A los 84 años, Carol Ruckdeschel mantiene una rutina que pocos aceptarían. Cada semana recorre las playas de la isla Cumberland, frente a la costa de Georgia, con un cuaderno de campo en la mano. Allí registra aves, moluscos, cangrejos, plantas y cualquier otro rastro que encuentre en uno de los ecosistemas costeros mejor conservados del país. Esa tarea, que realiza desde hace más de medio siglo, le valió el apodo de "la mujer más salvaje de Estados Unidos".
La naturalista llegó por primera vez a Cumberland en 1960, cuando tenía 28 años y trabajaba como investigadora de biología en la Universidad Estatal de Georgia. El silencio de sus bosques y la posibilidad de recorrer la naturaleza sin interrupciones marcaron su vida. En 1973 dejó Atlanta y se instaló de forma permanente en la isla, donde aún vive.
Desde entonces, casi toda su existencia transcurrió en ese territorio protegido de más de 36.000 acres, considerado una de las islas barrera con mayor biodiversidad del Atlántico. Allí casi no circulan vehículos, no existen carreteras asfaltadas, supermercados ni estaciones de servicio. Los visitantes deben llevar todo lo necesario y el acceso está limitado a un máximo de 300 personas por día para reducir el impacto ambiental.
Ruckdeschel eligió una vida casi completamente autosuficiente. Según informó la BBC, en 1978 compró una antigua cabaña de madera construida por afroamericanos emancipados durante el siglo XIX. La vivienda estaba en ruinas, pero la reconstruyó con madera arrastrada por el mar y otros materiales que encontró en la isla. Recolecta agua de lluvia para abastecer su casa, obtiene agua de un pozo, utiliza leña para cocinar y calefaccionar, y cultiva gran parte de sus alimentos en un huerto que desarrolló durante años.
Su trabajo científico también dejó una huella profunda. Mientras participaba en censos de tortugas marinas para el Servicio de Parques Nacionales, comenzó a encontrar numerosos ejemplares muertos en la playa. Después de practicar miles de necropsias, determinó que muchas morían ahogadas en redes de barcos camaroneros. Sus investigaciones aportaron evidencia que impulsó cambios en la legislación y en el diseño de esas redes para reducir la mortalidad de las tortugas, según informó la BBC.
Carol Ruckdeschel se mudó a la isla cuando tenía 28 años. Foto: fernandinaobserver.org.
A lo largo de décadas reunió una de las mayores colecciones de cráneos, caparazones y restos óseos de tortugas marinas del mundo. Conservó ese material en el Museo de la Isla Cumberland, construido junto a su casa, hasta que el año pasado lo transfirió al Servicio de Parques Nacionales para garantizar su preservación.
Su compromiso nunca se limitó a la investigación
Ruckdeschel se convirtió en una de las principales voces contra cualquier proyecto que pudiera alterar el equilibrio natural de Cumberland, según informó la BBC. En distintas etapas enfrentó propuestas para ampliar recorridos turísticos, intercambiar tierras para nuevas construcciones e incluso un proyecto de puerto espacial comercial en las cercanías de la isla.
También impulsó la declaración del extremo norte de Cumberland como zona silvestre federal en la década de 1980. En cambio, no logró convencer a las autoridades sobre la necesidad de controlar la población de caballos salvajes, a los que considera una especie introducida que afecta el ecosistema.
Ruckdeschel se convirtió en una voz contra cualquier proyecto que pudiera alterar el equilibrio natural de Cumberland. Foto: Instagram @wild_cumberland.
Hoy mantiene otra batalla. Se opone a un acuerdo que permitiría construir nuevas viviendas en la isla y cuestiona una propuesta del Servicio de Parques Nacionales que elevaría el límite diario de visitantes de 300 a 750 personas e incorporaría nuevas instalaciones turísticas.
Para Ruckdeschel, esos cambios pondrían en riesgo tanto la flora y la fauna como la experiencia de quienes buscan conocer Cumberland en su estado más natural. Después de 53 años de vida en la isla, asegura que continuará con esa misión. Mientras tenga fuerzas, seguirá recorriendo la playa, observando el bosque y aprendiendo algo nuevo cada día.
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