Pocas semanas atrás tuve el honor de ser entrevistada en este mismo diario con motivo de un objeto personal precioso que hubiera arrastrado a través del tiempo. Cuando me convocaron me quedé en shock. ¿De qué podía hablar?

Con buen tino, mi marido sugirió que hablara de mis cuadernos. Un clisé del escritor: sus cuadernos de notas, impresiones, bocetos de obras, alguna fotografía, etc. A razón de dos por año, engrosados desde la pandemia, tengo mi buena pila de cuadernos.

Aquellos que llevan un diario íntimo -personas que admiro, sin lugar a duda- sabrán comprender el valor que tiene un cuaderno garrapateado en la noche, en pleno insomnio, o tal vez en alguna hora robada al día, con la emoción atragantada en la garganta.

Así es el cuaderno de turno para mí, como un ectoplasma de mis ideas.

Como además contiene el plan de alguna clase que voy a dar, y el despliegue en post-its de las novelas u obras de teatro que espero en un futuro no muy lejano, descerrajar de mi mente y escribir, lo llevo conmigo a todas partes.

Me invitaron a dar clases en Medellín, Colombia, y allí fui con mi cuaderno a cuadros verdes. En medio de una clase en la que hablé de estructura dramática, les enseñé cómo con etiquetas de colores, desparramo en la hoja aquello que tanto se afanó Aristóteles en enseñar en su Poética.

Hasta les mostré una fotografía vieja, en sepia, que me encontré en la calle Tacuarí un día que salía del gimnasio, y decidí que esa mamá y ese bebé con gorrita de hilo del retrato, eran la madre fallecida y el hijo sobreviviente de una Polonia de la guerra.

Al día siguiente, los alumnos cayeron a la clase con sus propios cuadernos, sus bocetos en carbonilla, y sus etiquetas. El último día, la mayoría ya tenía una escena escrita y yo era feliz.

Me despedí de ellos y el domingo 9 de agosto salí de Bogotá rumbo a la Argentina. Mi avión partía por la mañana, hacía escala en otra ciudad y después llegaba, sobre la madrugada, a Ezeiza.

Tuve una tentación mezquina, la aerolínea me envió un correo: si aceptaba cambiar mi vuelo por otro posterior, me darían 350 dólares. Me sentí muy inclinada a aceptar, pero después pensé que, si perdía la conexión, perdía más de lo que ganaba.

Regresé y mi marido me esperaba en el aeropuerto muerto de frío. Entusiasta, cuando llegamos a la casa, le di los regalos para él y descubrí, con horror, que había olvidado mi cuaderno verde en el cuarto de hotel.

Me abatió la pena. Pensé en la frase judía: ¡Que sea para kepará!, algo así como “se perdió o se sacrificó en prevención de algo peor que podía suceder”. No le encontré sentido y me fui a dormir, apenada.

Cuando desperté el horrible terremoto en Colombia había sucedido tres horas después de que yo pisara tierra argentina. Creáse o no, pensé, mi cuaderno verde fue una kepará.