El sistema de siembra directa ha evolucionado en los últimos años a la par del conocimiento científico y las nuevas tecnologías. Hoy sigue siendo una herramienta necesaria y efectiva para evitar la degradación de los suelos y hasta mejorarlos, generando a su vez, mayores ingresos para los productores.

Pero hacer siembra directa significa solo no laborear la tierra: requiere rotar cultivos, lograr balances nutricionales equilibrados, hace un uso racional de insumos, incluir cultivos de cobertura, mantener los suelos siempre verdes con raíces vivas y tener una mayor comprensión de la biología del suelo.

“Cuando dejamos de laborear y empezamos la siembra directa, había una expectativa de que se deterioraran menos los suelos y que acumularan carbono, ya que se dejaba de oxidarlos, y eso ocurrió parcialmente, porque la siembra directa es condición necesaria, pero no suficiente. También había que darle de comer permanentemente al suelo y por eso en los últimos años se habla de mantenerlo siempre verde, ya que precisa que estén creciendo plantas todo el tiempo, que le demos de comer arriba, pero sobre todo es muy importante darle de comer raíces”, explicó el ingeniero Guillermo Piñeiro, docente de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires e investigador del Conicet en diálogo con Clarín Rural, en el marco del 34° Congreso de Aapresid (Asociación Argentina de Productores en Siembre Directa) organizado con la fuerza de Expoagro en Rosario.

Gervasio Piñeiro, docente de la FAUBA e investigador del Conicet en el Congreso de Aapresid.

“Lo que estamos haciendo hoy en los campos es siembra directa más rotación de cultivos de invierno y verano, más el uso de cultivos de servicio, que se incorporaron hace varios años entre los de grano, porque hay que tratar de tener raíces, el suelo verde y vivo la mayor cantidad de tiempo posible, eso es parte de la evolución del sistema”, resumió Marcelo Torres, el presidente de Aapresid. De todas maneras, se debe comprender que no se trata de una receta única sino que cada esquema debe adaptarse a la región, a su clima y al tipo de suelo.

Marcelo Torres, presidente de Aapresid.

Aunque al principio fueron resistidos por temor al consumo de agua que podrían hacer en perjuicio del cultivo comercial posterior, hoy los cultivos de cobertura no se cuestionan. "Hay que sumar mucho conocimiento para saber qué especie elegir, cuándo interrumpirlos en cada zona, en cada clima, en cada año, para permitir que el agua se acumule y que se liberen algunos nutrientes, hace falta mucho más Agronomía, volver al manejo", expresó Torres.

Otro concepto relativamente nuevo en la evolución de la siembra directa es el de rizodeposición, es decir, el aporte de exudados de las plantas a nivel de las raíces que también nutren al suelo. “Las plantas tiran hacia afuera compuestos a medida que las raicillas exploran y se genera una zona alrededor de ellas que se denomina rizósfera, rica en exudados que son una buena comida para el suelo y brindan cantidades importantes de carbono”, detalló el ingeniero. Cuanto más tiempo haya raíces vivas exudando, más comida, más vida y más salud tendrá el suelo. Esto, por caso, era lo que ocurría en los sistemas mixtos con pasturas, predominantes hace unas décadas atrás en la mayor parte de la región productiva argentina.

Por supuesto que un sistema de siembra directa debe contemplar también el balance de nutrientes, de nitrógeno, de fósforo, de potasio, los cuales se extraen del suelo en grandes cantidades en la agricultura. “Si extraemos mucho nitrógeno y no reponemos, el suelo pierde materia orgánica, y lo mismo pasa con el resto de los elementos”, señaló Piñeiro.

Uno de los temas de conversación de los últimos tiempos en relación con la siembra directa es también la biología de suelos y la sustitución de insumos químicos por bioinsumos. En ese sentido, se han empezado a entender y medir más las propiedades biológicas del suelo, su actividad, indicadores como la cantidad de bacterias o de hongos, la relación (cociente) entre ellos y las enzimas que intervienen en el ciclo de los nutrientes volviéndolos disponibles para las plantas. “Un suelo puede tener un buen stock de carbono pero hay que ver qué pasa con su reciclado, con su dinamismo, ya que una cosa son las cantidades y otra cosa son los flujos”, indicó el investigador del Conicet.

Empezar a entender en profundidad la vida del suelo es clave para comprender si las prácticas agrícolas lo están favoreciendo o no, y a partir de allí hacer intervenciones de manejo que la favorezcan.

