Durante décadas, la ganadería argentina miró al maíz como un competidor por la tierra. Hoy vuelve a verlo como lo que realmente es: la materia prima más eficiente para transformar granos en proteína animal. La relación entre el precio del ganado en pie y el cereal —uno de los principales termómetros del feedlot— atraviesa uno de sus mejores momentos de los últimos años.

El cálculo es sencillo: se divide el precio de un kilo de novillito terminado por el de un kilo de maíz. El resultado indica cuántos kilos del grano pueden comprarse con un kilo de hacienda. Cuanto mayor es la cifra, más favorable resulta la conversión. El promedio histórico reciente se ubica alrededor de 10 a 12 kilos de maíz por kilo vivo. En mayo, según la serie oficial de la Secretaría de Agricultura, la relación equivalía a casi 18 a 1; estimaciones privadas más recientes la colocan cerca de 19 a 1.

No fue siempre así. Entre 2016 y 2022 la relación osciló, en términos generales, entre 9 y 12 kilos. En 2023, con la sequía que redujo drásticamente la cosecha argentina y encareció el cereal, cayó a alrededor de 7,5: uno de los peores registros de la serie. En 2024 se recuperó hacia 9,5; durante 2025 superó los 11 y en los primeros meses de 2026 dio otro salto, hasta la zona de 17 a 19 kilos. La mejora es muy marcada respecto del promedio histórico.

La explicación está en las dos puntas. Por un lado, la recuperación de la producción agrícola y la abundancia de maíz a nivel global redujeron su precio relativo. En los EE.UU. se superaron las 400 millones de toneladas en los dos últimos años. Brasil no para de crecer con el maíz sembrado sobre soja, que es el 80% del total y lo convirtió en el mayor exportador mundial, desplazando a los EEUU. Argentina también crece a los saltos y con un récord de 70 millones es el tercer exportador, ahí nomás.

El informe oficial de junio ubicó al cereal en 178 dólares por tonelada a fines de mayo, 9% por debajo de febrero. Por el otro, la menor disponibilidad de hacienda y los buenos valores alcanzados por la carne sostuvieron el precio del ganado, aun cuando las categorías destinadas a faena comenzaron a ceder durante el último trimestre.

Para el feedlot es una señal extraordinariamente favorable, pero no garantiza por sí sola la rentabilidad. El animal de reposición constituye el mayor desembolso inicial del sistema. Hoy la relación de compra y venta se mantiene en niveles elevados: se necesitan aproximadamente 1,4 a 1,5 kilos de novillito terminado para comprar un kilo de ternero, contra valores históricos más cercanos a 1,2 o 1,3. Esa brecha puede absorber buena parte de la ventaja obtenida con el maíz. Lo mismo está pasando en Estados Unidos.

A ello se agregan el costo financiero, los núcleos proteicos, la sanidad, el flete, la hotelería y, sobre todo, la eficiencia de conversión. No es lo mismo producir un kilo de aumento con seis kilos de materia seca que necesitar siete u ocho. Tampoco es igual comprar todo el cereal que integrarlo dentro de un planteo agrícola-ganadero. Por eso, aun con una relación maíz/novillito excepcional, algunos modelos mostraron márgenes ajustados o negativos al comienzo del año: en febrero la relación había llegado a 18,1, pero el margen bruto promedio todavía permanecía levemente en rojo.

La señal es inequívoca. Cuando el grano está relativamente barato frente a la hacienda, conviene agregar kilos. Esto ayuda a explicar ciclos de encierre más largos, mayores pesos de salida y el renovado interés por combinar una recría pastoril con una terminación intensiva. El maíz barato deja de ser un problema agrícola y pasa a ser una oportunidad ganadera.

Y la oportunidad crece cuando los problemas logísticos se agudizan: cuanto más lejos de los puertos, mejor es la relación maíz/novillo. Es la misma lógica que impulsa la industria del etanol. Que, al integrarse con el feedlot a través de la burlanda (el subproducto de la fermentación del maíz para biocombustible), potencia los dos senderos.

Alimentos y energía no compiten por la tierra. Van juntos.