El sol de la fresca tarde porteña se cuela por los ventanales del lobby del hotel en San Telmo. La tripulación de un vuelo transatlántico mira un partido del Mundial antes de partir hacia Ezeiza, un gerente espera que llegue su cita para un café por negocios y los sillones más aislados de la planta baja aguardan a Facundo Campazzo para la charla de media hora.
El pibe de 19 años a quien este periodista vio ganar en Mar del Plata la Liga Nacional de básquetbol con la camiseta de Peñarol es hoy este padre de familia de 35, que luce algunas canas y la misma sonrisa de siempre. A punto de jugar este jueves a las 22.10, en Montevideo, un Uruguay-Argentina por las Eliminatorias hacia el Mundial de Qatar 2027, es tiempo de un diálogo franco cara a cara.
-Vos llegaste a la Selección Mayor en los Juegos Olímpicos de Londres 2012 con 21 años. Van 14 años de vigencia en el alto nivel. Pasaste de ser el pibito desfachatado a ser el líder del equipo. ¿Cómo viviste el proceso? ¿Cómo fue ese aprendizaje para vos, siempre con el compromiso de jugar para Argentina cada vez que podés?
-La verdad que pasó todo muy rápido.
-¿Muy rápido?
-Sí, rapidísimo. No sé en qué momento sucedió tanta transformación, como dijiste. Yo primero me caracterizaba por ser el revulsivo que cada vez que entraba trataba de romper el ritmo y correr. Y ahora hay veces que me sale manejar hasta los tiempos del partido. Creo que fue una transformación o una evolución. Pasaron muchos años, pero también paralelamente me tocó jugar y compartir equipo con líderes a los que traté de sacarle el mayor jugo posible: Leo (Gutiérrez), Luis (Scola), Manu (Ginóbili). También con entrenadores como Sergio (Hernández) o como Pablo (Prigioni) ahora. Lo que sí te puedo decir es que pasó rapidísimo.
-Tus 14 años en la Selección se pueden dividir en tres etapas: la primera, de 2012 a 2016, cuando el retiro de Manu y de Chapu Nocioni marca el fin de la Generación Dorada; la segunda, de 2017 a Tokio 2020, que termina en el retiro de Luis e incluye el subcampeonato mundial de China 2019, una de las hazañas más importantes del deporte argentino, con un rol bien distinto; y la tercera, hasta el presente, con vos como líder experimentado. ¿Cómo resumirías cada una de esas partes?
-La primera etapa fue de aprendizaje: ver, estar en silencio y aprender de las bestias que tenía al lado. Y aportar en la situación y en la ubicación en que yo estuviera. En la segunda quizá tuve un poco más de protagonismo. Éramos más los jóvenes que los “viejos” y ahí empezaba nuestra camada. Necesitábamos que cada uno diera un paso adelante por las ausencias que se veían venir. Pero teníamos al lado de Luis, que nos llevó a ese lugar al que nunca nos hubiésemos imaginado que íbamos a llegar. Y en esta tercera etapa, junto con Lapro (Nicolás Laprovíttola), Gabi (Gabriel Deck) y Brussi (Nicolás Brussino) se trata de poner nuestro liderazgo para el bien de la Selección. A medida que me fui haciendo más grande, empecé a ganar más experiencia y me preparaba de la mejor manera cuando llegaba a la Selección. Pero la mentalidad siempre es la misma: ver y aprender más que hablar. Siempre intenté estar callado y aprender. Escuchar al que tengo delante o al lado. Nunca fui tanto de hablar ni de dar el ejemplo del diálogo, pero sí con el trabajo. Así me enseñaron.
-Claro, pero el ejemplo se da en la cancha, a la hora de los bifes. Vos podés boquear, pero si a la hora de los bifes no...
-(interrumpe) Sí, pero viste que hay algunos a los que les sale más natural hablar. Luis era de los dos: trabajo y hablar. Y cuando hablaba todo el mundo lo escuchaba. La parte de hablar no es lo mejor mío y me siento más cómodo al demostrar el trabajo que hago y cómo me preparo. Fueron pasando los años y fui teniendo más experiencia.
Facundo Campazzo, a solas con Clarín en una entrevista sobre el pasado, el presente y el futuro.
