El estoicismo, una escuela filosófica que nació en la Antigua Grecia y que tuvo al emperador romano Marco Aurelio como uno de sus seguidores, mantiene su vigencia en una sociedad atravesada por el aceleramiento, el consumismo y la comparación permanente. Empresarios, deportistas, psicólogos y líderes de opinión encuentran estas ideas como fundamentales para desarrollar disciplina mental y resiliencia.
Las frases más conocidas de Marco Aurelio pertenecen a sus Meditaciones, un diario personal que escribió en griego, por entonces el idioma de la filosofía, entre los años 170 y 180 d. C., mientras dirigía campañas militares en la frontera norte del Imperio romano (el centro de Europa).
El mensaje es claro: no podemos controlar los acontecimientos externos, pero, en cambio, tenemos la capacidad de decidir cómo responder ante ellos. Una diferencia que constituye el núcleo del pensamiento estoico.
Entonces, para los estoicos gran parte del sufrimiento nace cuando intentamos dominar aquello que está fuera de nuestro alcance. El comportamiento de otras personas, una pérdida económica, una enfermedad o un cambio inesperado forman parte de una realidad que no siempre puede modificarse. Pero, la interpretación y la actitud con la que reaccionamos sí dependen de nosotros.
Por eso, cuando Marco Aurelio afirma "encontrarás la fuerza", no hace referencia a una fortaleza física, sino a una resistencia interior. La auténtica fuerza consiste en mantener la calma, actuar con prudencia y conservar la dignidad incluso cuando las circunstancias parecen adversas. Porque, desde la perspectiva estoica, la libertad no consiste en cambiar el mundo a voluntad, sino en impedir que gobiernen nuestras emociones.
Quién fue Marco Aurelio
Estatua de Marco Aurelio, diseñada por Miguel Ángel, en la Piazza del Campidoglio, Roma. Foto: Archivo.
Marco Aurelio nació en julio del año 121 d.C., en Roma. Adoptado por el emperador Antonino Pío, fue educado por los mejores maestros de su época. Estudió filosofía, siguiendo la corriente estoica, desde joven y la practicó con una coherencia poco habitual entre quienes detentan el poder.
Antonino Pío lo designó como su sucesor, siguiendo el deseo de Adriano. Al asumir el gobierno del Imperio en el año 161 d.C., heredó una estructura que debía sostener bajo presión constante: guerras en las fronteras, una peste devastadora que diezmó poblaciones enteras y conflictos internos que exigían decisiones de alto costo político y humano.
Durante esas décadas de gobierno, escribió para sí mismo las reflexiones que hoy se conocen como Meditaciones. Las páginas no estaban destinadas a ningún lector: eran recordatorios personales de los principios que él mismo corría el riesgo de olvidar cuando el poder y la urgencia apremiaban.
Murió en el año 180 d.C., probablemente en Vindobona (actual Viena) o en Sirmio, durante una campaña militar, y fue sucedido por su hijo, Cómodo. Con el tiempo, Marco Aurelio pasaría a la historia como el último de los llamados cinco buenos emperadores y como el ejemplo por excelencia del gobernante que intentó aplicar la filosofía a la vida y al ejercicio del poder.
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