, fundada por una familia de Bérgamo que vio el potencial de la tierra para cultivar vides a 150 metros sobre el nivel del mar y aprovechar todas sus virtudes. Su propietario, Massimo Lentsch, cuenta que el día que llegó de vacaciones recorrió la isla en una moto pequeña para ver quién estaba interesado en venderle las tierras para poder empezar a producir vino.

Producción de vino en las islas. Foto Mattia Panza

Más de 25 años después, ofrece distintas variedades de dos vides típicas de estas islas: Corinto Nero y Malvasía. Con distintas estacionalidades, se pueden degustar al aire libre ante un panorama único, o en una cava que es una verdadera obra de arte.

La bodega se construyó debajo de la tierra sostenida por columnas, lo que permite mantener las temperaturas de fermentación y adentrarse literalmente en el corazón de la isla. Alimenta esta sensación de que en las islas uno viaja en el tiempo y con todos los sentidos.

Cómo llegar

  • Hay varias opciones para llegar a las islas Eolias. Una posibilidad es viajar en tren desde Roma hacia el puerto de Messina (seis horas de viaje) y allí embarcar hacia las islas: el pasaje cuesta desde 30 euros y el viaje dura casi 4 horas.

  • Otra alternativa es volar hasta las ciudades de Catania o Palermo y desde allí trasladarse hasta Milazzo, desde donde parten alíscafos que llegan directamente a Lipari (pasajes desde 19 euros).

  • En la temporada de verano también se puede viajar directamente desde Nápoles.

  • Por otro lado, los recorridos internos entre islas pueden hacerse con Liberty Lines (www.libertylines.it), la empresa que conecta los distintos puntos del archipiélago con ferrys y naves más pequeñas.

Dónde alojarse

  • Cada isla ofrece una gran variedad de alojamientos, que van desde Bed & Breakfast hasta hoteles de lujo. En la tarifa incide la categoría del hotel y también la temporada.

  • Hoteles en Lipari con terrazas y vistas espectaculares al mar: Aktea (entre 191 y 248 euros la noche en habitación doble, en septiembre), Mea, Carrasco, Gattopardo, Tritone.

  • En Vulcano está el Therasia Resort, un hotel 5 estrellas (desde 400 euros la noche en septiembre). Alternativas más económicas: Hotel Aura, Villa Saracina o Holiday Eolie Village.

Dónde comer

  • En Lipari se puede comer en Ristorante Filippino (IG @ristorantefilippino), uno de los más antiguos de la isla. Bajo la guía de Antonio Bernardi, cuarta generación de una familia de las Eolias, se puede saborear un antipasto de anchoas con perejil y limón que queda para siempre en el paladar. Y aventurarse a un helado con alcaparras cultivadas en la isla.

Anchoas en el restaurante Filippino. Foto Mattia Panza

  • La cena en el Hotel Aktea no puede faltar. Platos característicos de la cocina siciliana como el pez espada con tomatitos caramelizados o la “Chicche di mare”, una pasta preparada con berenjenas. Claro, todos servidos con vinos del territorio y un panorama exquisito para disfrutar (www.hotelaktea.com/en/).

  • Por 3,5 euros se puede saborear una auténtica granita siciliana en Pasticceria Subba, una de las más antiguas y tradicionales de la isla. Pistacho y café pueden ser una buena combinación. Para los más golosos se puede acompañar con un brioche, un especie de medialuna redonda donde se introduce la granita tradicional de Sicilia.

  • Dentro del Hotel Therasia se encuentra eI Tenerumi, un restaurante que comanda el joven chef Davide Guidara. Allí se abastecen de los granos antiguos de Antonello para hacer pastas y pizzas. Además, impulsan la cocina “Cook More Plants” resaltando los platos vegetarianos, donde la caponata siciliana es tan sabrosa que uno querrá retener el sabor de cada bocado.

  • En Vulcano hay que dejarse sorprender, como dicen que lo hizo la reina Isabel II cuando estuvo allí. Los sabores de Da Gaetano e Nunzia, el restaurante más antiguo de la isla, que sigue en manos de la misma familia, atraparon a la monarca inglesa y hoy continúan vigentes a través de las generaciones.

Dónde informarse

  • www.italia.it/es

  • visitsicily.info