No se trata de llegar primero. Después de los 50, llegar a la meta -cualquiera sea- es una declaración de principios.
Laura Gordiola tiene 52 años, es atleta, masajista deportiva y entrena a más de 300 corredores. Viene de un invierno fuerte que la subió al podio en la Torrencial Valdivia (100K en Chile), una carrera que forma parte de la serie mundial UTMB que organiza las mejores ultra maratones del mundo. Ahí corrió durante 15 horas y 16 minutos.
Empezó el 2026 con el pie derecho. En marzo quedó segunda en la carrera Bariloche 100, donde corrió 100 km. Ahora sueña con correr por volcanes, aprender a escalar y volar en parapentes.
Pero su historia no empieza hoy. Empieza en Berazategui y sin zapatillas para correr. Ella sabe lo que significa lesionarse pero también empezar sin nada. E insistir cuando el cuerpo y la vida duelen.
La segunda mitad no es un epílogo
Laura Gordiola. Archivo
Durante años, el relato social fue claro: después de cierta edad, se desacelera. Se baja el ritmo. Se mira desde afuera.
La “keniata” (como la apodaron unos profes de Quilmes) piensa lo contrario.
“Después de los 50 uno aprende a escuchar más el cuerpo. Yo antes era más rígida con los planes. Hoy entiendo que el plan tiene que ser flexible, como un edificio antisísmico”.
Esa idea -flexibilidad- es clave en la nueva longevidad. No se trata de negar el paso del tiempo, sino de adaptarse: “Si dormiste mal, si trabajaste hasta tarde, si el cuerpo pide pausa, se ajusta. La disciplina no es castigo; es inteligencia”, explica Laura. Y agrega: “Generamos nuevas adaptaciones, encontramos distancias o formatos de carreras que nos van mejor. Nunca vamos a ser igual que antes -en todo aspecto- y eso es lo mágico”.
-Muchos de sus alumnos llegan con una pregunta silenciosa: “¿No será demasiado tarde para mí?”
-Nunca es tarde. La mayoría comienza corriendo 10 kilómetros. Después se preguntan si podrán con 21. Luego con 42. Al principio ven lo que hacen sus compañeros como inalcanzable y luego de un año o más de constancia y disciplina, ven que no están tan lejos.
-Quiere decir que lo primero que cambia no es el cuerpo, sino la cabeza...
-El cuerpo también cambia. A los 50, el VO₂ máx (la cantidad máxima de oxígeno que puede transportar y utilizar en un ejercicio intenso) baja alrededor de un 1% por año. La recuperación es más lenta. Aparece la sarcopenia, la pérdida natural de masa muscular. En mujeres, la menopausia modifica la recuperación y la densidad ósea. Pero no es toda la historia. El cuerpo está diseñado para adaptarse. Los músculos aprenden a usar mejor el oxígeno. Las mujeres, en distancias largas, pueden tener ventajas metabólicas: mejor uso de grasas como combustible y mayor resistencia a la fatiga sostenida. Es decir, después de los 50, el foco no es rendir más: es preservar y optimizar.
-¿Qué tiene la montaña que engancha tanto a los corredores seniors?
-Es 90% sufrimiento y 10% satisfacción. Pero volvés por ese 10%. Ese 10% es la sensación de atravesar el miedo. De no abandonar cuando uno podría hacerlo. De seguir hasta el próximo puesto de hidratación, que en la vida puede ser el próximo proyecto, el próximo viaje, el próximo desafío. Es la decisión de siempre dar un paso más.
La resiliencia no se entrena en la pista
Laura tuvo una infancia difícil en Berazategui. Nació cuando sus padres ya se habían separado. Creció con carencias afectivas y materiales. Pasó años moviéndose de casa en casa; vivió una pesadilla de la que primero escapó su hermana y luego ella la siguió. Correr fue su refugio. Su forma de encontrar estructura y cuidado.
Hoy no habla desde el rencor, sino desde la construcción. “Soy un cachito de cada aprendizaje de la vida”, dice. Y cuenta una anécdota sobre la primera vez que se presentó en el polideportivo de Quilmes en zapatos porque no tenía zapatillas.
-¿Cómo fue eso?
-Me fui caminando sola desde Berazategui por la vía hasta el polideportivo de Quilmes. Me acuerdo que no tenía zapatillas, no tenía nada. Entonces me fui con mis zapatos y remera de la secundaria. Me presenté y me dijeron, “¿No te vas a cambiar?”, “ya estoy cambiada”, les dije. Me tomaron una prueba de 3000 y la hice en 10’’30’’’, que es un tiempo bueno para la edad que tenía y 1000 en un tiempo de 3”30’’’. Ahí conocí a los profes de la pista de Quilmes y me enamoré del deporte, de la pista, de la sensación de libertad. Pero también de tener la aprobación, el cuidado o la mirada de un adulto que yo nunca había tenido.
Laura empezó a correr convencida por salir adelante y nunca más abandó el deporte.
Quizás, por eso, sus alumnos la siguen. Porque no predica desde la teoría.
Sabe lo que es empezar con lo puesto. Sabe lo que es criar sola a una hija. Sabe lo que es reconstruirse.
Y entiende que muchas personas mayores de 50 no están luchando contra un cronómetro, sino contra su propia historia.
La edad no es un límite
-¿Cómo te llevás con tus 52 años en la élite deportiva?
-Yo no siento que tengo la edad que tengo. Es anecdótico, aunque no niego los cambios fisiológicos. Los estudio, los respeto, los entreno. Pero no permito que se transformen en excusa. En mi grupo de atletas seniors todos comparten algo: la voluntad de ir por algo que parecía lejano. Al principio los nuevos miran a los más experimentados como inalcanzables. Después de un año de constancia descubren que ellos mismos son la inspiración de alguien más.
En su grupo de atletas seniors todos comparten algo: la voluntad de ir por aquello que parecía lejano.
- Entre su lista de consejos, apunta:
- Entrenar fuerza máxima, siempre (después de los 50 es obligatorio).
- Dormir y recuperar como parte del entrenamiento.
- Equilibrar disponibilidad energética e integridad estructural.
- Rodearse de personas con energía que contagie.
- No dejar que el reloj te corra: enfocarse en terminar.
- Tomar la meta como punto de partida, no de llegada
Hoy Laura vive en Pucón —la capital del turismo aventura chileno— donde entrena entre volcanes y coordina planes presenciales y a distancia para cientos de corredores.
Su próximo objetivo: el Endurance de The North Face en la precordillera de Santiago, el 17 de octubre.
En la segunda mitad de su vida, la “Keniata” no está cerrando nada. Está abriendo.
Como muchos de sus alumnos, que ya no se preguntan si están a tiempo, sino cuál es su próxima montaña.
Porque en esta etapa de la vida no corren para ganarle a nadie.
Corren para demostrarse que todavía están en movimiento.
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