Messi pide la pelota, abre los ojos, la pone abajo de la suela y se queda parado. Inmóvil. Sólo que esta vez, la cabeza que hilvana jugadas mientras el cuerpo las ejecuta y busca el hueco preciso para el remate en tiempo real, con un sentido del espacio-tiempo que dispara preguntas de la Física, no tiene más lugar disponible que para una ausencia.

La cabeza de Messi es ahora su papá.

El inicio de un duelo que elige compartir con el mundo por ser quien es, que conmueve a atentos y distraídos, pero que al mismo tiempo es un viaje relámpago de quienes lo leemos hacia nuestros propios duelos. Y a la infancia.

¿Quién lee el mensaje de Messi a su papá y no piensa en la partida del suyo?

Messi -ya universal- universaliza su duelo por aquello de Tolstoi: pinta tu aldea y pintarás el mundo.

En medio del dolor por la muerte, la ausencia que empieza hoy o cuando sea que nos toque, en la empatía infinita y circular acerca de lo que ayer sintieron nuestros padres por los suyos y mañana sentirán nuestros hijos por nosotros, Messi arma otra jugada perfecta.

Dice que quería un partido más en el Mundial para esperar el mensaje que al final nunca llegaba.

En octavos le hace un gol agónico a Egipto para empatar y terminar ganando sobre la hora, pero papá no aparece.

En cuartos, un centro para el gol de Mac Allister. Y nada.

En la semifinal, el centro de derecha a Lautaro Martínez para dar vuelta el partido contra los ingleses. Pero tampoco alcanza.

Hasta que, nos cuenta él ahora, las piernas no le dan más.

Llegar a la final para que venga papá, como buscan los chicos del potrero cuando el viejo labura y sólo puede aparecer en los partidos importantes.

Jugar hasta que venga papá es una ley del fútbol infantil.

Papá es muchas veces mamá, la abuela, el tío, las miradas de aprobación que los chicos buscan para afirmar la autoestima.

“Sufrías viéndome, aunque nunca me regalabas muchos elogios”, escribe Messi ahora. En su último y acaso mejor Mundial, el Messi de 39 juega con el de 9 adentro.

Vamos. Un partido más para mantener a papá con vida. Dale que ya llega.

Así está construída una de las escenas más conmovedoras de la historia del cine. "¡Despierta, campeón... despierta!", le grita el niño a su padre boxeador (Jon Voight), que ya no abrirá los ojos.

El sufrimiento nunca es oportuno. La muerte no es misericordiosa con los que se quedan.

La muerte de Jorge Messi no vale más que la de otro padre que está muriendo ahora mismo, esta noche, pero replica ese laberinto de espejos que es el fútbol donde, por carácter transitivo y emocional, los goles de los ídolos son nuestros goles.

Lo mismo con la música de nuestros músicos (los que adoptamos), los libros de nuestros escritores o las escenas inolvidables de nuestros artistas.

La puta que vale la pena estar vivo, grita Alterio en una playa patagónica para que lo gritemos todos después, alguna vez, aunque sea a solas y en voz baja.

El arte imita a la vida y la retrata.

Messi siente entonces que, para homenajear a su padre, debe criar a sus hijos como lo criaron a él.

Bella gratitud.

Al final, en la celebridad y el anonimato, en la comodidad y el sacrificio, en la carrera de la vida donde nadie te pregunta si ya estás listo para tomar la posta, siempre somos esas tres palabras tiradas como dados en un saludo por teléfono, en una mesa que huele a comida o a tabaco, en un juego tonto, en una carcajada que aún no sabemos que jamás vamos a olvidar o en un abrazo de refugio, de alivio o de gol.

La despedida simple del Messi niño en este Messi hombre, clavándola en el ángulo de los corazones palpitantes: Te amo, pa.