Con un pie en Francia y otro en la Argentina, Santiago Amigorena se mueve con facilidad entre la dirección, la escritura de guiones y la literatura. Radicado en Europa, arribó al país para presentar en la tercera edición del Festival de Cine Francés la película que escribió junto a Cédric Klapisch, Los colores del tiempo, y su libro Hay un solo amor. “La identidad es una cosa que se mueve todo el tiempo. No hay que tratar de atraparla en pocas palabras”, afirma en diálogo con Clarín.

Amigorena emigró de niño de la Argentina hacia Uruguay, cuando durante la dictadura de Onganía sus padres no podían ejercer el psicoanálisis. Con el advenimiento del gobierno de facto en la República Oriental en 1973, atravesaron el océano y se asentaron en Francia, cuando tenía 11 años. “Las dos veces fue por razones políticas y las dos veces no nos fuimos corriendo, pero nos fuimos en las peores circunstancias”, cuenta.

Amigorena forma parte de una familia culturalmente relevante. Es primo del periodista y escritor Martín Caparrós, del actor Mike Amigorena y del director Miguel Sapochnik, hermano del científico Sebastián Amigorena y sobrino de la escritora Viqui Rosenberg. Su árbol genealógico sintetiza de alguna forma dos de los tropos que atraviesan su obra: el arte y la familia, plasmado en sus más de 10 libros, sus dos películas dirigidas y sus casi 40 títulos escritos.

-¿Cómo sentís el doble vínculo con la Argentina y con Francia?

-Tengo muy claro que soy un escritor francés. Escribo en francés. En Francia no me gusta que digan que soy un escritor franco-argentino. Después, hay mil cosas por las cuales soy totalmente argentino. Tanto el fútbol como la carne son cosas por las que no tengo ninguna duda de mi argentinidad. Pero obviamente esas cosas se mezclan con muchísimos otros sentimientos. Muy seguido me siento mucho más griego que todo el resto porque me importa mucho culturalmente Grecia y también porque voy hace 50 años a un lugar ahí. Y también, no muy seguido, pero a veces, me siento judío.

Amigorena escribe en francés, pero "tanto el fútbol como la carne demuestran mi argentinidad".

-Tenés un libro sobre tu abuelo.

-Sí, yo y mi primo Martín (Caparrós) escribimos dos libros que hablan mucho de nuestro abuelo Vicente Rosenberg. Y muy seguido también pienso que cuando estoy en Buenos Aires es el lugar donde menos argentino me siento porque obviamente veo todo lo que no tengo de argentino. No es doloroso, es simplemente un hecho y que hace parte de esa mezcla muy rara que es cada persona. Me gusta mucho la idea de que lo que los seres humanos tienen en común no son esas identidades que se mueven y que no logran terminar de tener un sentido para mí; lo que compartimos de verdad son cosas como la infancia, como el idioma. Y eso puede darnos algún tipo de esperanza en una comunidad.

Primero emigró a Uruguay, y luego a Francia.

-Justo estaba leyendo “Un destino común”, de Lucrecia Martel, y ella piensa algo parecido: ve lo identitario como algo que te cierra, que cercena.

-Yo lo retomé en mi libro El gueto interior, pero lo describió Martín muy bien en su libro sobre los abuelos: cuando los nazis empezaron a tratar de definir qué era un judío era simplemente para terminar con el judío. Determinar una entidad es para terminarla, y es lo que pasa hoy en día en Francia cuando alguien llama a alguien árabe por racismo. Tratar de encerrar a una persona en una sola identidad es una manera de matar.

Una vida de escritura

Amigorena ya había escrito a los 6 años una carta, pero identifica su comienzo en el mundo de las letras a los 10, cuando realizó un diario de un año de clase, mientras residía aún en Uruguay. Ya más de adolescente, sus amigos querían hacer cine, pero él quería ser poeta. Terminó escribiendo guiones para ellos. “Tenía que ganar dinero y la elección en ese momento cuando querías volver rentable la escritura era ser periodista o escribir guiones”. Uno de aquellos amigos era el futuro director Cédric Klapisch, con quien colabora desde hace más de treinta años.

Amigorena quería ser poeta, pero se hizo escritor sencillamente para empezar a ganar dinero.

La teoría del autor, tan enfatizada por la más famosa revista de cine francesa, Cahiers du Cinema, todavía calaba hondo, por lo que Amigorena se transformó en uno de los pocos guionistas por encargo de la industria gala. Entre los directores reconocidos con los que colaboró se cuenta el director Hugo Santiago (Invasión), a quien consideró una gran influencia y con quien hizo Le loup de la côte Ouest (2002). “Escribí una sola película que filmó, pero lo ayudé como pude también con las que no escribió conmigo. Y escribimos por lo menos un par de guiones más que no logró filmar”, afirma.

-En cuanto a las identidades, vos te manejás en un registro de guión y también en uno literario. ¿Sentís que a veces se solapan esos oficios?

-Durante 10 años más o menos, alrededor de entre los 20 y los 30, me quejé muchísimo del hecho de que escribir guiones para ganar dinero me impedía escribir literatura. Y a los 30 decidí un día que me iba a despertar a la mañana y, pase lo que pase, iba a escribir literatura a la mañana durante un par de horas. Y lo hago desde hace más de 30 años, todos los días. Después tengo otras técnicas personales: escribo la literatura a mano y los guiones en la computadora. También es una manera de separar muy claramente las dos cosas. Pero ahora me divierto pasando de uno a otro. El hecho de dirigir películas en algún momento me hizo ver también que en el cine también había una forma de implicación que podía ser como la que tenía en literatura. Pero no extraño dirigir, a diferencia de la escritura.

