Una duda en medio de un sencillo episodio cotidiano, como una respuesta a un ser querido que surgió natural ante la sencilla pregunta de qué quería para su próximo cumpleaños, derivó en una crisis introspectiva para un hombre que estaba cerca de los 40, quien de inmediato empezó a cuestionarse sobre muchas de las decisiones que había tomado hasta allí.

Apenas cinco palabras entre dos signos de pregunta, “¿qué quieres para tu cumpleaños?”, generaron una reacción en el hombre que ni siquiera él mismo pudo comprender en su repaso. Porque tomó las llaves del auto, le dijo a su mujer que debía salir para ir a comprar algo pero nunca salió de la casa: se encerró en el interior del vehículo intentando comprender por qué había respondido con otras cinco palabras.

“Nada, la verdad, estoy bien”.

Esas diez palabras, las cinco de ida y las cinco de vuelta, lo llevaron a reflexionar: "Tengo 37 años y mi esposa me preguntó qué quería para mi cumpleaños y le dije que no necesitaba nada, y luego me quedé sentado en el coche durante veinte minutos tratando de entender en qué momento querer algo se convirtió en mi cabeza en sinónimo de ser un problema"

Una presunta virtud y una crisis inesperada

Muchos, o por qué no la mayoría, pueden asimilar el “no necesito nada” como una respuesta teñida de humildad, un acto de sencillez de una persona madura que tiene plena conciencia de que el deseo desmedido es la raíz del sufrimiento -tal como lo predica el budismo- y que, por ende, decir “nada” es lo correcto.

Este hombre, un australiano de 37 años, surgió de una familia trabajadora que muchas veces tuvo que lidiar con carencias y arreglárselas con lo que había en casa. Desde esa matriz es que, según se convenció, puede haber salido una respuesta automática, emitida sin pensar, “como un reflejo cuando un médico te toca la rodilla”.

“Mis padres eran generosos y calculaban mentalmente sus compras en el supermercado. La lección que aprendí, entre la primaria y la adolescencia, no fue que desear algo estuviera prohibido. Era algo más sutil. Había que tener cuidado al expresar los deseos, porque alguien podría tener que hacer un esfuerzo para satisfacerlos, y ese esfuerzo les costaría algo invisible”, recordó.

Permaneció 20 minutos en su auto pensando sobre toda su vida. Foto: Freepik

Es por ello que se convirtió “en el hermano que decía que no le importaba: no le importaba qué cena, no le importaba qué camisa, no le importaba si el viaje no se realizaba este año, no le importaba, no le importaba, no le importaba”.

“Veinticinco años después, mi esposa me hace una pregunta tierna y sencilla, y el músculo aún se activa. No la hagas estirarse. No seas un problema”, aseveró justamente para puntualizar que, en su vida, las palabras ‘querer’ y ‘problema’ se habían convertido en sinónimos” en su cabeza.

Y se disparaban cinco escenarios proyectados como piezas de dominó que caían:

  • Querer era necesitar.
  • Necesitar era pedir.
  • Preguntar era imponer.
  • Imponer era ser una carga.
  • Ser una carga implicaba el riesgo de ser objeto de resentimiento.

“Así que la opción más limpia y segura fue truncar la cadena en el primer paso. No quiero. Entonces no tiene que pasar nada más. Este tipo de pensamiento, visto desde fuera, parece virtud. Es uno de los disfraces más eficaces que jamás haya ideado la auto-negación”, indicó.

Lo que el budismo le enseñó pero no podía aplicar

El budismo, filosofía sobre la que este hombre tiene profundos conocimientos, propende al minimalismo: menos consumo, menos esfuerzo, menos ostentación. Pero en ese momento se sintió atrapado por sus propias convicciones.

Es por ello que recordó lo expuesto en un ensayo de Tim Leberecht publicado en el portal Psychology Today: habla “sobre cómo reducir la comunicación a su esencia puede ser hermoso, pero también percibe algo más oscuro bajo esta tendencia: que muchos pueden refugiarse en la simplicidad porque la abundancia se ha vuelto insoportable”.

“Las investigaciones sugieren que las personas más cálidas y generosas son a veces las más solitarias, y la explicación no es que la amabilidad aleje a la gente, sino que una forma particular de ser amable lo hace de manera silenciosa. Leí eso y reconocí la estrategia. ‘No necesito nada’ es minimalismo comunicacional con un halo. Parece contención. En realidad es una barrera”, admitió.

El hombre, de 37 años, no supo cómo manejar una simple pregunta.

También ubicó su reacción en una cuestión de género. “Esto se manifiesta de una forma particular en los hombres de mi generación, y quiero tener cuidado de no afirmar que es algo exclusivo de los hombres, porque no lo es. Pero hay un matiz que se transmite específicamente a los chicos, y encaja perfectamente con todo lo que ya nos enseñan sobre no armar un escándalo”, profundizó.

Reflexionó además que “el temor a que la felicidad se desvanezca con la edad es uno de los hallazgos más repetidos en las ciencias sociales, y ahora parece ser en gran medida erróneo: datos recientes de 44 países muestran que el malestar disminuyó a medida que las personas envejecían, y no al revés”.

Cuando me niego a desear algo, no solo me protejo. Le niego la oportunidad de dar. Cada ‘estoy bien, de verdad’ es, por su parte, una pequeña puerta que se cierra. Ella está ahí, con afecto en sus manos, y yo le digo, amablemente, que no tengo dónde depositarlo”, refrendó.

El cambio que se permitió tener

Tantas vueltas dio alrededor de aquellas diez palabras, las cinco de ida y las cinco de regreso, que llegó a la conclusión, en esos 20 minutos dentro del auto, de que debía cambiar en orden de priorizar “la palabra querer”.

“Lo que he empezado a hacer es captar el reflejo. Cuando alguien me ofrece algo —un café, un cumplido, un favor, una pregunta sobre lo que quiero— intento añadir una pausa de medio segundo antes de la respuesta. El tiempo justo para preguntarme: ¿Esto es lo que realmente pienso, o es lo que aprendí a decir?”, se interpeló.

Por eso, concluyó: “Y la próxima vez que mi esposa me pregunte qué quiero para mi cumpleaños, me gustaría poder decir una sola cosa sincera en voz alta. No toda la lista. Solo una. Ya tengo suficiente trabajo para 38 años”.