Tras la nueva ola de insultos de Javier Milei hacia Luiz Inácio Lula da Silva, como hace poco más de una semana, más la arremetida del paraguayo Santiago Peña contra el presidente de Brasil, en el palacio del Planalto crece la convicción de que la escalada no puede analizarse de manera aislada. La tensión con Washington, el respaldo de Donald Trump a Flávio Bolsonaro, el temor a una ofensiva en redes sociales y una inédita sucesión de conflictos diplomáticos alimentan la percepción de que Brasil enfrenta una presión externa en plena campaña presidencial.
"Mientras yo viva, la extrema derecha no volverá a gobernar este país", dijo Lula da Silva durante la convención partidista del PT en Ceará. “Y voy a decir más: voy a decir que venga a ayudarlos quien quiera. Si quiere venir Trump, que venga. Si quieres venir Milei, que venga. Venga quien quiera. No quiero ayuda de fuera. La única ayuda que quiero es la ayuda del pueblo brasileño para que podamos mantener la democracia de este país", agregó mientras que días antes, entre los insultos de Milei, la tensión con Trump y con Santiago Peña, había asegurado que nadie "meterá" la mano en Brasil y que "no habrá injerencia" electoral.
Pero este domingo, en una entrevista con LN+ ratificó sus dichos. La confianza entre ambos gobiernos continúa deteriorándose. Pero la tensión dejó rápidamente de ser un problema exclusivamente bilateral. Para el caso, la aparición en escena del presidente Xi Jinping con un llamado a Lula la semana pasada, en el que habló de que Brasil no debía recibir "injerencias externas" fue un fuerte apoyo de China al líder del PT, y una muestra de unión dentro del llamado bloque de los BRICS, al que Milei rechazó unirse y que combate Trump.
Poco más de una semana atrás, Milei calificó de "ladrón", "presidiario" y "basura" a Lula. Y también lanzó durísimas críticas contra el Supremo Tribunal Federal y contra el juez Alexandre de Moraes.
En las últimas semanas, el enfrentamiento entre Lula y Trump escaló por varios frentes. Brasil cuestiona los aranceles impuestos por Washington a productos brasileños; acusa a la administración republicana de intentar influir en el proceso electoral interno; y mantiene congelado el beneplácito diplomático para Daniel Pérez, el dirigente republicano de Florida nominado por Trump para convertirse en embajador estadounidense en Brasil.
Según reveló Reuters, el gobierno brasileño considera que la Casa Blanca rompió las prácticas diplomáticas habituales al anunciar públicamente la nominación antes de solicitar formalmente el plácet de estilo al país anfitrión. Es lo que le permite ejercer allí su misión.
Aunque Brasil no rechaza oficialmente al candidato, tampoco muestra apuro alguno por aprobarlo. Funcionarios brasileños admiten que el trámite podría permanecer paralizado incluso hasta después de las elecciones presidenciales, dejando a Estados Unidos sin embajador durante toda la campaña.
Daniel Pérez es un estrecho aliado del secretario de Estado Marco Rubio y una figura de peso dentro del Partido Republicano. Su eventual llegada a Brasilia es observada con cautela por un gobierno que ya mantiene varios frentes abiertos con Washington. A decir verdad, como ocurre en México, que es un país muy institucional, la juventud y la falta de trayectoria diplomática de Pérez, tampoco entusiasma en Brasil, que suele recibir tener embajadores extranjeros más consolidados.
La disputa va más allá del plano diplomático
Según informó Folha de Sao Paulo, dentro del gobierno brasileño existe una creciente preocupación por una posible interferencia extranjera en las redes sociales durante la campaña electoral. Ello ya ocurrió en la campaña de Bolsonaro en 2018 y en ella, según la justicia de Brasil que investigó el intento de golpe de Estado contra Lula de enero de 2023, hubo una intensa campaña de noticias falsas por whatsapp en la que participaron incluso figuras argentinas que apoyaron la campaña de Milei, como el dueño de la derecha diario Fernando Cerimedo.
El mayor temor ahora, siempre según el oficialismo brasileño, se concentra en los últimos tres o cuatro días previos a la votación del 4 de octubre, cuando una operación coordinada de desinformación tendría capacidad para instalar narrativas difíciles de desmentir antes de que los brasileños concurran a las urnas.
En el Planalto observan con inquietud el respaldo explícito que Trump viene otorgando a Flávio Bolsonaro, la participación de Milei en la campaña brasileña y la presión ejercida desde sectores conservadores internacionales sobre plataformas como X, de Elon Musk, y Rumble, ambas enfrentadas judicialmente con el Supremo Tribunal Federal.
De ahí que, según vienen sosteniendo funcionarios brasileños, el desafío ya no consiste únicamente en responder a declaraciones diplomáticas agresivas, sino también en proteger la integridad del proceso electoral frente a posibles campañas digitales coordinadas desde el exterior.
Ese contexto explica por qué Brasil interpreta los episodios protagonizados por Milei bajo una lógica mucho más amplia que la mera confrontación ideológica entre dos presidentes.
La percepción en Brasilia de que la derecha internacional busca fortalecer electoralmente al bolsonarismo también apareció reflejada en otro episodio diplomático ocurrido en la región. Lula es, con México y Canadá, una de las democracias de la región que evitaron sumarse al Escudo de las Américas de Trump, mientras que Milei y Peña son los únicos que siempre votan en Naciones Unidas en sintonía con el republicano e Israel.
Peña convocó al embajador brasileño en Asunción para entregarle una nota de protesta después de que Lula evocara la Guerra de la Triple Alianza durante un discurso sobre la modernización de las Fuerzas Armadas.
Aunque el episodio tuvo un origen histórico distinto del conflicto con Argentina, algunos analistas brasileños lo interpretaron como parte de un clima regional crecientemente adverso hacia Lula, protagonizado por gobiernos alineados políticamente con Trump.
Esa lectura pertenece al debate político y académico en Brasil y no constituye una posición oficial del gobierno, pero contribuye a explicar el clima que hoy domina buena parte de la discusión pública brasileña.
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