La carta al padre de Lionel Messi fue un duelo abierto al mundo, y abrió compasión y comprensión ante el dolor así expuesto, ante la ausencia, ante la muerte, ante la orfandad parental.
Millones lloraron a un padre que no conocían porque en verdad y en simultáneo estaban llorando también al suyo.
En el nombre del padre.
Lionel y Jorge Messi. Foto: Instagram
Es un tema personal, pero también social, social-mundial.
Es un fenómeno peculiar, y es de época.
Ese duelo se publicó.
Se subió a una red, se midió en millones de reacciones, se replicó capilarmente, explotó.
El velorio dejó de ser un cuarto con sillas dolientes en derredor de un féretro presidiendo la reunión y se volvió en el acto un acontecimiento planetario a partir de una misiva.
Podría objetarse la exhibición, y sería injusto.
Lo que ocurre es que las pantallas y las redes convocan tantísimo, y frente a las pantallas y las redes se prosternaron los deudos globales.
Los Messi. Archivo
La intimidad se volvió liturgia planetaria, quizás efímera, porque así son los tiempos.
Messi aguarda, busca y quiere los mensajes de su padre que ya no llegan.
Es el complejo de Telémaco según la definición del psicoanalista italiano Massimo Recalcati: no mata al padre como Edipo, lo espera.
La espera es para siempre.
Y, desde luego, lo sigue esperando tras la muerte.
La espera se agudiza post mortem.
Lionel esperaba el mensaje del padre tras cada partido, y el mensaje llegaba puntual y austero.
Ya no llega, pero existe desde el recuerdo.
¿Dónde está el último mensaje que no le llegó a Lionel?
Se yergue en la esperanza de recibirlo.
Esperando a Godot, esperando al padre muerto.
Podría definirse la paternidad, desde el lugar del hijo, como aquello que se espera.
Lo que se espera del padre.
La ley, el amor, la presencia.
Pero todas las paternidades difieren.
Hay padres virtuosamente presentes, otros perversamente presentes y otros malignamente ausentes, y otros benevolentemente ausentes por circunstancias de la vida, ausentes- presentes.
Es complejo.
Hay padres amorosos, manipuladores, y hasta padres violentos.
Vivimos esperando al padre deseado, quizás siempre al padre idealizado.
El mensaje puntual es el de Messi, pero caló en el corazón de millones, porque es Messi, porque es el padre de Messi, porque alude al padre universal, al padre de cada uno, presente o incluso ausente, pero que ante la muerte obliga a repensarlo todo.
Messi jugaba una final del Mundial con su padre agonizando, y confesó después que las piernas no le daban más.
¿Cuándo agoniza el padre, qué hijo tiene piernas para correr, o incluso para caminar?
Las piernas de Messi no son piernas sino el dispositivo donde se despliega el genio.
No tenía piernas.
El cuerpo percibe la cercanía de la muerte antes que la conciencia y las piernas se paralizan.
Acontece una parálisis existencial, un paréntesis, un no saber cómo seguir.
La muerte y el juego que atrapó a miles de millones, y la obligación del genio, ante sus innumerables fans, pero sin el padre aguardando al final de cada partido para dejarle el siempre esperado mensaje.
En Rosario, y ante lo inminente, el padre de Messi, según contó su hijo, supuso que la Argentina había perdido la final por penales.
La enfermedad atrapa y desordena los hechos, pero por penales se juega la vida.
¿Quién sigue adelante y quién no? ¿Quién ordena la carambola para decidir que llegó la hora?
La vida es la mitad de la muerte y viceversa.
Pero está la memoria.
Ningún padre se ausenta de la memoria.
Aunque se trate de la memoria de su eventual ausencia.
El de Jorge Messi fue el caso inverso; omnipresente.
Y Lionel es el hijo pródigo.
El elegido, el ovacionado por miles de millones y en los cinco continentes.
Jorge Messi y su mujer Celia engendraron un hijo muy particular.
Cada hijo es muy particular.
Pero Lionel es particular-mundial.
Una especie de universal situado existencial y lingüísticamente en Rosario. Y aunado por un hilo mágico a la pelota.
Esa ligazón la fortaleció el padre; Jorge Messi.
Una pieza de hotel escueta en Barcelona, Lionel pequeño, el padre rescata su imagen.
La foto es historia.
Todo el brillo por delante.
Los sueños realizados.
El genio en su esplendor, y el padre constructor de toda la magia.
El chico que no podía crecer fue inmenso, es inmenso.
"No sé cómo seguir", confiesa Lionel en su carta.
Hay una ironía feroz en esa confesión, porque esas piernas existen gracias al padre. El chico de Rosario no crecía, le faltaba la hormona, y Jorge trabajaba desde el alba hasta la alta noche y peregrinaba por clubes y obras sociales buscando quién pagara el tratamiento.
Después llegó el Barcelona.
Messi contando ahora que no tenía piernas es decir que se le estaba yendo el que se las había dado.
Aun así, y hasta el instante final, siguió intentando enhebrar en el límite las jugadas de gol que esta vez sus compañeros no concretaron. El padre se iba, agonizaba el Mundial, y el segundo lugar no es victoria para Lionel.
Pero todo es aún más profundo.
Su llanto por el segundo puesto es el llanto por el padre que se desvanecía de la vida.
Las lágrimas de todos, porque la muerte aguarda y está invicta.
Un hijo es alguien que espera.
Un padre es alguien que contesta.
Cuando el padre deja de contestar, el hijo sigue escribiendo.
Eso fue la carta.
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