La culpa la tuvo Adorni. O, más preciso, la responsabilidad de este semi fracaso, por llamarlo de alguna manera, recae en los que demoraron inútilmente la salida del ex jefe de Gabinete. Ya se sabe quiénes mantuvieron a Adorni en el Gobierno y lo convirtieron en un punching ball de la oposición. Fueron Milei y su hermana Karina. Como diría Perón: pagaron por el pito más de lo que el pito vale.

Por eso, quienes hoy se quejan de las dificultades objetivas que tiene el Gobierno, prefieren decirlo en voz casi inaudible por temor a represalias internas.

Esa es una parte de la verdad. En aquel momento, el Gobierno tenía los votos para aprobar la extranjerización de tierras, el manejo del fuego, y otros temas de menor envergadura pero de gran repercusión, como la Ley del Libro, que Sturzenegger metió mezclando todo.

Ilustración.

Pero estaba Adorni en juego y si se convocaba al Senado entonces, el jefe de Gabinete iba a ser interpelado y sometido a preguntas para las que no tenía respuestas. Salvo que hubiera decidido inmolarse admitiendo que había evadido y ocultado, aun bajo juramento, su enriquecimiento. Un espectáculo que golpearía aún más aquellas prácticas que Milei le había enrostrado a la casta, mientras que a sus espaldas (¿?) ocurrían estos enjuagues.

A la postergación de esas sesiones, a la espera de que los hermanos le mostraran finalmente la puerta a Adorni, le sucedió un súbito cambio de clima: el Mundial de fútbol levantó un sentimiento de orgullo nacional que hasta el propio Gobierno quiso utilizar con un polémico decreto penalizando a los extranjeros que hablen mal de la Argentina. Un galimatías oportunista, agitado por la guerrilla tuitera del oficialismo.

La contradicción fue tan flagrante que asombra: el “nacionalismo” declarado en un decreto por el mismo gobierno que auspiciaba la extranjerización de tierras.

Al canciller Quirno le preguntaron si un extranjero podía comprar inclusive un pueblo o una provincia entera. Su respuesta, la de un ministro de Relaciones Exteriores que debe estar atento a una cuestión llamada soberanía, fue: “Sí. Eso va a producir beneficios para la Argentina”.

Parece un chiste pero no lo es. Quirno debería salir entonces a buscar algún interesado en comprar las islas Malvinas, por ejemplo, siguiendo el ejemplo del empresario argentino Cao Saravia que en una época ofrecía adquirir la Falklands Company, que monopolizaba la economía de las islas.

Claro que las Malvinas están en manos de los ingleses; además, sus habitantes quieren la autodeterminación, y la explotación petrolera off shore está por comenzar con una compañía israelí, entre otras. Y el Gobierno argentino no quiere problemas con Londres.

El canciller, que compartió el palco militante en São Paulo mientras Milei insultaba a Lula, tuvo que calmar la inquietud de la Embajada británica por dichos de la vicepresidenta Villarruel, exégeta de la guerra en 1982.

Quirno tuvo que explicar que la vicepresidenta fue electa con Milei, pero que ahora es su enemiga íntima, y que el pensamiento del Presidente es inverso al que exhibe Villarruel. En síntesis, el Presidente tiene una posición y la vice otra sobre Malvinas. Pero que ambos quieren que sean argentinas, aunque si hubiera prosperado aquel capítulo que el Senado no trató, podría haber sido adquirida, según Quirno.

Este juego debe haber sido muy difícil de entender para los funcionarios del Foreign Office y para los inversores extranjeros. Tampoco es comprensible la explícita militancia antichina, exigida por la administración Trump, con la renovación del swap, el salvavidas que arrojó Beijing cuando todo se derrumbaba. Milei no pudo cumplir con el pedido de la Casa Blanca pero renovó su militancia y presencia en los países cuyos gobiernos están cambiando de signo.

Ese cambio de clima en la Argentina tampoco lo advirtió Sturzenegger, acostumbrado a despachar directamente con Milei. Y tuvo que resignarse a que su ley sea destripada para evitar una derrota que hubiera provocado más problemas internos.

La mesa política del Gobierno espera este martes escuchar del ministro, o de uno de sus delegados, cuáles son sus planes para evitar meterse de nuevo en un pantano. Se duda si el “Coloso” admitirá perder la autonomía o se allanará a rendirle cuentas a Karina Milei. Estará sopesando ese paso.

Hay otro fenómeno que algunos funcionarios perciben: el realineamiento peronista. Detrás de las feroces peleas intestinas, el peronismo y otras fuerzas menores han recuperado cierto grado de iniciativa. En el caso del Senado, en el bloque oficialista están seguros que Sergio Massa estuvo operando sobre algunos senadores para cambiar su voto.

Por el otro lado, hay límites políticos que en este nuevo clima son difíciles de sobrepasar, aun para aquellos gobernadores que han acompañado muchas de las iniciativas oficiales como el catamarqueño Jalil, el tucumano Jaldo y otros.

La crisis misionera también afectó a los “aliados” de Milei. El caudillo Rovira se está quedando sin legisladores y crece la figura del gobernador Passalacqua. Los “parricidios” en política son frecuentes.

Es también patente que el peronismo se une contra Milei, pero no se pone de acuerdo internamente. Hay errores producto de la enceguecida interna. Por ejemplo, la designación del “Cuervo” Larroque como delegado de Kicillof para negociar con caudillos del Interior. Es un acto de sectarismo, más producto de su enfrentamiento con Máximo Kirchner (se lo está mencionando como candidato a gobernador de Santa Cruz) y con Cristina, que una decisión racional para juntar a todo el “antimileísmo”.

Sin embargo, todavía no se sabe quién podría ser el candidato. Desde ya, descartan que Cristina, Massa o Axel, puedan efectivamente encabezar ese hipotético frente. Esto también quiere decir que el peronismo cree, como lo cree Milei, que no hay lugar para otra fuerza, como fabulan quienes sueñan que en las fragmentación puede aparecer un nicho que ocupen los radicales que todavía buscan revivir al partido, sectores peronistas y del PRO, en plena dispersión.

Otro efecto que quedó flotando fue sobre la validez de los acuerdos que consigue Diego Santilli con los gobernadores. Todos saben que la palabra final la tiene Karina o, en algunos casos, Lule Menem.

En poco tiempo, la novedad que introdujo el nuevo jefe de Gabinete comienza a desvanecerse, como se desvaneció la de Guillermo Francos hasta que tuvo que renunciar cuando se confrontó con la evidencia de que un gobierno no puede ser conducido por una consultora.