Foto Enrique Garcia Medina
En noviembre de 2012, en Kuala Lumpur, la Federación Internacional de Básquetbol aprobó el sistema de clasificación a los Mundiales, que se pondría en efecto en 2017, de cara a China 2019. Las Eliminatorias se jugarían en “ventanas” durante las cuales se pensaba que se pararían las ligas del mundo y lo positivo sería que el deporte se llevaría a todos lados y las federaciones nacionales recaudarían dinero con esos eventos.
La panacea derivó en hecatombe. Adiós a los Premundiales o Preolímpicos y múltiples problemas para que los seleccionados cuenten con quienes juegan en la NBA o en la Euroliga. Y Argentina lo sufrió como pocos, con la consecuencia terminal del fracaso deportivo de no clasificarse al Mundial 2023 ni a los Juegos Olímpicos de París 2024.
En noviembre pasado, con tal de jugar un partido con la celeste y blanca, Campazzo y Deck recorrieron 28.000 kilómetros en avión entre Bulgaria -donde habían jugado con Real Madrid-, Cuba, Argentina, Madrid y Estambul, sede del siguiente duelo con su equipo. Facu es terminante: “Nunca se pensó en la salud del jugador. Lo que contás suena súper heroico y legendario, pero para mí no tiene nada de eso. Es súper arriesgado”.
Y se explaya: "Cualquiera de los que jugamos la Euroliga y tenemos la chance de competir con la Selección queremos venir. Pero es una locura, por ejemplo, jugar un partido en Mar del Plata, al otro día viajar a Canadá, en la otra punta de América, por otro juego y después volver a Europa a enfrentar a Olympiacos de visitante en Grecia, en un partido importante. Me parece absurdo. Se beneficia más a los europeos, porque están todos más cerca. Pero nosotros, los dominicanos, los puertorriqueños, los brasileños... tenemos que venir de lejos. Este sistema hizo que Eslovenia no se clasificara y Luka Doncic no pueda ir al Mundial. Para mí era mucho más divertido jugar un Premundial o un Preolímpico en una sede y a cara de perro: a matar o morir".
-Varios jugadores fuertes han criticado esto, pero evidentemente...
-(interrumpe) Yo creo que el deportista en este caso no sé si tiene tanto poder. A medida que pase el tiempo, los años nos van a dar un poco a la razón: esto no es saludable. Cruzar el Atlántico son cinco horas de jet lag y hay muchos factores que influyen en el juego. Últimamente, en estas últimas ventanas hasta los europeos se ven un poco afectados porque vuelven a sus clubes, tienen molestias y no pueden rendir al cien por ciento. A mí no me gusta este sistema y creo que no beneficia en nada el nivel de juego, porque es llegar y jugar. No estás descansado. Si quiero darle un punto a favor, está bueno llevar el básquet a lugares que quizá no organizan torneos más grandes, pero habría que poner todo en la balanza.
Facundo Campazzo se agarra la cabeza después de perder contra República Dominicana y no clasificarse al Mundial 2023.
Foto AFP
Después de haber estado 17 puntos arriba en el tercer cuarto, Argentina perdió 79-75 en Mar del Plata el 26 de febrero de 2023 contra República Dominicana y le dijo adiós al Mundial de Japón, Indonesia y Filipinas. Tras nueve ediciones consecutivas, con los subcampeonatos de 2002 y de 2019 incluidos, la Selección masculina cortó una racha histórica. Un mazazo. Un fracaso deportivo que este periodista analizó seis meses después en una extensa charla con Campazzo.
-Pasaron casi tres años de la última entrevista, Facu, y todo parece lejano. ¿Cómo diste vuelta la página para plantear la reconstrucción después de la frustración?
-Yo creo que la frustración y el dolor por no haber clasificado nos dan fuerza para planear a largo plazo, a futuro.
-¿Es el combustible?
-Sí, sí. De hecho, hay veces que necesitás recordar qué pasó. Porque el tiempo te hace curar un poco la herida, te hace apaciguar esas emociones o te hace olvidar un poco. Y hay veces que está bueno acordarse de lo que vivimos, de lo que sentimos. Nosotros nos juntamos en Alicante a entrenar y vimos el Mundial desde casa, porque no nos clasificamos. Entonces hay veces que está bueno volver atrás, hablar entre nosotros y decir: “Che, esto es lo que sentíamos cuando estábamos en el barro”. Eso tiene que ser nuestro combustible. Paralelamente, sumale el combustible de que estamos construyendo algo muy bueno. El objetivo es que hay que marcar una identidad de trabajo, una manera de jugar, un ADN.
