La Reforma protestante alimentó, en un comienzo, las llamas del milenarismo. Su mayor expresión tal vez haya sido entonces el largo episodio de los anabaptistas de Münster y Juan de Leyden entre 1534 y 1535. La toma de la ciudad, una “Nueva Jerusalem” según los reformadores radicales, por las tropas del obispo que la sitiaban, originó una de las matanzas colectivas más feroces de que se tenga memoria. Marguerite Yourcenar dedicó a ese estallido del milenio páginas inolvidables en su novela Opus nigrum de 1968. Las guerras de religión en Francia y, ya en el siglo XVII, la terrible mortandad desencadenada por el conflicto de los 30 años en Alemania hicieron que la idea de la inminencia de un fin de la historia se reavivase una y otra vez. En la Rusia de los zares, la agitación ante la vivencia del fin inevitable del mundo se multiplicó en los así llamados “Tiempos turbios”, que se extendieron entre la extinción de la familia de los Ruríkidas y el ascenso de los Romanov al trono en 1614; volvió a encenderse por la lucha de “Viejos” contra “Nuevos creyentes” a finales del siglo XVII, cuando el príncipe Mishetski, conspicuo personaje entre los “Viejos” identificó directamente al zar Pedro I con el Anticristo. La ópera Jovanshina de Mussorgski, inconclusa y estrenada en San Petersburgo en 1886, estuvo inspirada en esos hechos e inventó una suerte de holocausto final de los “Viejos creyentes”.

Tatuaje de Maud Dardeau, París 2012. Motivo según Alberto Durero: Los jinetes del Apocalipsis , hacia 1497/1498. © Tattoo & Photo: Maud Dardeau / Museos de la ciudad de Nuremberg, Casa de Alberto Durero.

Mientras tanto, en la Europa occidental, en 1666, el número de la fecha reavivó los temores y las expectativas (666 es el “número de la Bestia”, según el texto del Apocalipsis), pero esos brotes no llegaron a mayores, entre otras razones porque las revelaciones de ese tipo habían perdido credibilidad hasta en los propios clérigos ortodoxos e inquisidores que las habían perseguido antaño. A comienzos del siglo XVIII, el padre Bernardino de la Cruz alertaba sobre la aparición del Anticristo; la Inquisición romana lo juzgó, pero terminó encerrándolo por demente en el Hospital de Santa María de la Piedad que, según se decía en la época, era una suerte de refugio de visionarios fanáticos.

En América española, un jesuita chileno, Manuel Lacunza, expulsado de su país en 1767 como lo fue toda la Compañía, escribió en Italia un comentario largo y erudito sobre La Venida del Mesías en Gloria y Majestad, donde se anunciaba una segunda llegada de Jesús al mundo y la instalación de su reino por mil años. Fallecido en 1801, el autor de La Venida... no pudo ver su obra impresa, cosa que ocurrió sólo en 1816, cuando Manuel Belgrano pagó y mandó editar el libro en Londres. Un pasaje de Recuerdos de provincia evocó el efecto que producía la lectura de la obra de Lacunza y no dejó de asociar las tragedias de la guerra de la independencia y de cuantas le siguieron en América del Sur con aquellos anuncios apocalípticos del jesuita.

Hieronymus Wierix, La prédica del Anticristo, taille-douce, lámina 97 en Jerónimo Nadal, Evangelicae Historiae Imagines, Amberes, 1595.

El anuncio del fin de los tiempos tuvo expresiones muy sórdidas durante el levantamiento del Conselheiro en Canudos, su muerte y la matanza de sus seguidores por el ejército republicano brasileño en 1897. Todos estos hechos fueron bastante más que coletazos tardíos del milenarismo, lo mismo que la desgarradora lucha contra la revolución mexicana que desplegaron los cristeros, opositores tenaces de las reformas eclesiásticas aplicadas por el presidente Plutarco Calles entre 1926 y 1929.

Tales fenómenos siguieron todos un patrón: comenzaban como una protesta social ante las desigualdades en la sociedad; los reclamos asumían un carácter religioso que, sin mayores esfuerzos de interpretación, se concentraba en las cuestiones escatológicas y realzaba sus aspectos punitivos, al mismo tiempo que los asociaba con una conflagración universal indetenible. Los sucesos ocurrirían cualesquiera fuesen los esfuerzos humanos, los arrepentimientos y las adaptaciones que pudieran evitar la irrupción de la violencia, acompañada por la desazón frente a un cambio completo del mundo respecto del cual nadie podía prefigurar ni describir los destinos personales de la humanidad en el futuro. El escaton (descripción profética de lo que ocurrirá en el fin del mundo actual y vísperas de nuevos cielos y una nueva tierra) prevalecía por sobre el katecon (freno que la humanidad puede poner a la violencia de aquel final, un tiempo para arrepentirnos de nuestros pecados y lograr la vida eterna). Quienes favorecían el camino del cambio pacífico, sin olvidar la concordia ni la paz del espíritu, eran considerados unos tibios clásicos que serían vomitados por el Señor, según el texto del Apocalipsis 3:16.

Familia Romanov, la última dinastía zarista de la Rusia imperial.