Desde hace más de 30 años, todas las mañanas se sienta a escribir.

-¿Lo ves como algo más vital en vos?

-Sí, cuando no lo hago me siento mal. No sé por qué. Me molesta decir que es vital, todo ese énfasis que se le pone al hecho de escribir. Es lo que hago normalmente: me despierto, me hago un mate y escribo. Mi vida es eso. Nunca entendí a la gente que sufre, que no sabe qué escribir, que tiene bloqueo. Nunca lo conocí.

-Con el director Cédric Klapisch se conocen ya desde adolescentes.

-Somos amigos del Liceo, desde que tenemos 15 años. Fuimos muchísimo al cine juntos en la adolescencia y después empezamos a escribir. La primera película que él dirigió la escribió con otro guionista porque le parecía que era poco profesional escribir conmigo. Después empezamos a escribir juntos y la primera película (Le péril jeune o El peligro de la juventud, 1994) se estrenó hace más de 30 años. Es muy simple la escritura con él, porque escribimos los dos con una sola computadora y no nos peleamos nunca. Cuando hay algo que a uno de los dos no le gusta, lo dejamos de lado y pasamos a otra cosa.

"Los colores del tiempo", el filme de Cédric Klapisch, "amigos desde los 15 años".

Detrás de "Los colores del tiempo"

Los colores del tiempo es la séptima colaboración entre el director y el guionista. La película transcurre en dos tiempos: la actualidad, en la cual una empresa busca destruir una casa abandonada para ocupar el terreno con un shopping, por lo que se convoca a 30 herederos para habilitar entrar en ella, y el pasado de 1895, en donde se explora la vida de aquella antepasada, mientras va a París en busca de su madre.

Influenciada por Medianoche en París y por Barry Lyndon, la película explora la Belle Époque desde su incipiente fotografía y el auge de la pintura impresionista. Nombres como Monet o Félix Nadar forman parte de una trama ficticia, construida a partir de los intersticios que puede abrir la imaginación la vida de aquellos personajes y el zeitgeist de una época.

El montaje paralelo bucea entre Adèle (Suzanne Lindon) y Seb (Abraham Wapler) por una París decimonónica y una actual, tendiendo una coming-of-age cálida e inmersiva, que a su vez reflexiona sobre las modernidades, los vínculos y el arte.

-¿Cómo surgió la idea inicial de "Los colores del tiempo"?

-Casi siempre lo que pasa con Cédric es que no tiene una idea de historia, tiene un deseo de hacer una película sobre algún tema o de filmar con algún actor o en cierto lugar. A partir de eso, damos vueltas y vueltas. Aquí era dar vueltas alrededor de su deseo inicial que era hablar sobre el principio de la fotografía y el momento donde la pintura deja de ser realista. Y cuando tiene ganas de empezar una película nueva nos vamos un tiempo afuera de París, vivimos juntos, estudiamos sobre pintura, literatura, vamos a museos y de repente surge una cosa un poco imprevista, una casa abandonada no muy lejos del hotel donde nos quedábamos. Cada vez que pasábamos delante decía: “Qué buen lugar para empezar una película”.

Amigorena cuenta cómo surgen las génesis de sus guiones con Klapisch.

-Por lo que vi en otras películas trabajan mucho tanto lo familiar como lo artístico. ¿Cómo es su vínculo con la fotografía, con el arte y con lo familiar?

-Es divertido porque ahora me parece muy simple ver que él tiene muchísimos más vínculos con la fotografía y yo muchísimos más con la pintura. Yo estudié historia del arte, lo que más me interesaba siempre fue la pintura, sobre todo el Renacimiento, hasta el siglo XVII. Y él es muy buen fotógrafo. Colecciona fotografías, tiene una biblioteca enorme. Era un poco natural que se mezclaran esas dos cosas. Arte y familia claramente nos ocupan mucho a los dos todo el tiempo, en todo lo que hacemos. Quizá no a todos los seres humanos: mi padre odia a la familia, por ejemplo. Pero también es una manera de ocuparse de la familia, odiarla. No quita que exista la familia. Y cuando uno hace cualquier cosa artística no hablar de arte es difícil, ¿no?

-Siempre se termina filtrando el arte dentro del arte, es verdad. Es interesante en la película cómo se retrata la modernidad de ese momento y el contraste con esta modernidad.

-Sí, es una buena manera de decirlo. No lo había pensado así, pero la idea era más bien… Cédric parece que dijo algunas veces que no quería que la película fuera nostálgica. Tiene que ver con eso, que las dos épocas están tratadas como modernidades, no como un pasado mejor.

Mi buenos Aires querido. Santiago Amigorena está radicado en Francia.

-¿Por qué les interesaba hacer ese contrapunto?

-Me parece que era simplemente respetar el deseo inicial de hablar de ese momento de la historia del arte, pero podría haber sido una película totalmente contemporánea también. Al final le gustó mucho a Cédric hacer una película en parte histórica. Se divirtió mucho. Pero a mí me parece bien que no sea todo en el pasado. Pero sobre todo en cierto momento fue muy simple: nos dimos cuenta de que lo que más nos gustaba y lo que funcionaba muy bien era estar en un espacio y que pase un personaje de otra época y nos fuéramos con él.

-Para concluir, ¿futuros proyectos?

-Estamos ya terminando de escribir la próxima película que Cédric va a filmar en septiembre. Va a ser sobre la filmación de una serie; es una película de cine que habla de hacer series. Y el próximo libro se publica en octubre en Francia. Es una ficción, una novela sobre una amistad que transcurre en los años ochenta.

POS