Horacio Salgán estudiaba los chistes.

En Salgán & Salgán, el documental de Caroline Neal, aparece contando algunos y haciendo reír a sus amigos. Pero los chistes están anotados. Los tiene escritos en papeles, en servilletas. Los repite, los prueba, vuelve sobre ellos. Hasta para algo que debería salir espontáneamente hay un trabajo previo.

La escena es reveladora. El pianista que llegó a los cien años, uno de los grandes arregladores del tango, podía pasar horas sobre unas pocas notas, volver durante décadas sobre los mismos tangos y encontrar otra forma de decirlos. Su música tiene algo de esa paciencia: nada parece puesto para llamar la atención y, sin embargo, casi todo está ocurriendo.

Tal vez allí empiece la explicación de una paradoja que, diez años después de su muerte, sigue intacta. Entre los músicos, Horacio Salgán es una figura monumental. Para buena parte del público, en cambio, continúa siendo un nombre conocido de lejos.

Hizo algo menos espectacular y bastante más difícil con el tango: lo modificó desde adentro.

A los diez años había quedado fascinado con el Sexteto de Julio De Caro. Más tarde pasó por las orquestas de Vardaro, Juan Caló y Firpo, trabajó como arreglador para Miguel Caló y fue organista de Radio El Mundo. También formó el dúo Martínez-Ledesma.

Impecable. La trayectoria, el estilo y hasta el blanco traje de Horacio Salgán, un pianista y compositor que trascendió las fronteras del tango. Foto: Rafael Calviño

El tango podía ser otra cosa

En los años '40, la RCA había contratado a Salgán, pero terminó descartando sus grabaciones por la supuesta “anormalidad” de la voz del cantor que lo acompañaba.

Era Edmundo Rivero.

El tiempo hizo bastante ridícula aquella decisión. Salgán tampoco fue un músico dispuesto a acomodarse a lo que la industria esperaba: siguió trabajando sobre el lenguaje.

Uno de los ejemplos más impresionantes fue Recuerdo, de Osvaldo Pugliese.

Salgán había hecho su arreglo en 1945. Cuando Pugliese lo escuchó, dijo: “De una flor hizo un jardín”. Había descubierto en su propio tango cosas que él mismo no había visto. Pugliese llegó incluso a dejar de tocar aquella versión instrumental, salvo cuando apareció la posibilidad de hacerlo con Jorge Maciel.

La frase describe el procedimiento de Salgán. No necesitaba inventar otra flor. Le alcanzaba con mirar mejor la que ya estaba ahí.

Horacio Salgán, en su casa, con su piano. Cuando Osvaldo Pugliese escuchó el arreglo de Salgán de "Recuerdo", un tango de su autoría, dijo: "De una flor hizo un jardín".

Quinteto real: 5 músicos contra una orquesta entera

La otra respuesta apareció cuando las grandes orquestas empezaron a ser económicamente inviables.

En 1959 nació el Quinteto Real, con Salgán al piano, Ubaldo de Lío en guitarra eléctrica, Enrique Mario Francini en violín, Pedro Laurenz en bandoneón y Rafael Ferro en contrabajo. Después pasarían otros músicos por una formación que se convertiría en una de las experiencias decisivas del tango moderno.

Cinco instrumentos. Y una potencia que parecía imposible para ese tamaño.

La guitarra eléctrica de De Lío no era un adorno moderno colocado encima del tango. Era parte de la arquitectura. El piano de Salgán podía conversar con ella, perseguirla, frenarla o dejarle espacio. No hacía falta una orquesta enorme para conseguir profundidad y movimiento. Hacía falta saber qué debía tocar cada instrumento.

Por eso su música sigue interesando especialmente a los músicos: allí donde un oyente escucha un tango muy bien tocado, un arreglador encuentra una cantidad enorme de decisiones.

Ubaldo De Lio y Horacio Salgán. El guitarrista y el pianista fueron dúo y también el núcleo central del Quinteto Real. Foto: Archivo Clarín/ Fernando de la Orden

Volver sobre los mismos tangos

Salgán tampoco tuvo una discografía gigantesca. Y eso terminó siendo parte de su obra.

A fuego lento, Don Agustín Bardi, Gallo ciego, Responso, El Marne, Boedo, Tierra querida. Los títulos vuelven. Pero no vuelve exactamente la misma música.

En Responso, de Aníbal Troilo, la melodía parece suspenderse en el aire, con una oscuridad que puede hacer pensar en Bernard Herrmann y Hitchcock. Ilusión de mi vida, de Feliciano Brunelli, acerca al tango a la melancolía de Chaplin.

El repertorio era conocido. La escucha no.

Tomó los materiales que ya existían y los llevó hasta un punto en el que volvían a parecer nuevos.

Según sus pares. Hay coincidencia plena en que Horacio Salgán es un artista único. Foto: Archivo Clarín/ Pepe Mateos

Salgán: el secreto sigue ahí

Uno de los músicos más estudiados por sus colegas argentinos quedó, paradójicamente, detrás de los grandes nombres populares del tango.

Troilo tiene su mito. Piazzolla tiene su ruptura. Pugliese tiene su leyenda. Gardel no necesita explicación. Salgán es distinto.

Su revolución ocurre en los arreglos, en la armonía, en el fraseo, en la distribución de los instrumentos, en una nota que dura un poco más o entra un poco después. No siempre produce el impacto inmediato de una canción que todo el mundo reconoce. Exige escuchar.

Diez años después de su muerte, ocurrida el 19 de agosto de 2016, la pregunta no es si fue uno de los grandes. La pregunta es por qué todavía no terminó de llegar al lugar que le corresponde fuera del círculo de quienes saben escuchar cómo está construido un tango.

Quizás la respuesta estaba en la frase de Pugliese.

“De una flor hizo un jardín”.

Horacio Salgán pasó una vida entera haciendo eso: volver sobre una música que parecía conocida hasta encontrarle algo que nadie había visto. El jardín estaba ahí desde el principio.

Lo que todavía falta es -parafraseando a otro genio de la música argentina, Luis Alberto Spinetta- que entre más gente.