Hay personas que, al salir a comer, eligen la porción más pequeña casi sin mirar el resto del menú. Otras buscan el corte de carne más económico o descartan una botella de vino apenas ven el precio, aunque sepan que podrían pagar una opción mejor.

Estos comportamientos pueden parecer una muestra de prudencia financiera. Sin embargo, la psicología sostiene que, en algunos casos, responden a aprendizajes construidos durante años de carencias y no a la situación económica actual.

Crecer en un hogar donde cada gasto debía medirse con cuidado puede dejar una marca duradera en la relación con el dinero. Esa experiencia influye no solo en cómo se administra el presupuesto, sino también en la forma en que una persona percibe el bienestar y aquello que siente que puede permitirse.

Por eso, algunos hábitos permanecen incluso cuando las dificultades quedaron atrás. Más que una decisión consciente, pueden convertirse en respuestas automáticas que brindan una sensación de seguridad.

Cómo la escasez puede seguir influyendo en las decisiones de compra

Una de las explicaciones más conocidas es la teoría de la escasez (scarcity mindset), desarrollada por el economista Sendhil Mullainathan, de la Universidad de Harvard, y el psicólogo y economista conductual Eldar Shafir, de la Universidad de Princeton.

Para algunos, la preocupación por que el dinero no alcance se vuelve constante. Foto: Unsplash

En su libro Scarcity: Why Having Too Little Means So Much los autores sostienen que vivir durante mucho tiempo con recursos limitados modifica la manera en que el cerebro distribuye la atención y evalúa las decisiones cotidianas. Cuando la preocupación por que el dinero no alcance se vuelve constante, ese modo de pensar puede mantenerse incluso después de que las condiciones económicas mejoran.

Los investigadores también observaron que la presión que genera la escasez consume recursos cognitivos. En uno de sus estudios señalaron que el estrés financiero puede reducir de manera temporal el rendimiento en pruebas cognitivas en una magnitud comparable a perder alrededor de 13 puntos de coeficiente intelectual; esto no implica una disminución de la inteligencia, sino que una parte importante de la capacidad mental queda ocupada por preocupaciones relacionadas con la falta de recursos.

Con el paso del tiempo, esas estrategias dejan de responder únicamente a una necesidad económica y pueden transformarse en hábitos. Elegir siempre la alternativa más barata, evitar ciertos gastos o sentirse incómodo frente a productos de mayor calidad deja de ser una decisión calculada y pasa a formar parte de la manera habitual de relacionarse con el consumo.

En esa misma línea, un artículo de VegOut Magazine plantea una imagen que ayuda a comprender este fenómeno: para algunas personas que crecieron en la pobreza, la abundancia puede sentirse como un disfraz.

Aunque hoy tengan la posibilidad de comprar algo mejor, aparece la sensación de que ese bienestar no termina de pertenecerles o de que, en cualquier momento, podrían perderlo. Esa percepción puede hacer que rechacen opciones más caras no porque no puedan pagarlas, sino porque todavía les resultan extrañas.

El mismo artículo describe que, para algunas personas, esa reacción aparece de forma casi instantánea. Frente a un precio elevado pueden sentir una tensión difícil de explicar o un impulso automático de buscar la opción más económica. No se trata de un análisis detallado del presupuesto, sino de una respuesta aprendida durante años en los que cualquier gasto extra podía representar un problema.

El factor culpa

Los especialistas señalan que estos hábitos no siempre buscan ahorrar dinero. En ocasiones cumplen una función de protección emocional.

Elegir la modestia puede convertirse, sin darse cuenta, en una forma de mantener un vínculo con la propia historia. Foto: Unsplash

Algunas personas evitan acostumbrarse a productos o experiencias de mayor valor porque, de forma inconsciente, sienten que así sufrirán menos si algún día vuelven a atravesar dificultades económicas. Otras prefieren no llamar la atención por sus compras, ya que pasar desapercibidas fue durante mucho tiempo una manera de sentirse seguras.

El artículo de VegOut también menciona otro aspecto que puede influir: la culpa. Para quienes crecieron en hogares con carencias, gastar más dinero a veces genera la sensación de estar alejándose de la realidad que vivieron o incluso de familiares que todavía enfrentan dificultades económicas. Elegir la opción más modesta puede convertirse, sin darse cuenta, en una forma de mantener ese vínculo con su historia.

Esto no significa que todas las personas que crecieron en la pobreza desarrollen estos comportamientos ni que ahorrar sea negativo. La diferencia, según la psicología, está en reconocer si una decisión nace de las necesidades del presente o de mecanismos de protección que alguna vez fueron útiles, pero que hoy pueden seguir actuando incluso cuando ya no son necesarios.