En Buenos Aires hay escuelas de teatro. Y hay lugares que, además de enseñar, producen escenas, arman grupos y empujan buena parte de lo más vivo del off. Teatro Defensores de Bravard —fundado por Matías Feldman y Santiago Gobernori— es uno de esos.
De allí sale Huele a espíritu adolescente: una mesa larga, nueve personas y una reunión que se va tensando hasta romperse.
Una mesa larga y una familia a punto de romperse
Mesa larga y horizontal. Nueve. Una reunión en una fiesta. Importa poco cuál: Huele a espíritu adolescente esquiva la metáfora fácil. Le alcanza con poner a una familia en escena y dejar que la tensión haga el resto.
En *Huele a espíritu adolescente*, la mesa familiar también ordena los roles y las tensiones.
¿Todo es muy argentino? Mejor: todo es muy cercano. La obra podría ocurrir en Temperley, en las afueras de Rosario o en cualquier periferia donde una familia arma su (es)cena: reunión, costumbre, roce, jerarquías y pequeñas violencias que no hace falta explicar porque apenas aparecen, se reconocen.
El bullicio como forma
Comienza como una batalla de diálogos, algo así como un “oratorio” familiar, a capella. Y funciona. La obra encuentra rápido un ritmo magnético en ese murmullo que primero parece puro desorden y después revela una precisión notable. Todos hablan, todos se pisan, todos ocupan y se disputan aire. Pero la escena no se rompe: al contrario, ahí encuentra su respiración.
“Ese comienzo nosotros lo llamamos bullicio”, dice el director Matías Feldman. Ese caos, explica, fue trabajado “con mucha repetición” hasta volverse “una partitura precisa, exacta”. Y agrega una idea que define bien la obra: “Todo lo importante ocurre al mismo tiempo. El espectador tiene que decidir qué ver y va a perderse algo”.
La mesa que ordena y expulsa
El ruido, el desorden, el bullicio no son un defecto ni una rareza. Son parte del relato.
Y entonces la cosa —la casa— se desordena sin volverse prolija. Hay diálogos, tres conversando o cuatro al fondo, otros que no se ven y salen de campo. La mesa muta. Ya no es sólo el lugar donde se come o se habla: pasa a ordenar la escena y también los vínculos.
Huele a espíritu adolescente* lleva el malestar familiar al primer plano.
La mesa rota: arma combinaciones. Cambian alianzas, posiciones, cercanías. Siempre alguien queda afuera. Ese es uno de los hallazgos más filosos de la obra: de "La geometría del amor", el gran cuento de Cheever, a la geometría de una familia, desnuda y fuera de cuadro.
El décimo personaje, el plato de más
Huele a espíritu adolescente avanza en su trama por adición y por sustracción. También por una ausencia. O mejor: por alguien que falta, pero ordena todo.
“Hay un décimo personaje”, dice Feldman. “Al comienzo de la obra se cuentan los platos y hay uno de más”. Ese ausente, explica, se vuelve presencia constante en todos los personajes y empuja el motor más fuerte de la historia: el que conduce las confesiones, el llanto y una transformación final que, acaso, también dialoga con ese fondo.
El (c)olor de una familia
También el vestuario y el color cuentan. Está el marrón de madre clavado en una punta; el bordó —sí, claro, ese buzo cruzado a los hombros— del tipo que no termina de deci(di)r; el celeste transparente del invitado invisible y posible pareja gay, que guarda su voz hasta el final; el rojo, entre melodrama y herida, que llora. También por color se arman y se desarman los lugares en esa mesa.
Cuando algunos se pierden hacia la cocina —la de verdad y la otra, la de una interna familiar— la imagen se limpia. Y entonces aparece una de las potencias más raras y más bellas de la obra: por momentos tiene algo de cuadro vivo, como si una foto de Marcos López se pusiera en movimiento alrededor de una mesa familiar.
De Bravard a la mesa
La obra está escrita por quienes la actúan y esa cercanía entre texto y personaje le da espesor.
“El actor sabe muchísimo de su personaje”, dice Feldman. “Lo construyó desde adentro, con una visión privilegiada de su historia previa, de lo que recibe y de lo que calla”. Esa lógica viene de Bravard, donde actuación y dramaturgia trabajan juntas y muchas escenas nacen de los propios actores.
Kurt Cobain y el ausente
El título abre otra puerta. Según cuenta el director Matías Feldman, apareció cuando la obra ya estaba casi armada, a partir de la repetición obsesiva de Nirvana por parte de uno de los personajes. “Sabemos cómo termina Kurt Cobain”, dice. Con esa imagen entran varias capas: la adolescencia, el fantasma, el espíritu, el olor de algo que sigue ahí. “Huele a espíritu adolescente, pero también huele al espíritu de alguien que no está”, resume.
Feldman dirige y Santiago Gobernori supervisa. Los dos son dramaturgos, directores y actores y forman parte del núcleo de Teatro Defensores de Bravard. En el recorrido de Feldman aparecen La traducción, en el Cervantes; Buenos Aires Escénica y Proyecto Pruebas: El hipervínculo (Prueba 7). En el de Gobernori, la dramaturgia, la actuación, la Bienal de Arte Joven y la cofundación de Bravard.
En esa mesa también se sientan Secretos y mentiras, de Mike Leigh y Feriados en familia, de Jodie Foster: no como cita, sino por esa forma de mirar vínculos tensos, donde lo que se dice pesa tanto como lo que queda en suspenso.
Con funciones en Teatro Bravard, Huele a espíritu adolescente invita a entrar en una reunión que ya está en marcha: voces que se pisan, lugares que cambian, alguien que siempre queda afuera. El título apunta a un superclásico de Nirvana. La obra lo toca a su modo. Y, de paso, toca una fibra menos obvia.
Todavia no hay comentarios aprobados.