-Pero por ahí hay más ansiedad que antes por la necesidad de clasificarse al Mundial de 2027, habiendo vivido lo que se vivió.
-Habiendo vivido lo que se vivió, creo que hay más necesidad todavía. Aunque no quieras pensarlo, la necesidad la tenemos. La presión, la responsabilidad... Pero eso no tiene por qué ser algo negativo. Al haber tanta necesidad, tenemos que confiar en el trabajo que hacemos, que es la manera correcta en la que se tiene que hacer. Estamos yendo de una manera muy tranquila. Y eso para mí nos va a llevar a cosas buenas. Igual hay que recordar que al Mundial no nos clasificamos porque sufrimos una tormenta perfecta. Se dieron todos los resultados para no clasificarnos. Era la tormenta perfecta. Había muy pocas chances de que pasara, pero pasó. No es una excusa, pero hay que tenerlo en cuenta. Nos dolió y eso es lo que nos obliga a tratar de poner otra vez a la Argentina en el Mundial.
Facundo Campazzo, a solas con Clarín en una entrevista sobre el pasado, el presente y el futuro.
Foto Enrique Garcia Medina
-Es pensar muy para adelante, pero el Mundial es clasificatorio para los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028, donde Estados Unidos ya está como local. Entonces la pelea por las dos plazas americanas tendrá otro tenor.
-Es parte del plan. Primero nos tenemos que clasificar para el Mundial y después, hacer el mejor Mundial posible, sabiendo que después de Estados Unidos -clasificado a los Juegos Olímpicos- tenés a Canadá, que es como Estados Unidos a nivel de juego. Y después tenés a Brasil, República Dominicana y Puerto Rico. Sabemos que llegar a los Juegos Olímpicos es mucho más complicado que lo que hicimos en el Mundial de 2019. Pero es parte del plan y hay que tenerlo en cuenta.
-¿Qué ves en este proceso de reconstrucción que te permite ser optimista para lo que viene?
-Veo las ganas de pelear por ese objetivo. Veo que los jóvenes tienen calidad para jugar. Veo el margen de mejora que todavía tenemos. El techo está alto para mejorar. Hay calidad individual y calidad colectiva. Un buen staff técnico. Y el deseo y las ganas. En 2019, cuando Luis nos dijo que el equipo estaba para llegar a las semifinales, decíamos: “Este chabón está loco”. Pero creyó en nosotros. Ahora debemos saber que la calidad está y que tenemos identidad y una manera de jugar. Nosotros como equipo podemos defender a cualquiera. Realmente confiamos que tenemos capacidad atlética, capacidad individual y talento para defender de una manera. Después en ataque no somos iguales que el resto. Creo que si podemos construir nuestra identidad desde la defensa, podemos hacer grandes cosas.
-¿Y vos cómo te ves ejerciendo el liderazgo?
-Bien (risas). Sé que es una responsabilidad más. Es una presión extra, quizá. Pero internamente afronto la concentración y el proceso de estos años de la única manera que a mí me enseñaron o que a mí me gusta o que pienso que sea beneficioso para el equipo. ¿Qué puedo hacer para que el equipo esté bien o juegue mejor? Romperme el culo y trabajar. Romperme el culo en defensa. Marcar la jugada correcta en ataque. Y fuera de la cancha, tratar de transmitir los valores que tuvo siempre la Selección desde el primer segundo del proceso de concentración.
-Cuando entrás en Londres 2012, el titular era Pablo Prigioni. Hoy estás bajo su conducción, en otro tipo de relación. ¿Cómo lo ves en su trabajo, encima con su evolución dentro del mundo NBA como asistente?
-Nos llevamos muy bien. Al haber sido jugador, tiene ese tacto de estar cerca, saber cómo pensamos y cómo afrontar un entrenamiento o un día de descanso. A mí me encanta y creo que para la Selección es muy beneficiosa su manera de afrontar cada torneo, cada entrenamiento. De hecho, el 80 o 90 por ciento del plan a largo plazo que tenemos es gracias a él. Hace un esfuerzo muy grande porque paralelamente está en la NBA, con lo intensa que es. Pablo es el principal artífice de este proceso y venir a la Selección y entrenar con un porqué es súper motivante. Hay un plan, estamos trabajando, construyendo y eso hace que estén el compromiso y las ganas de venir. Es súper satisfactorio.
