El domingo es el Día del Niño, los reyes del mundo, los que tienen prioridad siempre, a los que hay que cuidar y amar, los que son nuestro futuro.

Me encantan los chicos. Es más: hubiera tenido MIL hijos si no fuera que tuve dos y se muy bien el quilombo en el que te metés.

Ojo, me encantó, fue una época hermosa. Pero ahora que ya pasó estoy en condiciones de decir que hay cosas que sé, JAMÁS voy a extrañar... Aclaro que en esta catarsis de mamás que ya pasamos la etapa de tener hijos chiquitos, colaboraron mis seguidoras de Instagram.

Es tan larga la lista que no sé bien por dónde empezar. A ver...

Dalia Gutmann. Foto: Ariel Grinberg

Arranco por el temita de todas esas cosas de las que una tiene que proveerse en su propia casa cuando llega uno de estos mini ejemplares: cunita, cochecito (de paseo, paragüita), huevito, sillita de comer, de auto, y un sinfín de bártulos y juguetes varios, que después tenés que deshacerte de ellos porque invaden toda la casa.

-Tener que comprar ropa, y otra vez ropa, porque crecen los guachos y al poco tiempo hay que volver a comprar zapatillas porque quedaron chicas y quizás las usó dos veces y no le entran mas.

-Que se despierten cuando querés dormir. Que se meen mientras duermen.

-Tener que cambiar las sábanas a las dos de la mañana. El colchón en el balcón con olor a meo para que se ventile.

-La parte en que son inadaptados sociales y se tiran al piso a hacer berrinche en cualquier lado.

-Tener que armar mochilas, cartucheras, bolsos de campamento. Todo con nombre. Igual se pierde. Igual que la campera, que te salió un ojo de la cara y no aparece por ningún lado.

-Las viandas y toda esa vajilla de plástico para evitar desastres.

-Los cuatro ojos con los que tenés que estar todo el tiempo porque se caen y hay que perseguirlos por todos lados. Que alivio cuando pasa esa etapa en la que viven en peligro y dejás de estar TODOELTIEMPO con el corazón en la mano.

-Llenar formularios, tener la documentación vigente, leer cuadernos de comunicaciones que te piden cosas.

-La agenda toda entrecortada por este asunto de que cuando llega el chico al mundo, por más de una década no tiene movilidad propia y hay que pensar un plan para llevarlo y traerlo de cada una de las actividades que hace. Y clavarte ahí a esperarlo. Y cuando por alguna razón no podés oficiar de chofer hay que pensar plan b, c, d.


Además, estoy segura que no voy a extrañar nunca: pedir favores. Sobre todo a mi madre y a mi suegra que podían llegar a salir carísimos.

Tener que pedir para lograr hacer encajar tener una vida y que el chico esté al cuidado por un adulto, es toda una hazaña. Y si tuviste más de uno sabrás que ese tetris te saca humo de la cabeza durante años. Y no solo eso, además a donde quiera que vaya el pequeño, es importante que vaya vestido acorde, medianamente acicalado, y eso también depende del adulto porque ningún niño dice ¡Pará que no me lavé los dientes!

Y hablando de eso: Todo el tema dentista, pediatra, vacunas, sacar turnos, llegar puntual. ¡Qué difícil para mí llegar puntual!

Sigo.

-Los madrugones para ir al colegio. Para las que odiamos levantarnos temprano es un sacrificio que no podemos evitar, y nos damos cuenta del esfuerzo denodado que hicimos cuando podemos dejar de hacerlo.

-Que hagan la tarea, que aprueben, el boletín. Estudiar con ellos cosas aburridisimas y no poder blanquearles que son aburridisimas.

Y acá un punto clave de lo alivianador que es que los hijos crezcan: no tener que caretear. Es imposible con un hijo chiquito poder ser sincera todo el tiempo.

Cómo le decís “¡Que paja tener que pensar qué cocinar!”. Cuando son más grandes incluso les podés pedir que se preparen, que cocinen. También les podés hacer carpetazos retroactivos: “que fiaca cuando te tenía que organizar los cumpleañitos”.

Porque la cosa de a poco se va poniendo más horizontal, tu hijo se va dando cuenta de que sos una tipa y que le pasan cosas, la capa de superheroina ya te la sacó hace rato.

Incluso a lo mejor, ya le estás dando un poco de ternura porque entiende los esfuerzos que hacés por hacer las cosas bien. También terminó la etapa de la culpa permanente y que te dé cosa salir a boludear con amigas.

Ahora, tus hijos chochos si te vas unos días.

La lista de catarsis podría seguir.

Yo que estoy recién salida de esta etapa tan intensa, te lo puedo asegurar: tener chiquitos en casa no es para siempre. Mientras tanto disfrutálos todo lo que puedas, pasa, no te digo que rápido, pero pasa. Y si la pasan bien y se sienten contenidos, la van a pasar mucho mejor cuando ya no nos necesiten tanto.