En 1989, la caída del Muro de Berlín hizo pensar que cualquier vuelta atrás en la senda de la pacificación y del reconocimiento democrático de las multiplicidades humanas había quedado conjurada. La obra de Francis Fukuyama, un utopista noble que creyó en un final inmanente de la historia, fue el mejor testimonio del grado de entusiasmo que despertaron esas ilusiones. Pero parecería que los últimos veinticinco años de nuestras sociedades, capturados por una dialéctica capitalista sin rubores ni escrúpulos, evolucionaron hacia la promoción de un derrumbe de los sistemas de convivencia que, entre 1958 y 1985, procuraron conjurar el recuerdo de la guerra mundial y el siempre fresco de los horrores equivalentes que cometían las autodefinidas repúblicas socialistas y un estado capitalista hegemónico como el de los EE. UU. en Vietnam o Camboya. Las consecuencias del ataque a las Torres Gemelas, la crisis económica provocada por la burbuja financiera de 2008, la pandemia del coronavirus, las violaciones de las leyes internacionales, sea por parte de Rusia en Ucrania o de los Estados Unidos en el Medio Oriente, el abandono de los métodos para frenar las derivas hacia la emergencia ecológica, los nuevos déspotas entronizados por el voto popular y el auge consiguiente del populismo (nuevo nombre de la demagogia), la grave crisis de las democracias de origen liberal, son todos hechos que imprimieron al rumbo de las historias particulares de los países y las generales de las civilizaciones un sentido nuevo e inesperado de retroceso hacia la imposición de la fuerza bruta en los vínculos políticos y del desprecio contra toda idea de solidaridad y misericordia, que pudiese transformarse en eje de un movimiento social universal. Una implosión de la historia moderna parece estar a la vuelta de la esquina.

Caída del Muro de Berlín.

Mas lo peor es que hay mentes lúcidas que consideran como responsables de la deriva catastrófica a los protagonistas del katecon en la segunda posguerra. Entre 1950 y 1970, un katecon arduo aventó las posibilidades de que se re-encendiese el escaton de una guerra nueva, más terrible que cualquier otra anterior, pues hubiera llevado al uso generalizado de bombas atómicas. Pero ahora mismo, quienes consideran que las críticas contra la ruptura de compromisos producto de décadas de trabajo diplomático, contra la lucha por la armonía ambiental, contra la desintegración de los sistemas de protección social para desvalidos, para niños castigados por la pobreza, para ancianos, son siempre críticas de mentecatos y vejestorios aferrados al pasado o, peor aún, son actos de complicidad con los administradores corruptos del estado de bienestar; esos censores pretenden que los consideremos actores de un katecon, el de las “únicas soluciones posibles” y la aceptación cínica de que la renuncia a una paz justa entre quienes querellan podría ser el modo de evitar un éschaton con probabilidades altas de convertirse en el fin de los tiempos. ¡Vaya con las inferencias! La madre Teresa de Calcuta habría sido una promotora, quizás inconsciente, del éschaton, mientras que las personas a cargo de allanar el camino a déspotas de todas las variantes imaginables del espectro político y moral, desde el patán pueril-senil de Trump hasta el aniquilador gélido y siniestro de Putin, quienes esparcen la humillación, la venganza y la muerte hacia donde dirigen sus miradas, deberían de ser considerados hombres inteligentes y prácticos, auténticos cultores del katecon.

Cuadro sinóptico de Peter Thiel. Texto de una diapositiva del seminario sobre el Anticristo extraída del seminario de Peter Thiel (Roma, 15 de marzo de 2026).

Hay inclusive un gran empresario, un gurú de Silicon Valley, un pensador erudito, quien conoce muy bien la literatura e interpretación sobre el Anticristo y no duda en invertirla ni colocar a los combatientes de la misericordia en las hordas de la Bestia (“hipercristianos”, los llama). Se trata de un admirador de la teología política de Carl Schmitt, creador de PayPal y de Palantir, la gran empresa de servicios informáticos de aplicación al control de las personas, de sus movimientos, de sus deseos, rematados por las proyecciones posibles de sus conductas futuras. Me refiero al germano-norteamericano Peter Thiel, quien usa y tergiversa la hermenéutica cristiana como herramienta intelectual para describir su visión del mundo y alertar acerca de las nuevas vestes del Anticristo, al mismo tiempo que viaja a Roma para exponer sus ideas, tal como la literatura escatológica profetizó sobre el derrotero del Anticristo de las Escrituras. El jesuita Antonio Spadaro es quien mejor ha desmenuzado las fuentes y los argumentos especiosos de Thiel, resumidos en una de las diapositivas de la exposición que el germano-norteamericano mostró en su conferencia brindada en Roma.

Mondo alla riversa, si bien no para reír: Sor Teresa y Francisco, del lado del éschaton, Musk y el propio Thiel, del lado del katecon. Es que el mundo está atravesado por cientos de inversiones, como la de quien se tienta con convertirse al judaísmo, llamado por las bravuconadas siniestras de Bibi y olvidado de la religión moral insuperada de los profetas. Puso Oseas, a comienzos del siglo VII a.C., en boca de Dios: “Porque misericordia quiero y no sacrificio [de animales], hesed y no holocausto.” (Oseas 6:6-7) Cristo citó dos veces la primera parte del dictum de Oseas, ambas registradas en el evangelio de San Mateo (9:13; 12:17). Querido lector, comprometámonos a reencontrarnos alrededor de la traducción de hesed y oscilar entre la benevolencia y la futura agapé de san Pablo. Podría llegar a sernos muy útil.