-Más allá de su vasta experiencia europea, ¿ves cosas adaptadas de lo que trae de la NBA?
-Sí, por la manera en que se trabaja. Después el talento es diferente y uno tiene que adaptarse o cambiar cosas de acuerdo a los jugadores. Pero tiene un liderazgo y una manera de decir las cosas y de darnos información que nos encanta. La manera de jugar en ataque nos hace sentir muy bien porque nos beneficia que todos tienen la oportunidad de anotar. Todos tienen la posibilidad de tener su momento. No negocia con la defensa y eso lo transmite muy bien.
Facundo Campazzo es padre de Sara (6) y Elena, de un año y cuatro meses, junto con su esposa Consuelo Vallina.
Foto @facucampazzo
La familia, ese divino tesoro
Sara nació en noviembre de 2019 y Elena, en febrero de 2025. Las niñas de seis años y un año y cuatro meses marcan el amperímetro del hogar de Facundo Campazzo y Consuelo Vallina, padre y madre con acento cordobés. En la intimidad encuentra Facu el cable a tierra entre tanta adrenalina deportiva.
“Ellas te ponen a nivel. Las cosas buenas no son tan buenas y las cosas malas no son tan malas. Perdimos en cuartos de final de la Liga, una de las peores derrotas de la historia del Madrid, y cuando volví a casa viene una amiga de mi hija y dice: 'Perdieron por culpa tuya' (risas). Y ni vieron el partido. Entonces te ponen en un nivel de decir: 'Es esto y no más que esto, para bien o para mal'”, relata sonriente.
“Después te generan contención, porque en las buenas o en las muy malas estar en ese refugio te ayuda muchísimo para levantarte el otro día y decir: 'Bueno, ¿qué es lo que me toca? ¿Cuál es el siguiente objetivo que tengo? Ah, pero antes tengo que llevar a mi hija al colegio'. Cuando me levanto, automáticamente la cabeza se te empieza a ordenar mucho más rápido que cuando no tenía familia o estaba solo”, confiesa a pura reflexión.
Hay que dejarlo terminar de hablar: “En ese sentido, tener el calor, el amor y la contención familiar de mis hijas y de mi mujer es lo que adentro de la cancha me hace tomar mejores decisiones, estar más sereno y ser lo más profesional posible fuera del básquet. Dentro de la cancha estás como vivís afuera y si afuera estás bien, adentro estarás bien. Creo en eso y mi mentalidad va a partir de ahí. Entonces adentro voy a ser un jugador con más templanza, más serenidad, más calma”.
-Más distinto a como eras cuando empezaste...
-(risas) Bueeeee.... ¡Nada que ver! Cuando empecé era a matar o morir. Ahora no tanto.
Facundo Campazzo, con Manu Ginóbili y Luis Scola en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016. Foto AFP
Messi, la Scaloneta y la Generación Dorada
-Todos hablan de Messi, así que ahora te toca a vos...
-Cuando lo ves jugar en la Selección o en los Mundiales, como ahora, te enciende un fuego adentro. Decís: “¡Qué bárbaro! ¿Cómo hace?”. Es como que te dan ganas de verlo en cada partido. Te devuelve la pasión por los Mundiales o esos torneos tan importantes. Es increíble lo que hace. Lo que más destaco es que te encienda esa llama que tiene adentro de la pasión por la Selección. Con tal de verlo jugar, te dan ganas de dejar todo lo que estás haciendo. Y eso es lo primero que se me viene a la cabeza cuando pienso en Messi.
-No deja de ser un ícono también para todo atleta de alto rendimiento, porque es un espejo para verse y no bajar los brazos nunca.
-Y cada vez se ven más cracks de su edad que los que se veían hace diez años. ¿Cómo hizo para jugar tantos años? Obviamente el 80 por ciento de lo que tiene es talento y mentalidad competitiva. Pero estaría bueno que nos convide un poco de esa fuente de la juventud que está tomando (risas).
-Sumale que superó críticas y fantasmas. Que se fue de la Selección y volvió...