Como parte de la evolución del sistema siembra directa, se ha comenzado a incorporar, además, el llamado mutualismo. “Antes la Agronomía se basaba más en eliminar la competencia – malezas, patógenos, insectos- y ahora se está empezando a basar más en el mutualismo o cooperación entre individuos, especies u organismos. Entonces, vos podés poner bichitos en el suelo que ayuden a tu planta, que la protejan, que la defiendan, que hagan que genere más raíces, que fijen nitrógeno”, explicó el docente de la FAUBA.

Sin dudas se habla de sistemas más diversos y, por eso mismo, más complejos. "Los sistemas simples, con poca biodiversidad, generalmente son muy sujetos a estrés, son más inestables, no son resilientes, en cambio, un sistema más biodiverso tiene sus propios mecanismos de regulación", dijo Piñeiro. Aquí, la domótica, la robótica y todas las nuevas tecnologías juegan y jugarán un papel importante, siendo herramientas de gran ayuda para que estos sistemas más complejos tengan un manejo más sencillo para el productor.

La siembra directa en Brasil

Brasil lleva 53 años experimentando en siembra directa (SD). Comenzó en 1972 con 200 hectáreas y, según las últimas estadísticas de 2025, actualmente tiene 45,8 millones en una superficie total de cultivos anuales de 70.1 millones de hectáreas. En ese medio siglo, en los campos donde se implementó, se logró una reducción de las pérdidas de suelo por erosión de 21 billones de toneladas, equivalente a 8,4 millones de hectáreas preservados.

No obstante, según contó el investigador João Carlos de Moraes Sá, profesor asociado del Departamento de Ciencia del Suelo y de Ingeniería Agrícola en la Universidad Estadual de Ponta Grossa (UEPG) en Brasil, de los 45,8 millones de hectáreas solo en 6,4 se adoptó el sistema integral de siembra directa, con los tres grandes principios que lo componen, es decir: ausencia de labranza, mantenimiento del suelo cubierto permanentemente y diversificación de cultivos. La mayor parte de los productores se contenta con evitar la remoción de suelo y dejar los rastrojos en superficie, por eso, el desafío de la hora es que muchos más agricultores brasileros realicen el sistema completo.

João Carlos de Moraes Sá.

En Brasil, el proceso para llegar a la siembra directa comenzó con el desmonte de bosques, luego, sobre esos suelos se hizo labranza por un tiempo y posteriormente se adoptó el sistema de SD. La labranza provocó una pérdida histórica de suelo de 38 por ciento en el bioma Cerrados y del 45 por ciento en el bioma Bosque Atlántico.

De acuerdo con un estudio liderado por Moraes Sá en 63 fincas en esos biomas (26 en Cerrado y 37 en Bosque Atlántico) donde se analizaron muestras de suelo desde 0 hasta 100 centímetros de profundidad, en tres tipos de uso, el natural o bosque, el sistema de siembra directa y la labranza frecuente, se pudo determinar que en 16 sitios, el sistema SD arrojó un valor de carbono superior al del bosque. Además, “aplicando todos los principios del sistema en todos los ambientes se logró una restauración de los suelos, una recuperación de las emisiones netas cero de carbono y emisiones negativas, esto muestra que el sistema de siembra directa es una herramienta efectiva para recuperar el activo que fue perdido”, destacó el experto en diálogo con Clarín Rural en el Congreso de Aapresid.

Otro punto relevante de la investigación fue el cálculo de la compensación de tierra en base al stock de carbono encontrado en el bosque, es decir, cuántas hectáreas en siembra directa se necesitan para mantener el bosque de pie, determinándose que con 0,88 a 1.01 hectáreas expandidas en siembra directa se preserva el mismo área.

Por otra parte, al comparar el sistema integral de SD con un esquema sin labranza pero sin diversificación, solo con rotación clásica de soja y maíz, se observó que el primero presentó una rentabilidad 44 por ciento superior al segundo.

“Esto demuestra que podemos producir alimento en armonía con la naturaleza sin desmontar una hectárea, que este tipo de agricultura que hacemos no solamente nos permite ganar plata sino también preservar el ambiente para la generación futura y esto es un nuevo gran legado de la siembra directa para la sociedad”.

El desafío, dijo Moraes Sá, es “convencer a los productores que quieren ganar plata para que hagan la inversión en el sistema de siembra directa, que inviertan en carbono y en diversificación para tener un sistema más resiliente, un suelo con mejor salud, más productivo y más rentable”.

En la actualidad, en Brasil hay un gran debate acerca de cómo monetizar esa mejora de los suelos obtenida a través de bonos de carbono, ya que el sistema no está implementado ni reglamentado para la agricultura.