Hay canciones que nacen dos veces. La primera, cuando un músico las compone en soledad. La segunda, cuando miles de voces se adueñan de ella en un estadio.

Algo, claro, inseparable del fútbol argentino. Como si todos lleváramos dentro a Cañoncito, espectacular creación del sociólogo sin título, Diego Capusotto: el personaje que necesita corear en la vida cotidiana cada cantito de cancha.

“¡Teque, teque, toca, toca, esta hinchada está reloca…!”

Hoy Argentina e Inglaterra se juegan el pase a la final del Mundial. Ya en la previa, Joaquín Levinton subió a sus redes una versión futbolera y en castellano de “Wonderwall”.

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La canción de Oasis que reinventó Joaquín Levinton

La canción de Oasis deja por un rato de hablar de amores imposibles para ser aliento de la Selección. Y no es un caso aislado. Es parte de una tradición de tribuna que convirtió al rock en un enorme cancionero del fútbol argentino.

Pero, ¿por qué pasa?

"Suerte y apoyo popular", resume para Clarín Manuel Soriano, escritor y autor de ¡Canten, putos!, notable ensayo publicado hace unos años que terminó convirtiéndose en la biblia de los cantitos de cancha.

En las canciones de la Selección, explica Soriano, al no haber una cabeza clara de autor, juega mucho más lo colectivo, la viralidad de la calle. Después del fenómeno sísmico de "Muchachos", se armó una especie de concurso silencioso para ver quién repite la hazaña. Pero el escritor no cree que la fórmula sea tan fácil de replicar. Los jurados definitivos, dice, terminan siendo los propios jugadores.

No hay algoritmo de Spotify que valga. Una canción sobrevive si la adopta la gente. Y si cruza la frontera final: que suene en el vestuario.

Erasure, Ñuls y los límites que no existen

¿Que una banda de synth-pop inglesa suene en una tribuna argentina es extraño? El ejemplo favorito de Soriano sigue siendo insuperable:

-¿Puede una canción británica terminar siendo más argentina que inglesa cuando una hinchada la adopta?

-Te lo explico con un ejemplo: que "Oh L'amour" de Erasure haya derivado en "lloran todos los putos de Ñuls" te demuestra que no hay límites en estas transformaciones. Por eso es tan interesante el fenómeno.

"¡Canten, putos!, de Manuel Soriano: el libro que descifra el origen de los cantitos de cancha."

Es la misma locura colectiva que transforma una balada de origen venezolano, popularizada en la Argentina por Gladys, la Bomba Tucumana, en un canto dirigido contra los hinchas de All Boys, por mencionar solo un ejemplo.

El hincha de la Selección, otro animal

El hincha de la Selección, analiza Soriano, es un espécimen distinto al que va a transpirar a la popu los domingos. Más ingenuo, más amargo, más familiar o cordial

Por eso, en su cancionero convive el candor casi escolar de "Mandarina, mandarina” o “Esta barra quilombera..." con la nostalgia algo tanguera de "Volveremos a ser campeones como en el 86".

“¡Brasilero, brasilero, qué amargado se te ve…!”

Sin embargo, hay un factor que achica esa grieta: la presencia de un rival histórico. Soriano recuerda que hubo que esperar a que Brasil organizara un Mundial para que el hincha de la Selección se pusiera de acuerdo en cantar algo nuevo y picante, sobre la melodía de "Bad Moon Rising", de Creedence Clearwater Revival.

Con Inglaterra, esta tarde, la tensión promete generar ese mismo chispazo de ingenio colectivo y genialidad.

Cómo Wonderwall se metió en la tribuna

En el Viejo Continente, la lógica es menos novedosa. "Los ingleses tienen mucho menos repertorio. Su fuerte son los himnos y los cantitos cortos e improvisados. Son más como latiguillos: no tienen tanta narrativa como puede pasar acá", apunta Soriano.

Los hermanos Gallagher nunca ocultaron su pasión por el fútbol ni su simpatía por Argentina. La semifinal desordenó el “masterplan” de los Gallagher. Liam escribió en X que le resulta difícil querer tanto a la Argentina y, al mismo tiempo, que gane Inglaterra.

Jack White y Meg White, de The White Stripes: la banda detrás de "Seven Nation Army", la canción que ya lleva dos décadas convertida en grito universal de cancha.

Noel, más ceremonioso y british, respaldó semanas atrás que "Wonderwall" sea el himno no oficial de este seleccionado: la banda ya la había cantado junto a 20 mil hinchas en Dallas y el propio Gallagher admitió que la canción dejó de pertenecer a Oasis para pasar a ser de la gente.

Wonderwall es de 1995, pero recién en este Mundial terminó de instalarse como canto de cancha. "Seven Nation Army", el riff inconfundible de The White Stripes, salió en 2003 y, sin embargo, lleva dos décadas como grito universal. No manda la edad de una canción: manda el momento exacto en que una hinchada decide apropiársela.

Bonnie Tyler y cuando la tribuna se canta a sí misma

Soriano persiguió el origen de cada una de las historias que cuenta en su libro. Un trabajo de detective que desentrañó cruces insólitos, como los vínculos asombrosos entre canciones de Roque Narvaja y canciones de la saga Rocky.

Uno de los hallazgos más inesperados tiene como protagonista a Bonnie Tyler, la cantante galesa que murió apenas una semana, a los 75 años.

Soriano reproduce los mails que intercambió con su mánager, sorprendido de que "It's a Heartache", uno de sus grandes éxitos, hubiera terminado de este lado del mundo convertido en el ya clásico "Jugadores, la concha de su madre": un canto que, no apunta al rival, sino a los propios.

Bonnie Tyler, la cantante cuyo hit terminó de cantito en las canchas argentinas.

Ni Freud habría imaginado una terapia tan argentina: cuando la bronca ya no encuentra explicación, se canta.

Es que las canciones de cancha son impunes. Cruzan el océano, saltan de la lista Billboard al cemento de la popular y cambian de piel. No importa de quién eran ni cuando fueron escritas.

Importa de quién pasan a ser cuando una tribuna las hace suyas. Es ahí cuando vuelven a nacer.