-No me quiero imaginar lo que es el fútbol a nivel mediático. Yo creo que a los que estamos en el mundo del básquet nos pasa el 10 por ciento de lo que le pasa a los del fútbol. Eso también te curte mucho. Hay veces que no se pueden callar esos ruidos. Hay veces que es el tiempo de meter un golpe en la mesa y hablar. Y él lo manejó de manera increíble. Mostró la parte humana cuando le dolió porque perdieron. Uno los ve desde acá y son robots o de otro planeta. Ver cómo se pone contento cuando un compañero hace un gol de tiro libre lo hace más humano y más cercano y permite identificarte con él.
-Vos tuviste la fortuna de jugar con otro tipo de Messis, que también estuvieron 20 años a tope, como Manu y Luis. Quizá a vos te generaban esa misma pregunta que con Messi: ¿cómo hacen estos tipos para estar tanto tiempo ahí arriba?
-Hay varios factores. Obviamente, tener disciplina y ser constante a nivel profesional. No solamente cumplir un horario de entrenamiento. Destaco más lo que no se ve, que es cómo se alimentan, cómo se entrenan afuera, cómo duermen, a qué hora se levantan y cómo hacen para tener esa rutina y mantenerla durante tantos años. Cuando lo viví con ellos, eso era oro para mí. Yo decía: “No sabía que esto te hace mejor jugador. Nunca me lo hubiese imaginado. Lo quiero poner en mi vida”. El otro gran factor es la cabeza de toda esa generación. Me tocó estar con ellos y era algo de otro planeta su mentalidad competitiva. Eran tan competitivos que cedían parte de su juego para que a otro le tocara lucirse más y eso los llevara a ganar cosas. Eso me parece totalmente increíble.
-No hubo grieta con ellos en la gente...
-No había ningún tipo de grieta y todo funcionaba a la perfección también por la unión que tenían fuera del básquet. Se llevaban como una familia. Y eso se traspasó mucho a la hora de jugar, de que voy dejar la vida por el de al lado. A eso de que jugaban muy bien y tenían mucho talento se les unió la hermandad o lo familiar, más allá de todo lo profesional.
-En Qatar 2022 se vio eso con la Scaloneta, porque todo lo que decían de la Selección era lo mismo que había mostrado la Generación Dorada durante por lo menos 15 años: matarse por el otro, dejar el ego a un lado para dársela al que está mejor ubicado y demás. En definitiva, una identidad de Selección.
-Tal cual. Eso siempre se vio en la Selección de básquet. No te puedo hablar del fútbol porque no sé qué pasa por dentro y es un mundo totalmente diferente. Pero sí te puedo hablar de lo que pasó en el básquet: siempre se vivió de esa manera, con esos valores, con esa manera de afrontar cada torneo. También para prepararse y continuar la relación fuera del mundo de la Selección. Y eso se veía, porque cada vez que llegaban venían con una sonrisa de oreja a oreja. No hay otra fórmula para que el equipo se lleve bien y para que después, a la hora de que uno tenga que dejar la vida por el otro, no se dude.
Facundo Campazo y Andres Nocioni ganaron juntos la Euroliga de 2015 con Real Madrid.
Foto Reuters
La presión de jugar siempre para ser campeón
Facundo Campazzo fichó en Real Madrid después del Mundial de España 2014. Debutó el 26 de septiembre de ese año, pasó a préstamo a Murcia, volvió, compitió con Denver y Dallas en la NBA, jugó en Estrella Roja de Belgrado y en julio de 2023 regresó a la Casa Blanca. El 26 de marzo pasado superó los 500 partidos con la camiseta de la potencia deportiva europea. Es el tercer extranjero que más jugó en el Merengue.
Cinco Ligas de España. Tres Copas del Rey. Cinco Supercopas de España. Dos Euroligas. Quince títulos locales e internacionales conquistó Campazzo con Real Madrid, un club donde la exigencia y la presión por ganar con moneda corriente.
-Tu vida deportiva es competir cada año en la elite mundial, en un equipo que sólo tiene un objetivo: ganar todo lo que juega. Evidentemente estás acostumbrado a lidiar con esa presión. ¿Cómo es estar en la base de semejante potencia?
-He tenido referentes adelante mío y siempre intenté ver cómo reaccionaban ante distintos tipos de situaciones, ya sea dentro de la cancha, afuera o con las críticas. Vestir la camiseta de un equipo como Real Madrid es mucha presión e implica responsabilidad. Ya de por sí estás obligado aunque sea a jugar un partido que define un título. A medida que me hice más grande, fue más fácil tener más herramientas. Y cuando estás adentro es como que te pone en modo automático y vas a la par de todo el mundo. Intento no leer nada y no consumir nada que no esté en mis manos para que no afecte mi cabeza. Y así solamente poner toda mi energía en estar con mis compañeros y en trabajar lo que necesito para ayudar al equipo. En la temporada vas en modo avión, pero sentís más la presión en el Final Four de la Euroliga. Pero también me gusta y disfruto estar cagado, je.
