La primera imagen de El amor que permanece no podría ser más subyugante, por lo que le recomiendo que no tarden en ingresar a la sala. Por lo inesperada y por la suerte de metáfora que encierra no voy a contar cómo ni qué muestra.

Hace casi un año se estrenó en la Argentina Godland, la anterior película del islandés Hlynur Pálmason, y ahora llega El amor que permanece: podría decirse que una película no tiene nada que ver, en su tono, en su trama, en nada con la otra. Pero lo que comparten es la genialidad del realizador a la hora de presentar personajes y hacerlos enfrentar circunstancias que no saben cómo afrontar.

Anna (Saga Garðarsdóttir), con las montañas de fondo y el glaciar de frente. Fotos Zeta Films

De Islandia para el Oscar

El amor que permanece, que fue la película que Islandia envió este año para competir al Oscar en el rubro mejor filme internacional, es un drama familiar, siempre recortado -aunque el paisaje es en la filmografía de Pálmason un personaje más- sobre los glaciares y las montañas. Allí, en el medio de la nada, hay una familia rota, fracturada.

Anna (Saga Garðarsdóttir) vive con sus tres hijos (una hija mayor y dos gemelos, interpretados por los hijos de Pálmason). Recién separada de Magnus (Sverrir Gudnason), que trabaja en un buque pesquero y vive como puede, es una artista visual que trabaja al aire libre, con el mar y el glaciar de fondo. Sus herramientas son el metal y el óxido, con los que crear tapices enormes, cuando los caballos no le arruinan la labor.

El filme va y viene entre lo cotidiano y la fantasía.

Pero la separación es reciente, y Maggi, como lo llama aún, cariñosamente, cuando puede pasa a visitarlos. Los chicos son algo malcriados, tienen una libertad en su vocabulario que incluye referencias sexuales, aunque a menudo no sepan de qué están hablando. Les gusta jugar con Panda, su perra, y ayudan a mamá a armar una suerte de, no muñeco de nieve, pero algo similar con un palo y la cabeza de una armadura.

Al muñeco le arrojan flechas, aunque papá les prohibía hacerlo si él no estaba presente.

Pero como papá ya no vive allí...

Un matrimonio recién separado: ¿quién pone los límites a la relación?

Ya tendrá su sentido.

Surrealista, pero con sentido

En verdad, todo tiene sentido en El amor que pertenece. Por momentos es un filme surrealista, con fantasías y animales muertos que regresan en tamaños siderales.

Decíamos que Pálmason tiene habilidad para presentar a sus personajes. Por algo será que Magnus, que está más a la deriva en lo que dejó la pareja, está en alta mar. Anna está mucho más segura de sí misma, tiene los pies sobre la tierra, aunque por momentos ninguno de los dos sepa establecer cuáles son los límites de la expareja.

La hija mayor junto a Panda, la perra que es otra delicia de la película.

Es la irrupción de lo fantástico lo que hace que la naturalidad de la trama pegue una nueva vuelta. Hay muchísimos gags visuales, y diálogos entre Anna y Magnus, o entre cualquiera de los progenitores con sus hijos que no solo suenan naturales, sino que lo son.

En medio de una cartelera de los cines plagada de producciones para chicos, El amor que permanece es como un oasis para el público joven o adulto. No dejen pasarla por alto, que no se les escape.

"El amor que permanece"

Muy buena

Comedia dramática. Islandia, 2025. Título original: "Ástin sem eftir er".109'. De: Hlynur Pálmason. Con: Saga Garðarsdóttir, Sverrir Gudnason, Ida Mekkin. Salas: Lorca, Cacodelphia, Cinépolis Recoleta, Atlas Patio Bullrich, Showcase Belgrano y Norcenter.