-Todos conocen tu juego y tu estilo, la metas o no en el aro. Tu intensidad, la defensa, el tirarte al piso por la pelota... Así empezaste y así seguís. ¿Pensás que te ganaste a la gente más fácil porque se identifican con lo que contagiás?
-Yo quiero que mis compañeros tengan ganas de jugar conmigo y después si a la gente le gusta... Bueno, puede ser... Si yo veo que un jugador de mi equipo se tira de cabeza o levanta a su compañero, a mí me genera más cercanía. Pero también necesitás de los que no se tiran de cabeza pero meten 20 puntos por partido. Yo adentro puedo controlar las ganas y la intensidad que le meto en defensa o en cada jugada. Si eso contagia al que tengo al lado, bien. O si no tengo un día de esos y el de al lado se tira de cabeza, yo voy a intentar estar a la par suya. El ataque no depende de uno, pero sí el compromiso individual. Y eso es lo que más se valora en un equipo grande como el Madrid.
Facundo Campazzo, cuando jugó en Denver Nuggest con el serbio Nikola Jokic. Foto AFP
Ese extraño y cambiante mundo llamado NBA
La NBA siempre ha sido espectacular, pero no siempre ha sido la misma. Muchas figuras cambiaron la manera de jugar. Kareem Abdul-Jabbar con su “gancho cielo”, Michael Jordan con el poder del atleticismo, la elasticidad y la mano siempre caliente, Magic Johnson como director de orquesta del showtime de los Lakers... La lista es larga. El último que le dio un cambio distintivo al juego en la mejor liga de básquetbol del planeta fue Stephen Curry, con su mecánica ametralladora de triples.
Ahora bien, como pasó en el fútbol con las salidas por abajo de los equipos de Pep Guardiola, que después se pretenden imitar en el Ascenso argentino, en canchas arruinadas y con jugadores carentes de recursos, en la NBA -y ahora en múltiples ligas- cualquiera se puso a lanzar triples desde cualquier distancia. Y encima las analíticas entraron a tallar. Y hoy ver la NBA es ver una mayoría de franquicias a puros lanzamientos lejanos.
-Facu, vos jugaste en la NBA hace poco pero no era como es ahora.
-No.
-¿Cómo ves este cambio?
-Habría que ver si la estadística dice que esa es la manera correcta de jugar y que tenés más chances de ganar partidos. Si es así, bienvenido sea.
-Una cosa es que tire Curry y otra que la tire...
-También. Hay que ver cómo la tira el terrenal. Si viene de un buen juego, de tocar pintura, del sistema y que sea fluido, tirate 20 de esos tiros. Pero si la querés tirar y tirás el logo, y no es tu trabajo, ahí está el problema. Estoy intentando ir a la estadística avanzada: me gusta, siempre y cuando atrás seas sólido. Y creo que un poco te lo da esa buena selección de tiro adelante. El otro día leí que si metés 15 triples tenés un 60 o 70 por ciento de chances de ganar. Pero para meter 15 triples tenés que tirar un mínimo de 40 o 45. Hay que ver cómo podés buscar la manera de generar esos tiros de tres puntos.
-¿Te gusta ver la NBA de hoy?
-No miro la NBA, porque la diferencia horaria me mata. Pero disfruté mucho ver equipos como el París de Thiago Splitter en la Euroliga o el Valencia, que jugaban un poco ese juego de correr y tirar. Les metés un punto y automáticamente sacan un pie, hacen dos pases y tiran. Es muy difícil de defender eso. Te cuesta meter un doble y si no volvés te meten un triple. En algún momento rompés el partido. En nuestra Selección de 2019 jugamos un poco a eso: mucho ritmo y muchas posesiones. No sé si tiramos tantos triples. Pero el juego venía de cruzar la mitad de cancha y atacarte. Teníamos la sensación de que en algún momento te rompíamos el partido. Bueno, ahora con otro tipo de talento del equipo intentamos construir desde más o menos ahí. No al extremo, como algunos equipos, porque no tenemos ese talento.
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